Cuento Cyberpunk 

Inmolación artificial

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Finalmente, el momento había llegado: liberarían el código con el que, no sólo podrían intervenir las enormes pantallas internas y externas del Palacio Municipal, también era la oportunidad para mostrar su talento con el neografiti, disparar los afilados loops que había confeccionado todo el año con un discurso que, sin duda, sería corrosivo para el alcalde en funciones y su carroñero gabinete. Faltaban un par de minutos y, aunque sabía que los miembros de su colectivo estaban listos y en sus posiciones, creyó sentir un ligero nerviosismo que a veces confundía con la ansiedad que le provocaba la certeza de tener en poco tiempo el código en su videomixer, un código que sólo había estado circulando en la esfera de los artistas snob y en las prestigiadas galerías de arte digital. Era cosa de tiempo y todo mundo lo sabía: la democratización de la tecnología le daría voz al gueto, que frente a los grupos privilegiados, tiene la necesidad extra de romper el silencio que impone la marginación. Y así sería.

El día para intervenir el inmueble había sido elegido con paciencia y precisión, agendado en cuanto el vocero de la dirección de comunicación social hizo pública la fecha en que el gabinete decidiría, o no, aprobar el Sistema Electoral del Estado (SEE), un programa dirigido por IA para la participación exclusiva de candidatos estadísticamente capacitados para puestos gubernamentales: cybervigilancia al servicio del pueblo. Algo que en Estados más progresistas se estaba implementando, pero que aquí, bajo la sombra de un conservadurismo trasnochado, era fácil adivinar lo que síndicos y regidores decidirían. Por ello era indispensable irrumpir en el inmueble con un mensaje contundente: el pueblo manda. El pueblo quiere un cambio.

Semanas antes había sido un éxito la manifestación holográfica en favor del SEE que había diseñado junto con Andrómeda_0101, con quien había celebrado de manera virtual el desconcierto de los granaderos al encontrar vacío el lugar donde esperaban saciar sus rabiosas ganas de reprimir, como siempre, hasta haber cobrado la vida de un par de incautos. Sonrió recordando aquello. Luego pensó en ella, en Andrómeda_0101, en su inmediata conexión, en su secreto acuerdo para romper las reglas del colectivo y encontrarse finalmente en físico: ingenuo plan que los puso en la mira de la cyberpolicía. Pensó en ella, deseando que ese avatar haya desaparecido intencionalmente y no despedazado en manos de la autoridad a la que enfrentaban. Pensó en ella y aquella sonrisa se convirtió en una extraña línea diagonal en su rostro.

Medio minuto antes de recibir el código, después de un largo suspiro, repasó por radio con sus compañeros: videomixers, conectados; drones, perfectamente cargados; proyectores de mapping, alineados frente a la fachada del Palacio; redes sociales, listas para transmitir online.

Él y los suyos estaban convencidos que el arte urbano conectaría con las masas iracundas mucho mejor que el solemne y tautológico discurso de esos políticos arcaicos ¿no lo había demostrado la historia? ¿No tiene el arte un buen grado de responsabilidad social? Emergió de las cavilaciones en cuanto un beep le hizo saber que el código estaba listo para bajarse y ser usado. Dos clics y en simultáneo todo empezó a ejecutarse. Alcanzó a escuchar el rumor de la ofuscación y los aplausos de los transeúntes en contraposición con el ajetreo de las fuerzas del orden. Luego el silencio absoluto lo envolvió, después de teclear el comando de autodestrucción que puso fin a la existencia de su avatar.

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