Foucault está aburrido

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Enunciar, poner en discurso, es una estrategia en la lucha, pero cualquier intento de hacer que la transgresión se convierta en un programa determinado de una vez y para siempre está condenado al fracaso

Dos años antes de fallecer, Michel Foucault dio una entrevista a los estadounidenses Hubert Dreyfus y Paul Rabinow, la cual fue publicada por The University of Chicago Press en 1982. En algún punto se le preguntó acerca de lo que pensaba sobre el primer volumen de Historia de la sexualidad (1976) y si era o no esencial al momento de entender cómo somos. A lo que respondió: “El sexo es bastante aburrido”. Qué punk, qué audaz. Ahora bien, me daré la gustosa y arbitraria libertad de jugar con semejante aseveración.

La conversación en cuestión se desarrolla en plena década del 80. Ya para ese punto había desaparecido el fulgor de la transgresión que implicaba desentrañar los discursos de la sexualidad moderna. No era más una anomalía que perturbaba el estado de la cuestión, sino que constituía ya un estado de la cuestión en sí mismo. Enunciar, poner en discurso, es una estrategia en la lucha, pero cualquier intento de hacer que la transgresión se convierta en un programa determinado de una vez y para siempre está condenado al fracaso. ¿Qué quiere decir esto? Las resistencias pueden devenir discurso de poder, no se salvan de ser institucionalizadas. Tanto dispositivos como discursos de poder mutan; lo que algún día fue un fogonazo, mañana puede ser caricia, orden y ley que norman la praxis de lxs cuerpxs. Por ende, las estrategias y contra-dispositivos no pueden ser fijos. El sexo es aburrido, transgredir es un goce. Quisiera traer un ejemplo para abonar a esta reflexión: la protesta social llevada al espacio de la calle, a saber, las marchas.

Durante el 2019 asistí a la movilización capitalina que conmemora el 2 de octubre. Por primera vez se realizaba teniendo como punto de salida la Plaza de las Tres Culturas. Esta no fue la única novedad: meses antes había sucedido el ataque porril dentro de la UNAM. Sin olvidar que varias universidades del país se encontraban en crisis, incluida la mía, que cumplía dos meses en huelga sindical. Una semana antes se había llevado a cabo la marcha por la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa. Hubo bastante presencia de bloques negros que accionaron en varios puntos, como Gandhi, lugar en el que saquearon libros y después quemaron. Como consecuencia, en esta ocasión el gobierno de la ciudad implementó el “cinturón de paz”. Consistió en obligar a los trabajadores de gobierno para que asistieran y formaran un cerco humano cuya noble tarea era proteger paredes y monumentos de los salvajes estudiantes. 

Fotografía cortesía de Victoria Añorve

La marcha comienza. Aprovechando la distracción, un estudiante tomó el micrófono del Comité 68 para denunciar la represión por parte del gobierno y su estrategia de incitar a un conflicto entre la misma sociedad civil. Uno de los líderes de dicha organización se lo arrebató entre regaños, mientras tachaba de revoltosas a las juventudes ahí presentes. En eso los bloques negros comenzaron a accionar contra los muros, pintando consignas cargadas de actualidad. Los sobrevivientes de la matanza de Tlatelolco quisieron detenerlos a gritos y jaloneos. “No son formas”, “sin violencia”, como si entre dientes reclamaran “esta no es tu lucha, es la mía”. De pronto esos ex-estudiantes —otrora radicales—, la antigua encarnación del contra-dispositivo, eran ya un dispositivo de poder que buscaba vigilar, castigar y disciplinar. Su cualidad transgresora había sido superada. Aquel día la pretensión era caminar de Tres Culturas a la Plaza de la Constitución —una ruta previamente establecida y con límites marcados— escoltados por la policía, mientras clamaban “2 de octubre no se olvida”; algo que, claramente, había quedado para ellos en el pasado.

Cuidado, estas palabras no tienen la intención de generar una desabrida dicotomía entre buenos y malos, radicales y esquiroles, jóvenes y viejos. Mi deseo es mostrar que un acto no es transgresor en sí mismo, sino que lo es en función del instante y el poder contra el que acciona. Marchar es aburrido, mientras no quebrante un orden y, más bien, lo reproduzca. Un contingente sin alcance histórico, sentido de redención y actualidad es mero desfile. Y lo mismo va para para los bloques negros. Romper y quemar será soporífero si es la regla y no la anomalía. ¿A qué me refiero con esto? Mientras la acción directa no transgreda y se normalice, ésta se perderá en el viento. No digo que debamos dejar de salir a las calles o salvaguardemos la propiedad pública y privada. Por supuesto que no. Pero considero necesario que pensemos nuevas formas de transgresión que actúen en función del enemigo. Se trata de atacar, retroceder, repensar, conformar una estrategia y dar la embestida. Luchar no es un programa cerrado, es una praxis incómoda y asombrosa que busca dislocar el mundo, como el cuello de tortuga y la chamarra de cuero de Michel Foucault.

 


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