La Belinda

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Tomamos Tonayan frente al sol que nos envuelve en su manta eterna. Me miras y me doy cuenta que a la vida aún le queda mucho, que aún tenemos tiempo. Aún. “Vámonos”, me dices. “Que se van sin nosotros”. Entonces dejamos la suavidad de la tierra pastosa y nos subimos en nuestras mulas. “¿Cuál es el destino?”, me preguntas. “El predeterminado… este”. Y ahora nuestros animales avanzan solos mientras platicamos. “En 30 metros, gire a la derecha”, anuncia la mula. Giramos y logramos divisar más allá del serpenteo de la espesa niebla un pueblo hundido en su propio peso. Llegamos y dejamos conectadas a las mulas para que carguen. Al solo apeo nos recibe un hombre que nos pregunta si venimos al trabajo. “Sí”, respondemos. “Entren rápido, pues. Es temporada de chachalacas”, nos previene. “¿Chachalacas?”, preguntas. “Sí, ya dejaron muchas bajas”, responde. El hombre nos dirige a su oficina y nos cuestiona nuestra lealtad al trabajo. Después nos dice, con mucho entusiasmo, que se nos remunerarán 3 neo-pesos mejicanos si hacemos la chamba. Aceptamos. “Les harán falta unos caballos, esas mulas ya no sirven acá”, nos dice. Servicialmente nos dirige a su establo y nos permite escoger de entre toda su colección. Yo escojo un Tesla, tú un Lambo. “Nada más cuídenmelas mucho, la Juanita es muy miedosa”. Me dice. “No se preocupe, aquí se las traeremos”. Son ya las diez de la noche y estamos dispuestos a partir. “Escoja su destino”, evoca la pantalla de la yegua. “Bar Los hermanos”, le digo. “A treinta kilómetros”. Las yeguas comienzan a moverse, el señor se despide de nosotros y nos desea que la virgen nos ampare. Le damos las gracias. Apenas nuestras yeguas rozan la salida sentimos que algo nos vigila oculto entre las rocas del llano, ya obscuro por la fría noche. De repente, de las piedras salen expulsados dos bandoleros. “Registro: dos hombres, mediana edad, dos yeguas, mejicanos”. Dice uno de ellos. “Registro: necesarios la cantidad de… 1 neo-peso para transitar por estos lares si no desean ser molestados”, dice otro. “Se les dará una clave”. “Aceptan o deniegan”. Tú, sin avisar, desenfundas de tu cinturón tu macana, en el mismo movimiento la enciendes y al solo roce con la piel metálica de uno de los bandoleros sus partes comienzan a derretirse por el calor extremo. “No saben con quién se están metiendo”, nos gruñe uno. “Con el cartel de Soriano”. Al bandolero, entonces, sus ojos vacíos se le tornan rojizos, y comienza a sonar un estruendo proveniente de su cabeza. “Ya se la verán con el patrón”. Corremos en seguida y saltamos sobre las yeguas, ellas comprenden y siguen la ruta marcada con aún mayor velocidad que antes. Alcanzamos a escuchar ya levemente una voz que dejamos detrás que dice: “No te tocaba, carnal. Me las pagarán, ya verás”. Nuestros ojos alcanzan a ver el sol naciente y nos damos cuenta del hambre que habíamos acumulado y, como bendición, vemos en el cielo una chachalaca pululando alrededor de nuestro paso. Saco mi Mitl teledirigido y la mando hacia el animal. No podemos ver lo que se da sobre nosotros pues el sol nos lo prohíbe, pero sí alcanzamos a escuchar el último alarido del ave y el sonido de la tierra esparcida ante la caída de un cadáver. Corremos en seguida hacia el cuerpo, hambrientos, y percibimos un olor potente a hierro que nos quema los pelitos de la nariz. “Chingada madre”, exclamas. “Son de los del puto gobierno. ¿Y ahora cómo chingados vamos a comer cables, metal y circuitos?”. Al menos robamos el cobre para venderlo luego que regresemos al pueblo. A 30 minutos de allí, divisamos a lo lejos la esquina de un edificio que resulta ser una posada. “Unos huevos”, pedimos. En lo que los esperamos una persona nos azora y, con voz provocativa, nos pregunta si no queremos pasar un buen rato. “No me gustan las mujeres, lo siento”. “Tsss… no hay pedo, mira”. Levanta su taparrabos y lo que antes era una vagina, lentamente se va deformando hasta aparentar ser un pene. Quedamos perplejos, pero insistimos en que ahorita no necesitamos nada y, en su lugar, la invitamos a nuestra mesa. “Aquí las cosas están de mal en peor, mano. Están de la verga y mi patrón está peor que antes. ¿Que quién es mi patrón? Pues el mero mero, el de aquí, Soriano. Y te digo, pinche revolución horrible, todo este pedo va a terminar hasta el año 4000 o más, pero aunque las cosas cambien en todo el mundo, México seguirá igual como siempre, porque aquí vivimos como inertes, como en un pedazo de hielo o enterrados en el fondo de una tumba”. Nos vamos sin antes dejarle 20 neo-pesos a elle. Saltamos con las yeguas el río artificial donde alguna vez hubo agua y donde alguna vez una vaca llamada La serpetina murió arrancada por la corriente. Sobre el llano, con plantíos opimos a través de la hojarasca, se notan los tabiques malogrados de nuestro destino. Un edificio nace sobre la tierra muerta y se reluce el bar, ya a lo lejos. Dentro, lo primero que notamos es a las meseras que corren presurosas sobre sus ruedas, derrapando bajo el suelo encerado, y el polvo de las llantas cae sobre las bebidas atestadas de los clientes que cantan a todo pulmón canciones Aggrotech de Chalino. Avanzamos hacia el mesero y le decimos la palabra mágica: La Belinda. El mesero nos hace una cara de entendimiento y saca del compartimiento de abajo una botella de Klein. “¿Y esto qué es?”, le pregunto. “Un mezcal”, responde. Tú, hastiado, sacas tu macana y lo tomas de la corbata, amenazas con matarlo si no deja de tomarte el pelo, porque hemos venido desde muy lejos para que nos venga con sus mamadas. “¿No sabes con quién te metes, verdad, chamaco pendejo?”, te dice. Siento miles de manos que me toman por la espalda y me dejan totalmente inmóvil; con el perímetro de la mirada logro percibir a todos los clientes del bar detrás de nosotros. “Dígale, patrón”, dice uno. Nos cagamos encima en cuanto escuchamos eso. “Frente a mí nadie va a insultar a los mezcales que hace mi hijita querida, ¿oyeron, cabrones? ¡Pásenme la mamalona!”. Una de las meseras acelera hacia la parte trasera del bar y, de entre un estruendo de cosas cayéndose, sale con un brazo metálico entre sus manos que reluce en un amarillo brillante la palabra Tecate. El patrón agradece y se lo inserta. Armónicamente, en el brazo se abre una compuerta y crece la punta de un revolver. Te tiene agarrado del cuello y a mí me golpean todos en bola. Para cuando despierto todo moreteado y con sangre chorreando, tu cuerpo desnudo está colgado y sobre tu panza, con láser, hay pintada una frase: Atte: El cartel de Soriano. Me levanto con mucho esfuerzo, agarro la botella de mezcal que reluce en su etiqueta el nombre La Belinda y trato de beberla, pero como no comprendo la manera, busco de entre todas las botellas del acervo algún Tonayan. El sol está reluciendo, y en sus rayos concibo la tranquilidad para no vomitar. Doy pasos lentos pero calculados para no tropezar o resbalarme de entre todos los trozos de metal y charcos de sangre. Abro la puerta y el fulgor me dilata las pupilas. Las yeguas fueron hackeadas y están moribundas caminando en círculos. Camino mientras bebo de la botella a través de los caminos de tierra cobriza. Una combi baja hasta estar casi rozando el suelo y me deja subir sin pagar. Se eleva y sigue su trayecto hacia un lugar que no conozco ni me importa.

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