Estética bit (en letras neón)

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Estoy seguro de que no soy el único millenial que en la era preYouTube visitaba lugares de maquinitas, no sólo para jugar (siempre fui malo), sino para escuchar la música de los arcades. A veces desempolvaba las viejas consolas de mis hermanos con el puro fin de escuchar el tema del escenario de Ryu en Street Fighter II, dejaba el Súper Nintendo prendido por horas reproduciendo eso que para los abuelitos de las series noventeras era pura contaminación sonora. Desde mediados del siglo XX, la vida cotidiana ha estado impregnada de música, pero apenas hace una década y cacho tuvimos la posibilidad de acceder a tracks que antes no ocupaban el primer plano de nuestra atención. Era la música que se sentaba en la esquina del salón y, tal como desde Big Bang Theory el chico nerdy se ha vuelto protagonista, de un tiempo a la fecha esos sonidos son el componente central de una estética a la que juguetonamente podemos llamar bit.

Sólo para ponernos de acuerdo, digamos por ahora que la estética bit es aquella derivada de la cultura geek (computadoras, videojuegos, comics, lentes de pasta gruesa, luces neón y colores pastel). A diferencia de lo que tanto se ha dicho, no consiste en una amalgama de referencias a los ochenta y los noventa, entenderla así nos lleva a concebirla como una expresión puramente nostálgica, el nuevo retro. Este malentendido ha provocado que muchos creadores y críticos idealicen el pasado o lo tomen como punto de referencia para tratar preocupaciones actuales de manera reduccionista: en los 80 había más racismo y ahora se busca la equidad, en los 80 se ignoraba el falocentrismo y ahora se lucha por la emancipación femenina, etc. Como si la historia consistiera en una línea homogénea de oposiciones radicales. Desde ese punto de vista parecería que antes del nuevo siglo no existía el combate social. [¿Es el ejemplo de consciencia histórica que quieres darle a tus hijos?]

Por otro lado, las referencias a textos pasados son naturaleza de cualquier comunicación, de modo que era prácticamente natural que las nuevas ficciones de asuntos extraordinarios miraran hacia sus antecedentes directos, por no decir a los más añejos (Shelley, Poe, Lovecraft, Bradbury). Lo distintivo de la estética bit, entonces, recae en los modos específicos de entablar el diálogo con la tradición en la que busca insertarse. Es decir, el conjunto de elementos interrelacionados y no sólo el catálogo de referencias. A mi parecer, con toda la ignorancia que poseo sobre el tema, el elemento clave, el que le da unidad a todos los demás, es la música.

Hace poco escuchaba una conferencia del Dr. Lauro Zavala en el SEMINTEL donde explicaba que hay un “giro sonoro” en la teoría del cine actual. Según esta serie de propuestas, es necesario fundar una perspectiva desde la cual se desplace la imagen como el componente central del lenguaje fílmico para darle prioridad al canal sonoro (curiosos los caminos a los que conduce la descentralización). Supongo que habría que examinar los matices de cada académico al respecto, pero si delimitamos nuestro espectro al cine sci-fi y de fantasía de las últimas décadas, no cabe duda en que la premisa tiene sentido.

El caso de la estética bit es idóneo para demostrarlo: pensemos en Stranger Things, eso que a primera vista reconocemos como una nostalgia por los años ochenta, en realidad es mucho más preciso. No vemos en Stranger Things una reconstrucción de toda la década de los ochenta, ¿a poco hay en ella una reflexión sobre la expansión de las políticas neoliberales desde el mundo anglosajón hacia los países del sur, o una representación fiel de los cuerpos de mujeres y hombres durante la década? Algo de la moda se alcanza a vislumbrar, pero no se trata de una reconstrucción histórica del momento, sino de referentes que construyen un ambiente. Códigos, diríamos desde la semiótica. Ver “lo ochentero” no es ver los ochenta; no se trata de una ventana hacia el pasado, sino una selección de la imagen colectiva que hay sobre ese pasado. Y, de hecho, es la imagen de un colectivo específico: el mercado estadounidense al que van dirigidos estos textos.

La cosa es demostrar que la música organiza todo ese “ambiente”. No es éste el lugar para ponerme a repasar la historia de los instrumentos, decir sus nombres, características, sacar términos para describir sus timbres. Al hablar de música, decía Barthes, se corre el riesgo de abundar en adjetivos inútiles. La idea es entender la significación que producen cuando los oímos. Evoquemos únicamente el sonido de esos sintetizadores, padres de la música electrónica, que por fines prácticos llamaré “soniditos chidos de teclado”.

Tal vez lo único que debamos tener presente de la enciclopedia musical es que la posibilidad de generar sonidos de manera electrónica (y luego digital), en definitiva, transformó las imágenes del cine. O, mejor aún, la imaginación cinematográfica con la que miramos al mundo. Si en los 50-60, fue la guitarra eléctrica, en los 80-90 fue el sintetizador. Como se sabe, la música que Vangelis hizo para Blade Runner modificó el paisaje de la ciencia ficción para siempre. Tomando lo anterior en cuenta, a mi entender, podemos identificar dos vertientes principales de las que se alimentan las producciones actuales: la que proviene de los 8-bits de los videojuegos y la que proviene de los sintetizadores de Vangelis. Probablemente hay más hitos en la lista, pero economicemos para avanzar.

 Hablar de una estética y no de un género cinematográfico en específico nos abre el panorama. La gama de textos que se integran es amplísima, van desde la ciencia ficción hasta el terror o la aventura, y abarca series televisivas, películas, videojuegos, convenciones, conciertos, outfits e incluso formas de percibir la realidad. He hablado de Stranger Things porque la serie insiste a tal grado en estos aspectos que incluso la parte telenovelera de la serie o las aburridas travesuras en el centro comercial están recubiertas de la sensación de los tecladitos chidos. Pero pensemos en Thor: Ragnarok, por ejemplo. La temática es muy distinta aquí, se trata del final de un viaje iniciático; no hay vestuarios de los ochenta en estricto sentido, tal vez guiños a los que se veían en los comics; tampoco toma lugar en décadas pasadas, ni en suburbios estadounidenses (aunque, bien se ha observado, casualmente todos hablan un inglés americano, pese a encontrarse en los bordes del universo conocido). El elemento del diseño artístico que más evoca lo ochentero es la luminiscencia, pero de no ser por la música, se correría el riesgo de confundirlo con anuncios de Osaka o de burdeles urbanos.

Y, hablando de películas de Taika Waititi, Hunt for the Wilderpeople presta un excelente ejemplo de los límites que pueden alcanzar los sonidos de tecladitos chidos. No es un filme particularmente famoso [es divertido, lo recomiendo para un domingo] entonces cuento un poco: un puberto con riesgo de ser absorbido por bandas criminales es adoptado por una pareja que vive en el campo neozelandés; la mamá lo quiere, el papá no. Llega el golpe dramático, la mamá muere. La relación disfuncional padre-hijo los lleva a una aventura no intencionada en el bosque, pero el gobierno piensa que se trata de un secuestro, entonces empiezan a perseguirlos. En fin, la cosa es que nada tiene que ver con los géneros hasta ahora mencionados. Es de un realismo caricaturesco. Imagino que en ese entonces Waititi no contaba con presupuesto para una producción de las dimensiones que ahora hace.

La estética bit está completamente ausente de la narrativa central de esta película, pero en un par de escenas de acción meten música con los dichosos tecladitos. Ese uso de la música sólo está justificado porque sabemos que se encuentra entre los referentes del niño, de modo que entendemos la acción a través de su perspectiva. La influencia del sonido es tal que resulta cómico. ¿Cómo es posible? La escena podría ser de gran dramatismo: ¡la policía está persiguiendo a un presunto secuestrador que recién ha enviudado y finalmente aprendió a amar a su hijo adoptivo! Una orquestación en cuerdas “tristísimas” (ahí el inevitable adjetivo) habría transformado radicalmente el significado. Pero los tecladitos nos llevan a comprender, y hasta experimentar, que el niño entiende esa aventura con su nuevo padre como una de las series que mira en televisión.

Así, pues, este personaje de ficción es un espejo de nuestra manera de convivir con la realidad a través de la música. La estética bit es una de las manifestaciones culturales que confirman el sueño de la generación de Felix Mendelssohn a casi siglo y medio de su obra: la música en nuestros tiempos se ha vuelto el filtro principal para percibir al mundo. Lo miramos con las lentes de las cámaras, lo interpretamos con las palabras, pero lo revestimos de significación con la música. Y esa capa sonora se cuela a todos los demás niveles de la vida. ¡Vivimos en un siglo en el que podemos acompañar todas nuestras acciones, relaciones, sensaciones y necesidades fisiológicas con la música de nuestra elección! Qué envidia tendría cualquier ciudadano desde el siglo XIX para atrás: si no vivías con un músico, había que esperar a la siguiente fiesta del pueblo o a la misa o, mínimo, a la caminata por la plaza central de la mañana siguiente para escuchar música, que ni si quiera era de tu elección.

Es por esa razón que la figura del músico posee connotaciones místicas. Antes de nuestra época, era el único capaz de hacer brotar una cosa que no podía verse y, sin embargo, tocaba las fibras de nuestro cuerpo. En su infancia, la humanidad debió estremecerse al escuchar el primer ritmo y, luego, la primer melodía. Sentir que nos apropiábamos de eso que sólo los pájaros hacían por el día y los lobos por la noche. De ahí que todo ritual que merezca la pena llamarse así está acompañado de música. Y ahora ritualizamos al mundo a voluntad propia. Claro que hay de rituales a rituales, pero ese es otro debate. Respecto a la estética bit, sólo queda decir tres cosas: a) el sonido musicalizado es el átomo que define nuestro vínculo íntimo con la molécula de la imagen; b) puesto que gran parte de nuestra relación con el mundo se encuentra prefigurada por la imaginación cinematográfica, el famoso “soundtrack de tu vida” es el que termina de personalizar nuestras experiencias; c) no me crean nada, seguramente quienes han investigado seriamente el tema han atinado en esto que, como el sonido, se me escapa de las manos.

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2 thoughts on “Estética bit (en letras neón)

  1. Hola, Héctor, coincido contigo que sir ser «millenial2 la trayectoria de vida emocional de cada individuo estra traspasada por ecos musicales. Recordar es traer a la memoria canciones que marcaron momentos infaustos o gratos. Incluso, evoar rolas que nunca fueron del agrado, pero que conforman un contexto en el imagiario emocional, social y tecnológico. Entonces, no podemos hoy por hoy evadir los sonidos de las nuevas máquinas.
    Enhorabuena.

    1. ¡Hola, María! Recién veo tu comentario. Muchas gracias, por cierto. Tienes toda la razón, cada época está envuelta por un «aura musical», de hecho, algunos historiadores del arte me permitirán afirmar que (al menos en la cultura de masas) la música es la que más marca las pautas de cada momento…incluso aquella que no nos gusta.
      ¡Un saludo!

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