Identidad y Potencia: Mi sombra es la madrugada

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Pocas veces si miramos atrás, resultamos ser exactamente la misma persona. Vamos cambiando y, aun así, de algún modo, sentimos que nos tenemos, pero no en nosotros sino en los demás. Los demás son nuestra salvaguarda. Su memoria, su compañía, su pérdida. Somos quienes queremos y quienes tememos perder. Y a la vez, esta realidad ofrece una potencia vital ilimitada, sin límite definibles, el difuso horizonte de nosotros y que, igual que un horizonte, aunque nos acompañen, jamás podemos tener en nuestras manos del todo. En Mi sombra es la madrugada (Valparaíso Ediciones, 2020) de la poeta Elízabeth Echemendía cobra un relevancia caleidoscópica y absoluta. Un libro que resulta potencia frágil e incontenible. Un poemario que encierra puertas abiertas a los mundos interiores de todas las “Eli” que viven en las personas a las que quiere. Un libro que es un amanecer en sí mismo. O como una palabra desgraciadamente en desuso, que “alborea”. Este libro alborea en sus páginas las fragilidades y fortalezas universales que nos habita en el interior y rara vez cobra tanta claridad y verdad como en sus poemas.

Decía Walter Benjamin que uno de sus mayores temores es llegar al final de su vida y, al volver la vista atrás, darse cuenta de que en verdad no ha vivido. Este dilema se entronca con sus propias particularidades en este libro: la poeta teme volver la vista —al espejo, a los rostros de sus seres queridos, al pasado, al futuro, al propio presente— y darse cuenta que no hay vida si no es con todo ello. Recordando los versos del poeta sevillano Luis Cernuda, “Tú justificas mi existencia:/ si no te conozco, no he vivido;/ si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido”. Estos das líneas son las que entretejen el libro: el afilado escalofrío del temor y la fuerza vivificadora del amor. Elízabeth ha sabido conjugar con total maestría, rigor, fuerza, honestidad un poemario pleno, rico en figuras, simbolismos, metáforas, a través de un equilibrio entre la claridad y cotidianidad del idioma con el artificio y la retórica poética que se puede esperar de una gran poeta. Sin embargo, existe en el libro poemas que reflejan una tercera vía: el escape, la salida. Ya bien sea por la propia poeta, como necesidad misma desbocada, ya bien sea por agentes externos como pueden ser los antidepresivos (en este caso, “Idem”, el cual, además, adelanta ser el preludio de un libro, que sospecho con cierta seguridad que lo es, o puede ser, de un tercer libro, al que sus lectores ya esperan con euforia). Esta tercera vía, la del escape, se entreteje con alguno de los dos hilos principales. Ejemplo de ello, como el poema mencionado Idem, se entreteje sobre la noción del temor; en otros casos, se entreteje con el amor, transformándose así en motor, supervivencia, razón de vida. Buen ejemplo de este último aspecto es la figura del hijo, el cual, como los versos de Luis Cernuda, justifica para Elízabeth su existencia, es su amanecer mismo, porque en el libro la figura de la luz representará además la construcción de las personas queridas (aquí, se aúna el factor familiar y, también, el amoroso, José, su marido). Por eso, el título cuya de una astucia (aunque la autora diga que de ello tiene “no poco”) y lucidez, ambas abrumadoras: su sombra, su elemento menos iluminado, “es”, se construye justo con la madrugada, el nacimiento de la luz más renovada y limpia, primeriza. El libro está repleto de hallazgo iluminadores desde el propio título hasta el final.

Por último, recalcar sobre la estructura formal de los poemas el diálogo entre el versículo junto al poema largo con el intercalado asertivo de poemas más breves, por un lado, junto a otros reflexivos. Luego, existe otro diálogo entre los poemas titulados y los poemas sin titular donde sólo se percibe cierta división de esa comunicación cuando se intercalan textos muy breves, aforísticos o, incluso, de una palabra, donde juegan a modo de cuasi separación en partes, aunque sin serlos de manera absoluta, pues la armonía y unidad del libro se hace clara, cristalina, patente tanto en la estructuración del libro, el orden, como en los aspectos temáticos antes señalados.

Con todo esto, Elízabeth Echemendía consigue en este segundo libro, Mi sombra es la madrugada, una obra de altísima calidad, con una voz propia, madura, potentísima, reconocible, apuntalando en sus páginas la voz de una gran poeta y la cual no sería de extrañar que, a lo largo, se convierta en una de las voces más importantes de la poesía latinoamericana de su generación. Este libro ya refleja la maestría de la cual goza Elízabeth. Ahora, nos queda continuar con ella, a su lado, de su madrugada literaria, ver alborear en el horizonte literario la voz de una poeta auténtica, irrepetible, donde esperar que la sombra de sus versos nos llegue e ilumine como hace este libro. Lector, abrir este libro es abrir un amanecer.

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