Julia

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Las luces de neón me tenían hipnotizado, no sé qué me había inyectado, me sentía lejano, como si mi cuerpo estuviera en una habitación solitaria llorando con amargura. Me podía observar desde afuera, en medio de la pista; mi cabello desarreglado, mi cuerpo fofo y poco coordinado, dónde estaba Julia, ni idea. Quería verla, eso era todo. Estaba medio dormido en una banca, la música de sonidero zumbaba, fuerte, estrepitosa; aun así, escuché el ruido de la lluvia sobre las láminas, apenas una llovizna. Recordé a mi padre llamándome para ir a la escuela. Mi celular se iluminó.

―¿Ya vienes? ―me gritó molesto mi padrino.

―Sí, sí, ya voy ―respondí sin mucha convicción.

Me arreglé la chamarra, eché un vistazo alrededor, Julia nunca apareció. Quizás la soñé, quién sabe, llevaba muchos días sin tener noción del tiempo. Pensé en quedarme un par de horas más, mi padrino podría esperar, justo cuando comenzaba a sentirme bien, tenía que marcharme. En la calle respiraba con ligereza a pesar de la contaminación, del humo pardo que se pegaba a mi piel. Cerca de la casa de mi padrino esquivé borrachos y compradores de última hora en el tianguis. Las articulaciones no me dolían, debía inyectarme más seguido. Entré sin problemas, ya no colocaba seguro en la puerta. Mi madrina veía enajenada hacia la televisión led que abarcaba toda la pared, repetía los mismos capítulos de una telenovela descontinuada. Mi padrino estaba en la cocina, preparando tortas para cenar.

—Llegas tarde ―me dijo con seriedad.

Quise escaparme por la tangente

―No recordaba que hoy era día de tianguis.

―Ya no sabes ni en qué día vives ¿y tu cubrebocas? ―expresó señalando mi boca descubierta.

―Ah, ¿eso? Me vacuné el mes pasado ¿no se acuerda?

―Sí, ya te toca de nuevo, ya no debes tener inmunidad. Hoy me llegó un lote nuevo.

―Ya tengo pulmones de metal, déjelo así.

―Sabes que ni así estas protegido ―me recordó con sequedad.

―Bueno, que sea rápido ―murmuré con desgana.

Mi padrino desapareció por unos momentos, regresó con una hielera roja.

―Antes voy a vacunar a tu madrina, ¿sabes? Ya anda más despierta, tengo la esperanza de que un día de estos se levante y me salude como antes.

Mi padrino continuó.

―Está vacuna no es la buena, aunque sí protege de sigma-kappa; si hubiera existido antes, tal vez…

―Tal vez, ¿qué? ―lo interrumpí, molesto con su autoengaño―.Tal vez no hubiera muerto medio mundo, ya todos estamos jodidos.

―No nombres a los muertos ―me dijo al oído.

Me enfadé todavía más, grité:

―¿No mencionar a quién? ¿A todos los niños, a sus hijos, a Juan, a María, a Marta, a mi hermana, a mi padre? ¡Dígame a quien!

Mi madrina comenzó a llorar.

―Ya ni la chingas, tú te vas y yo me quedó con ella consolándola toda la noche.

―Estaba desilusionado.

Mi padrino se acerca a mi madrina, le acaricia el cabello lacio, le limpia con un paño las lágrimas, desnuda su brazo y la vacuna con suavidad. Se aproxima a mí, cierro los ojos, siento el líquido fluir por mi cuerpo.

―Discúlpeme, no tengo porque ser tan duro, todos extrañamos ―mis ojos se llenan de lágrimas.

―Ya lo dijiste, estamos jodidos, ¿no? Cada uno vive con esa mierda ―suspira y continua―. Usa los pulmones biónicos de tu padre para algo bueno. No para seguir metiéndote chingaderas, y antes de que te vayas, llévate un paquete de cubrebocas, de esos que están en ruso.

Regresé a mi casa a través de calles en ruinas, empapado. Me senté en el carcomido sillón de la sala, no tenía ninguna luz encendida. Lloré, sentía un nudo en mi garganta, me dolía el pecho, de nuevo el dolor en mis articulaciones. Tragué un puño de calmantes, tenía la mirada vidriosa, tenía asco de mí, del mundo, de ver todo desde un cristal roto. Me dirigí al cuarto de mi padre, tomé su revolver y lo apunté hacia mi sien, solo quería que dejara de doler, que todo desapareciera.

Un golpe seco en el patio detuvo mi paroxismo, me acerqué a la ventana, un bulto se arrastraba penosamente entre los arbustos abandonados. Salí, se trataba de una niña de cabellos rizados, apenas respiraba, su rostro amoratado sobresalía sobre una sudadera con letras rojas hecha jirones.

Corrí, sin detenerme, sin respirar. Entré a la casa de mi padrino, mi madrina continuaba frente a la televisión; mi padrino se encontraba en la cocina con cervezas alrededor. Deposité a la niña en la mesa con cuidado, seguía viva.

―Tráela conmigo ―me señaló el piso de arriba donde tenía su consultorio―. Rápido, no hay tiempo.

Le colocó una cánula, el oxígeno comenzó a fluir. Su rostro ya no estaba morado. Ambos la contemplamos, ahora parecía estar serena, soñando. Mi madrina también subió las escaleras, se acercó y comenzó a acariciar los cabellos de la pequeña.

―Calma, calma, vas a estar bien, mi niña. ―le susurraba.

Mi padrino la tomó entre sus brazos

―Todo estará bien, cariño.

Me acerqué al borde de la azotea, vislumbre la Torre Latinoamericana, medio derruida, llena de herrumbre, su reloj ya no marcaba las horas desde hace años, su base repleta de grafitis multicolores asomaba entre los álamos.

―Ahijado, no creo que sobreviva mucho tiempo. Ni siquiera sé cómo es que sigue viva, sus pulmones están a punto de colapsar.

―Pensé que nunca volvería a verla, tantas tumbas, tantos pequeños ataúdes ―me detuve, una idea me taladraba desde que la tome entre mis brazos―. Quítemelos, ella merece vivir, usted ya sabe que un día de estos me hallará con un hueco en la frente. Para qué prolongamos la agonía, vea a mi madrina, ella merece otra oportunidad, ¿no lo cree? Usted también. Mi padrino asintió.

 ―Una última cosa, llámenla, Julia.

Antes de que la anestesia me hiciera efecto, volteé el rostro hacia mi hermana, alargué mi mano para tocar sus mejillas; mis labios descifraron las palabras rojas de su sudadera, «soy la resurrección». Y la vida, Julia. Y la vida.

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