La doble dimensión del Amor

La doble dimensión del Amor

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<< Ama, pero cuídate de qué es lo que amas >>
San Agustín

El amor como lo describe San Agustín, es un tipo de anhelo desencadenado por el objeto que se anhela. El objeto se convierte entonces en el origen y finalidad de ese anhelo. Al hablar de origen y finalidad, hablamos de movimiento; desplazamiento sobre los ejes temporal y espacial que se produce en la esfera de lo sensible entre el sujeto del que brota el deseo y el objeto que lo desencadena. Este movimiento de propulsión y descarga genera dis-cursus, o como Roland Barthes los denomina figuras concebidas como señales de un código propio de la tópica amorosa; país o reino imaginario del amor cortesano donde el sujeto que ama y el objeto que es amado anulan sus distancias por mediación del deseo.

En este nuevo espacio de representación de lo amatorio, la posesión del objeto está determinado por el bien que el objeto anhelado nos proporciona. Así, guiados por una noción de felicidad, perseguimos la posesión de un bien que el objeto nos ofrece. Una vez el objeto es poseído, el deseo cesa, a menos que sea amenazado por su pérdida. Hannah Arendt en su análisis sobre el concepto de amor en San Agustín referirá qué al momento de la posesión, el anhelo como voluntad de tener y de conservar da paso a un temor de perder. Anhelo de posesión y temor a la pérdida, son dos de las características principales que encontramos presentes en el amor.

Tanto el anhelo como el temor están unidos por una línea temporal expectante, una volcada hacia el pasado y otra hacia el futuro. En esta temporalidad se vierte el deseo ferviente por la obtención del bien que el objeto nos aporta, y de manera proporcional se expande la angustia que genera el temor a la pérdida de dicha posesión. Quedar desprovistos del bien que ese objeto nos brinda nos posiciona en un estado de incompletud e insatisfacción. Lanzados al torbellino de la búsqueda del objeto al cual verter nuestro anhelo, el deseo, como señala Plotino, empuja hacia fuera e implica necesidad; desear es aún ser empujado, incluso si es hacia el bien. Esta necesidad irremediablemente está sujeta a la obtención del bien necesitado; por ello, la necesidad, que desea de manera inexorable satisfacción no es libre en relación con aquello a lo que está forzada. De ahí surge la relación de dependencia y co-dependencia entre el sujeto que ama y el objeto que es amado. Contrario a la idea de libertad, el deseo nos aprisiona a la necesidad de lograr su completa satisfacción.

 El problema radica en que los objetos anhelados que se persiguen en busca del bien que proporcionan son independientes al sujeto que los anhela. Buscamos la satisfacción de nuestro deseo a través de objetos que están destinados a perecer, condenando nuestra satisfacción a una frustración futura. Al igual que los objetos, la vida está sujeta a un dinamismo cuyo negativo es la muerte. El movimiento de la vida es traducido así en mortus vitalis, vida bajo la determinación de la muerte. La vida se escapa al Ser como los objetos que anhela. Por ello entregados al presente de un futuro que es muerte, la vida se nos muestra inexorablemente como pérdida; la principal de ellas, la pérdida del summum bonum o la propia vida. El temor constante de la pérdida de la vida impide el vivir con plenitud la vida misma en un presente continuo que es presente absoluto: estado de contemplación y quietud del instante. El futuro expectante priva al presente de su calma y serenidad, ya que la vida que está destinada a morir, teme de la pérdida de su bien máximo que es la vida. Sin embargo, siendo la muerte parte de la vida, quien teme a la muerte, teme a la vida misma.  

El tiempo se convierte en la medida entre la satisfacción y la frustración del deseo. Pasado y futuro son el campo oscilatorio donde convergen recuerdo y expectativa. La memoria terminará por ser el espacio donde se mide el tiempo; el depósito del pasado que es entendido como un ya no (iam non), y el futuro del aun no (nondum). En términos generales, desde una perspectiva plotiniana, el pasado es el tiempo acabando ahora, y el futuro es el tiempo empezando ahora. En la memoria, el pasado y futuro confluyen en el instante. La memoria será el nodo que conecta pasado con futuro y que vendrá a ser definido en tópica agustiniana bajo el concepto de eternidad. Como refiere Hannah Arendt, el bien que sólo puede entenderse en cuanto correlato del amor definido como anhelo, y que no tiene sentido en vida mortal, se proyecta así a un presente absoluto que empieza después de la muerte. La eternidad se convierte en un presente continuo perpetuo que despliega su potencialidad cronológica para abarcar y sobrepasar la circunferencia limítrofe del tiempo de la vida. Una vida que ya no puede ser decepcionada por la pérdida del futuro expectante es una vida en plena felicidad, una vida que está siendo en el ahora; una vida asentada en tierra fértil alejada de los desérticos parajes de la realidad mundana. Pero para lograr este estado de plenitud, se debe atravesar por el espacio negativo de la pérdida del anhelo a todo aquello que perece y forma parte de la materia. La eternidad como instante, se convierte en paraíso recuperado; estado de gozo contemplativo donde el tiempo se expande en un presente absoluto. Desprendido así de la noción del tiempo y del anhelo hacia los objetos de un mundo destinado a morir, el amor se proyecta hacia un objeto atemporal, más allá del tiempo; un objeto que es eterno.

A partir de aquí se abre la posibilidad de definir una doble dimensión del amor: un amor terrenal aferrado al mundo y al tiempo cronológico; y otro amor vertido en un tiempo absoluto; el amor a la eternidad. Tanto un amor como otro están regidos bajo el deseo del propio sujeto que anhela. La noción de la pérdida del paraíso implica reconocimiento del Otro en el mundo del tiempo cronológico a través del deseo que lo encadena, y este deseo es entendido como pérdida del gozo contemplativo absoluto; de la quietud del instante como tiempo eterno. El ansia del sujeto por las cosas mundanas es lo que lo transforma en sujeto mundano. Abrazando todo lo que es perecedero, quien ama lo perecedero se convierte en perecedero. Así mismo, quien su anhelo lo enfoca hacia la eternidad, terminará por transformarse en sujeto eterno, no perecedero. Quien ama, elige su morada donde verter su deseo, pero independientemente de lo que desee, uno es como su amor dirá San Agustín: quien no ama ni desea nada en absoluto, es en rigor nadie.

Debido a que el ser humano no es autosuficiente, éste se ve empujado a buscar el objeto del deseo extra me o foris a me, ya sea en lo mundano o en lo eterno; el amor que desea un objeto mundano, sea una cosa o una persona, ve constantemente frustrado su afán de felicidad. Este anhelo es entonces el detonante de la imposibilidad del sujeto de autosatisfacerse. Esclavizado a su deseo por las cosas externas a él, el sujeto sufre de la incapacidad de satisfacer su deseo, ya que toda morada en la que busque descansar terminará por difuminarse.  Sin embargo, el deseo de experimentar la felicidad es lo que arroja al sujeto a la incansable búsqueda del lecho amatorio. Creemos encontrar la felicidad cuando sentimos que hemos cerrado el hueco entre el amor y lo amado, cuando nos encontramos en compañía del objeto que amamos. El que ama, al verter todo su deseo en este afán por ungirse de felicidad, queda atrapado en su propia imposibilidad, ya que lo que desea es un objeto que existe independiente a él y por lo tanto no puede regir sobre su voluntad.

Por esta razón, la búsqueda del objeto de amor, ya sea mundano o eterno, debe tener como raíz el amor a uno mismo. Un amor que se enfoca hacia lo interior y no hacia lo exterior proporciona las claves para comprender el concepto de libertad; una libertad regida bajo la idea del amor. Si depositamos nuestro deseo a lo exterior, quedamos atrapados en una dependencia hacia la frustración futura, ya que en un mundo que es espacio matérico, la distancia entre el sujeto y el objeto del deseo nunca podrá anularse. Por este motivo, es indispensable una recuperación del sentido espiritual del ser humano. El traer de vuelta este sentido, nos posiciona en un estado de libertad urgente para las sociedades contemporáneas destinadas a volcarse hacia el afuera. Como señala Plotino, en la medida en que estamos vivos y activos (y el deseo es una forma de acción), nos hallamos necesariamente complicados con las cosas externas y no podemos ser libre. Solo el espíritu no tiene origen en algo externo. La libertad debe referirse no al actuar, no a cosas externas hechas, sino a la actividad interna, a la intelección, a la visión de la propia virtud. De aquí se desprende que una vida basada en el conocimiento de uno mismo, difícilmente podrá ser una vida corrompida. El sujeto desprovisto de amor propio en el sentido que lo hemos venido analizando, quedará a expensas del aparato mediático del deseo que día a día engancha al sujeto a la banalidad de un mundo que se disloca en creciente sentimiento de angustia y pérdida. Amar es conocer, y como expresa la máxima socrática: el conocimiento nos hará libres.  La libertad se experimenta de esta manera a través de un amor que es acción; carga libidinal que nos convierte tanto en seres mortales como en seres divinales.

 

 

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