Historia de la nueva historia

Historia de la nueva historia

Read Time:9 Minute, 39 Second

Hernán Arana Jaramillo

A la memoria de los caídos, y los soñadores, de los guerreros del mañana a quienes “recordamos en los corazones”. 

No entendían. Habían logrado hacerse independientes hace más de dos siglos; habían abolido la esclavitud catorce años antes que Estados Unidos; habían tenido un movimiento revolucionario ocho años antes que Francia; les había costado cientos de miles de muertos, pero habían superado el rojo y el azul de los partidos políticos por los que sólo se mataban los campesinos; habían logrado replantear una constitución caduca y habían dado paso a todo un movimiento social (de esos que le gustaría exaltar a Sousa Santos) del que se había generado un texto constitucional con fragmentos casi poéticos; habían tardado más de 50 años, sí, pero habían decidido, aún a pesar de sus propias negatividades, finalizar un conflicto armado interno que los había hecho famosos internacionalmente cuando no se hablaba de sus escritores, cantantes o deportistas. A pesar de todo no entendían. 

No lo entendían las personas que iban en un bus, entregados a sus pensamientos de camino a un trabajo en el que seguramente se ganarían algún salario mínimo, o estarían subcontratados, de camino a un negocio en el que tendrían que pagar vacunas, guarda policial “extra” impuestos casi tan criminales como las extorsiones que también les hacían (eso sí, criminales no formados en La Sorbona); o de camino a cumplir turnos de los que sabían la hora de inicio pero no la de regreso, enfrentándose todos, montón de ovejas, a una sistema pensado para no ser y para no pensar, más aún, para no subsistir. No entendían el porqué… lo discutían internamente unos con otros, no necesitaban hablar, todos estaban conectados en ese tema, en esa incapacidad de comprender las injusticias de una tierra en la que parecían ser autóctonas. La señora que debía ir a quimioterapia quería comprender el porqué de las constantes desatenciones en su tratamiento aún después de que un juez tutelara sus derechos y la corte constitucional de su país incomprendido dijese que la salud era un derecho fundamental. El estudiante quizás iba pensando en los problemas de su universidad, sí… los salones estaban derruidos, y el director usaba la tarjeta de crédito maestra para comprarse autos de lujo, también el presupuesto había vuelto a recortarse por el lado que menos le duele al Estado (o sea educación), pero iba pensando sobre todo en que ya habiéndose subido a ese bus, (o mejor aún, a ese camión que cargaba a las ovejas que seguían sin entender) había sacrificado el dinero del almuerzo: no probaría bocado en una ardua jornada de estudios, y esto también le impedía concentrarse en un parcial de cuya calificación dependía una materia cuya reprobación le supondría otro interés crediticio de los muchos a los que ya estaba condenado de por vida. Un exvigilante que se había afiliado a un fondo de pensiones privado iba rezándole al sagrado corazón de Jesús para que esta vez le dieran respuesta sobre qué había sucedido con los aportes que mes a mes le habían sacado de su sueldo, cuando de pronto el bus se fue a un hueco que más parecía un abismo, y el hilo de preocupaciones cotidianas de las personas se vio cortada por la agitación, para después ser subsanado con un “siempre ese mismo hueco desde hace años” y aún más reforzado con un “Que roben pero que no se la roben toda, que hagan algo por lo menos”

Así transcurría el viaje de todas las ovejas que seguían sin saber por qué, por qué después de tanto tiempo y tantas esperanzas truncadas todo seguía igual. Fue entonces cuando se subió un muchacho de pelos raros y camisa de colores vivos que empezó a hablar. El inicio del discurso fue sistemáticamente ignorado por todos, que probablemente pensaban que otro vendedor ambulante se había subido al bus a buscar un sustento con algún discurso, dulce o acto mágico. Algunas palabras fueron un poco ajenas a la fisonomía de ese discurso de caridad que todos se sabían, por ejemplo “Reforma tributaria” no era para nada normal en un vendedor ambulante. El exvigilante recordó, por la costumbre de oír noticias radiales que adquirió durante los años que trabajó de día, de noche y de madrugada, que el gobierno había dispuesto una nueva reforma tributaria, pero recordó también que tuvo que apagar el radio para salir temprano, pues si no tomaba turno a primera hora, lo más probable es que ese día tampoco le dieran razón sobre su pensión extraviada. 

“A los pobres les va a tocar pagar mucho más”, “nos van a poner a pagar las pérdidas de la crisis”. En la señora que luchaba por su quimio hizo especial mella la palabra crisis, y no sólo porque anímicamente estuviese en crisis desde que le dieron aquel fatídico diagnóstico en un sistema de salud tan deprimente, sino porque desde que tenía memoria, esa palabra había sido parte del glosario que usaban quienes daban alocuciones o discursos. Recordó una vez en que la luz debió racionarse por problemas energéticos, que cómo no, se llamó crisis también, o la otra vez en que casi una persona de cada familia se tuvo que ir del país para sostener a su círculo desde el exterior a través de las remesas, porque el empleo se hallaba en crisis también.

 “Los invito a movilizarse, juntos somos más poderosos, el pueblo unido jamás será vencido”, y, con esa frase, recordó el estudiante el tema del que tenía parcial, eran las monarquías y su aceptación social en los diversos territorios europeos; le habían llamado la atención las palabras que los súbditos aragoneses le dirigieron a un rey que alguna vez tuvieron: “Nosotros que solos valemos tanto como vos, y juntos, mucho más que vos”. “Los espacios son muy amenos, estamos en paz, hacemos sancochos, cantamos y bailamos cumbias, es protesta cultural”. Y con esas palabras terminó de convencerse el estudiante, sabía que esa tarde iría a movilizarse, sabía que la reforma tributaria era una ofensa como lo había sido la tributación que sublevó a los comuneros en su misma patria hace 240 años, pero se había convencido definitivamente porque tendría donde recuperar la comida que se le había perdido pagando el pasaje del bus en el que hablaba el sujeto que no era vendedor ambulante. Ante tanta ayuda ofrecida de este extraño y elocuente personaje, el estudiante le dirigió una mirada con la que le dio un breve análisis… la barba, las manillas, los shorts color caqui y el bolso en tejido autóctono de los indígenas eran suficiente gesto de pacifismo, pero no pudo seguir mirando porque ya casi llegaba a la universidad. Preguntó por el punto de concentración, el sujeto que hablaba le respondió amigablemente y todo se resolvió con un “nos vemos allá”. Entre las personas del bus quedó un sentimiento extraño, unas ganas de protesta que los curas de los antiguos colegios y sus padres conservadores les habían pintado como desviada, y a su vez, una incapacidad de ejercerla por el hecho de tener tantos asuntos vitales por resolver como para poder ir a marchar. Antes de que el particular “hippie” se bajara, el exvigilante le dijo “marchen por nosotros que no podemos” 

La historia… (esa que forma parte de la misma historia que ninguna de las ovejas lograba entender) avanzó con algunas cumbias, un sancocho, y una plática entre el estudiante, que creía le había ido bien en el parcial, y el sujeto casi hippie que no era vendedor ambulante pero que había emprendido la dura tarea de convocar a la movilización social en los buses. Y la conclusión de esa pequeña historia, a diferencia de las que normalmente conocía a través de los libros, la vivió el estudiante en primera persona, que vio como mientras el simpático sujeto que le había recordado el tema del parcial que creía haber ganado y que le llenó un estómago antes resignado a estar vacío hablaba de pacifismo, fue baleado por no identificados, que seguirían siendo no identificados por el silencio cómplice del Estado contra el que marchaban. 

La historia concluyó con un mártir, igual que La Pola, igual que Rafael Uribe Uribe, igual que Jorge Eliécer Gaitán, Carlos Pizarro o Luis Carlos Galán. Y mientras el estudiante cavilaba, aún con lágrimas en los ojos, sobre esa similitud, entendió de pronto lo que no entendía esa mañana mientras el bus daba brincos en los huecos de las calles citadinas. “Nunca hemos podido gobernarnos”. Recordó a los españoles, a los criollos elevados, a los conservadores de la Sorbona y los liberales de Yale, a los ciudadanos de bien que habían tenido el país durante toda su historia, y no habían escatimado en las balas que martirizaron a esos símbolos de la resistencia que recordaba entre lágrimas, aún teniendo presente el rostro del más reciente de la lista: ese que había visto en el bus, del hippie que hablaba de paz. Lloró aún más porque pensó que era el más reciente pero no sería el último. 

Pero supo que podía reivindicar su legado desde el favor que el ahora mártir le había hecho esa mañana: le había recordado la lección de historia que le iban a evaluar, y se convenció de que esa historia era la única que podía salvar la memoria y dignificar la lucha de quienes habían muerto por el cambio. Supo que escribir una nueva historia asentada en la resiliencia de su pueblo, en la alegría, la cultura, el trabajo, la inclusión y la educación sería el mejor regalo para los mártires de esa historia ya antigua, que no era más que una historia de dependencia. Colombia no había sido independiente de los antivalores que habían detentado quienes se empeñaron en convertirla en cantera para enriquecer sus bolsillos, quizás habitada por algún pobre, algún negro o algún indio. Pero su nueva historia se fundaría en todo lo rescatable que tenía su pueblo, para lo que él sabía que no alcanzaban las palabras. 

Quiso empezar a escribir una nueva historia, y pensó en las ovejas del bus que solas eran iguales a sus lobos y juntas muy superiores. Eso debía hacer, dar la pluma a la señora que lucha por su quimioterapia, al exvigilante que lucha por su pensión, a sus compañeros que están hundidos en los créditos de estudio, al campesino que regaló los plátanos verdes para el sancocho con el que se llenó en la concentración, a los camioneros que pagaban más peajes que combustible, al indígena constantemente estigmatizado, a la comunidad LGBTIQ+, a la señora del aseo que no tiene prestaciones sociales, a los recién graduados que se confinan en un call center, a los niños sin escuelas pero con crayones, a los líderes sociales azotados por las balas, a los habitantes de las periferias condenados a cien años de soledad y olvido,  y a todas las personas que son víctimas de la opresión en todo ese legado de oscuras administraciones y nefastos desgobiernos. 

Ese joven, que se llama Juan, María, Maicol, Santiago, Alejandra, Camilo, Hesley, Felipe, Karol, César, Salomé, Esteban o Daniel, tiene una pluma que compartir con todas las personas, que se pueden llamar Marleny, Jesús, Esperanza, Elvira, Rodolfo, Diana o Hernando. 

Y desde hoy se escribe la nueva historia, desde hoy construiremos un nuevo país, y concluirán con este texto todos aquellos que tengan una pluma y la disposición de cambiar la patria, de refundar un país donde todos quepamos, donde seamos libres e independientes, donde tengamos todas las posibilidades, la dignidad y las oportunidades para ser lo que mejor sabemos ser: colombianos. 

Happy
Happy
0 %
Sad
Sad
0 %
Excited
Excited
0 %
Sleepy
Sleepy
0 %
Angry
Angry
0 %
Surprise
Surprise
0 %

Average Rating

5 Star
0%
4 Star
0%
3 Star
0%
2 Star
0%
1 Star
0%

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *