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Las imágenes nos remiten no sólo al contenido propiamente del film, sino a todas las demás imágenes, creando una red de significado que, para todo efecto práctico, es infinita.

Recientemente fue muy difundido un artículo de Martin Scorsese[i] para Harper’s sobre Federico Fellini. En realidad, lo difundido no fue propiamente su ensayo, sino una declaración en apariencia escandalosa: “el arte del cine está siendo devaluado sistemáticamente, marginado, degradado y reducido a su mínimo denominador común” y los responsables son los servicios de streaming. Los principales medios recogieron la publicación con titulares como Scorsese arremete contra las plataformas de streaming o Scorsese al rescate del cine, amenazado por los algoritmos, sin duda buscando hacer eco de la muy discutida entrevista donde afirmaba que las películas de Marvel se asemejaban más a parques de diversiones que a obras cinematográficas.  Las reacciones en redes no se hicieron esperar, desde quienes ven a Scorsese como un viejo amargado y además hipócrita por atacar los mismos servicios de los que se beneficia, hasta los que consideran a Marty como el apóstol del cine.

En realidad, el texto es mucho menos incendiario de lo que se insinúa. Más que una crítica a los servicios de streaming, Scorsese hace un reconocimiento de la importancia del trabajo de curaduría, “un acto de generosidad” que consiste en compartir aquello que nos ha marcado, aquello que amamos, con el mundo, y que no existe, no puede existir, cuando las opciones que se nos ofrecen están basadas exclusivamente en nuestro historial de vistas. Hasta cierto punto, esta manera de seleccionar y exhibir films degrada no al arte del cine, sino a sus espectadores. Nos reduce a la categoría de consumidor.

Como si quisieran demostrar su argumento, los portales que recogieron la nota (al menos en los que consulté, que siendo franco no fueron más de seis, pero aún así) prácticamente se hacen referencia a lo sustancial del texto de Scorsese, su razón de ser y de lo que se ocupan tres cuartas partes del mismo. Se trata de un afectuoso homenaje a Fellini con motivo del lanzamiento el año pasado en The Criterion de la colección Essential Fellini como parte de las actividades por el centenario del nacimiento del director italiano. Además de un recorrido por el cine de Fellini, el ensayo nos remite al proceso creativo y de formación de toda una generación de cineastas que, a través de sus películas, conversaban, se hacían preguntas unas a otros, y las respondían. Estas preguntas hablaban no sólo sobre temas vigentes, sino sobre el estado del mundo, o mejor dicho sobre una forma de estar en el mundo.

Quizá por su relativa juventud, sobre todo comparado con otras expresiones artísticas como la escultura o la música, el cine como forma de arte nos propone una configuración del mundo que siempre es contemporánea. Pero no es únicamente por esta razón. Hacer cine significa adoptar una actitud particular ante el mundo. Al leer una novela nos es necesario ordenar mentalmente ciertos elementos que se nos presentan a manera de serie, uno por uno. La linearidad del texto, del medio impreso, nos obliga a ello. Como ha señalado Luz Aurora Pimentel, para hacer literatura es necesario primero creer en lo discontinuo de la realidad, en la posibilidad de aislar sus componentes (tanto físicos como imaginarios) y exponerlos, recomponiendo en un constructo mental lo que ha sido previamente descrito.  

El cine, por su parte, puede mostrar en un mismo plano una gran cantidad de ideas y emociones. A veces estas ideas y emociones se complementan, pero también pueden estar en abierta contradicción unas con otras. Por ejemplo, para Scorsese La dolce vita es a la vez la expresión de la ansiedad generada por el advenimiento de la era nuclear (el vacío de sentido que se experimenta ante la posibilidad real de que todo cuanto uno conoce desaparezca en un santiamén, lo que necesariamente conduce a un tipo singular de desapego) y una intensa manifestación de amor por el arte del cine, “y en consecuencia por la vida misma”. A pesar de ser un film que habla de la zozobra y el desasosiego, verla por primera vez era una experiencia vivificante.

El cine puede hacer esto porque lo que nos presenta no es únicamente una imagen aislada, sino una serie de imágenes que se relacionan entre ellas, y es en este vínculo donde encontramos su verdadero sentido como forma de arte. Para Badiou[ii], el cine es hasta cierto punto una metáfora del pensamiento contemporáneo. “Es un arte abstracto, porque el contenido de este no es mostrarnos imágenes sino hacernos pensar en la relación general entre ellas. Podemos decir que el cine es el arte de la relación.” Las imágenes nos remiten no sólo al contenido propiamente del film, sino a todas las demás imágenes, creando una red de significado que, para todo efecto práctico, es infinita. Desde muy temprano, el cine se erigió como “un nuevo vehículo de pensamiento”, que se actualiza cada vez que vemos una película. Por lo tanto, cada film, incluso los de la era silente, nos hablan sobre el mundo contemporáneo, sobre una realidad que al mismo tiempo nos excede y nos proyecta como personas.

Naturalmente hay algunas cintas que consiguen este efecto mejor que otras. ¿De qué depende esto? No es una cuestión de géneros dramáticos ni de pretensiones artísticas, sino de una suerte de tensión productiva. Volviendo a Badiou: “Digamos que el cine como arte tiende a mantener la función de la relación en un universo que es el de la comunicación. Entonces el cine es un arte que se resiste a la comunicación, un arte de resistencia a la comunicación en la comunicación misma.”

Creo que es esta función la que echa en falta Scorsese, y muchos de nosotros con él, al hablar de la producción y el consumo de películas en la actualidad. Algo se pierde con la oferta de títulos, aparentemente ilimitada pero carente de un propósito claro, que caracteriza el modelo de negocio de las plataformas de streaming, un modelo basado en la repetición ad nauseam de las mismas estructuras narrativas, como quien juega a decir una y otra vez la misma palabra hasta que pierde sentido. Afortunadamente, existen muchas alternativas a este tipo de cine. En México, el trabajo de cineastas como Fernanda Valadez y Astrid Rondelo o Melissa Elizondo está transformando la manera en que entendemos nuestro mundo cotidiano. Y existen también espacios para disfrutar de estas películas. No comparto el pesimismo de los que afirman que hoy en día una película como 8 ½ jamás podría hacerse. Sí que comparto el entusiasmo de Scorsese al hablar del film: “Fellini hizo un film sobre el cine que sólo podría existir como film, nada más – ni como una pieza de música, ni como novela, poema o danza, únicamente como una obra cinematográfica […] Es la expresión de amor al cine más pura que conozco”. A lo largo de estas entregas, hablaré de este tipo de cine, y de dónde poderlo ver, porque esas son las películas que me interesan. Espero que a ustedes también.

[i] Martin Scorsese. Il maestro. Harper’s Magazine. Marzo 2021. https://harpers.org/archive/2021/03/il-maestro-federico-fellini-martin-scorsese/

[ii] Alain Badiou. 2014. El cine como acontecimiento. Paradiso Editores, Universidad Iberoamericana. México. 2014.