Fosa clandestina

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La primavera es una tortura. Es calor que sofoca y aturde, es la gran cantidad de aves en los árboles. Es olores, sudores, sol sin nubes y seres indeseables por todos lados. Cada año es y será igual, Kuru lo sabe y lo detesta aunque en su casa hay cortinas blancas y un montón de flores en el jardín.

En la primera jornada, se levantó y se puso los anteojos para poder preparar el café. Cuando bajó a la sala, intentó olvidar las presencias extrañas que la observaban. Fue directo a la cocina y puso la cafetera, preparó té y puso pan sobre la mesa. Abrió la ventana y observó.

La segunda mañana fue difícil, cuando bajó a la sala, ellas eran más, la observaban. Se decidió. Buscó el arma nueva y atacó. No intentó ocultar los cadáveres, los dejó sobre el piso y se fue a desayunar a la cocina, medio a oscuras para que desde afuera nadie molestara.

A la quinta mañana algunos cadáveres comenzaron a llenarse de hormigas. Kuru miró por la ventana y salió al jardín. Puso los cuerpos entre las macetas y regresó a su desayuno. Pensó que todo estaba bien

Las primeras semanas, vivió angustiada de que los vecinos notaran su actividad y preguntaran. Pasaba la mañana en silencio, observando y asesinando. Las tardes iba a trabajar y se procuraba nuevas armas, por si alguna fallara o no la encontrara. Perderla era horrible, ya una vez había pasado el día buscando, temiendo que las visitantes la atacaran y soportando que se comieran su pastel y la espiaran en el baño.

Con los días, las visitantes tenían menos pudor, se notaba que estaban acostumbradas al hogar, no le tenían miedo a nada. Kuru asesinaba a unas y al otro día había otras, distintas o más fuertes pero de apariencia muy parecida, como si todas fueran hijas de la misma madre.

Ya avanzada la estación, el calor aumentó, y también sus visitantes. Con suficientes herramientas, Kuru se levantaba entusiasta. Bajar y observar eran la misma acción. Sacaba su arma, verificaba su estado y arremetía contra las visitantes. No hacía ruido. Ya no dejaba los cadáveres en la sala, ahora los sacaba uno por uno al jardín. En alguna ocasión el vecino la observó y regresó a su casa volando. Kuru sólo llevaba dos cuerpos.

Entre la primavera y el verano, los cuerpos salían a montones de la sala, las visitantes esperaban la muerte aunque se defendían y también atacaban, Kuru ya no las intimidaba, a la par que perdió el pudor y las aprensiones. Cambiaba sus cortinas semanalmente y procuraba que el ambiente fuera lindo para sus visitantes. Ya no escondía su comida, al contrario, dejaba fruta o pan para tentarlas y atraerlas. Cada vez tenía más sed de matar.

Cuando el verano estaba en su esplendor, Kuru tuvo una pesadilla. Soñó que su vecino, el que había corrido de vuelta a casa, la denunciaba a la policía. Despertó inquieta y con un nuevo propósito. Después de matar a sus visitantes de ese día, salió y acomodó las macetas, intento ocultar los cadáveres lo mejor posible. No quería que un error la pusiera en manos de la justicia y la mirada pública.

El final fue desastroso, como de película. Kuru se levantó temprano una mañana, tenía que trabajar en casa. Después de haber matado a una o dos visitantes, se sentó en la sala. Dormitaba. El café no estaba hecho y el trabajo era demasiado. Cerró los ojos.

La despertó en ruido en la puerta, alguien quería tirarla. Se levantó y abrió.

–Buenas tardes. Tenemos orden de llevarla con nosotros

–… ¿por? –Kuru bostezó largo y el sol aún entraba por la ventana.

–Sus vecinos denunciaron una fosa clandestina en su jardín.

Lentamente, como viniendo de otro mundo, Kuru miró por la ventana. Un montón de alas y patas, millones de ojos brillantes, se apilaban en el jardín.

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One thought on “Fosa clandestina

  1. Felicito a la autora por este cuento. El final me gustó mucho, porque me fue llevando poco a poco hasta ese final que no me esperaba. Enhorabuena.

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