La eliminación del otro, lo desagradablemente humano

La eliminación del otro, lo desagradablemente humano

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El concepto de lo que ser humano implica no tiene reparos en abarcar todo lo que se pueda imaginar; a fin de cuentas, es tan humano quien escribe una sinfonía como quien asesina a nueve personas consumido por la ira, y definitivamente, el mero hecho de establecer un límite tentativo a nuestras posibilidades es un acto humano, y si el hecho de limitar es humano, entonces todo lo que nuestra imaginación pueda contener, ha de tener algo de socialización, de autogeneración o más poéticamente, algo de fragancia a nosotros. Asentados en esa ambigüedad natural de lo humano, muchos discursos se han erigido y han pasado a los anales de la historia, desde aquellos que nos situaban como el centro del universo, hasta aquellos que nos sumían en la extrema continencia y autorepresión del instinto para aspirar a una mejor y menos terrenal vida, todas estas ideas con su auge y su caída en torbellino del tiempo. A decir verdad, es mucho más estimulante asociar lo humano a las virtudes que de nosotros se pueden destacar, quizás por ser (además de una satisfacción al ego) un móvil que busca el contagio de esas buenas acciones en la totalidad de la población, por ser una lucha que busca conquistar lo que se tiene de bueno desde la exaltación de esas mismas virtudes encaminadas al derrame colectivo. Pero no por ello puede ocultarse el lado oscuro de la humanidad, que tiene su manifestación cotidiana a cada segundo, en cada lugar, y que Maquiavelo proclamó como nuestro lamentable lado natural, juicio del que podemos convencernos sin tener que hacer un esfuerzo muy grande, pues basta con vernos y ver a nuestros semejantes simplemente siendo, en el sentido más ontológico de la palabra.

La humanidad es un foco puro de desconocimiento, dado que, como en muchas ocasiones han referido múltiples personalidades, lo que se sabe es ínfimo a comparación de lo que no se sabe, y aún más, contrastado con lo que no se sabe que se ignora. Ese romántico desconocimiento es fruto de la imperfección natural de la que padece el ser humano, de la que se desprenden ciertas prácticas repulsivas que poco contribuyen a que si quiera se pueda prever con seguridad algún mañana más promisorio, cuando menos en lo que a la interacción entre nosotros mismos se refiere. Nuestra incapacidad de comprender los fenómenos, aún los más nuestros, nos lleva a la creación de atajos, cegueras y trampas que evitan el desasosiego de no saber, o de enfrentarse al proceso de saber; magistralmente lo refería el filósofo colombiano Estanislao Zuleta, al decir que “Dostoievski entendió hace más de un siglo, que la dificultad de nuestra liberación procede de nuestro amor por las cadenas. Amamos las cadenas, los amos, las seguridades, porque nos evitan la angustia de la razón Efectivamente, el amor por las seguridades es una peligrosa práctica que muchas veces ha condicionado a la humanidad a impedirse su propio progreso, porque es preferible el cielo del futuro a la certeza del presente, el oscurantismo de la repetición a cuando menos, la creación del propio verso liberado.

A pesar de que a la congénita ignorancia se le pueden dar matices de inocencia, es esta condición, perpetuada por el temor a lo desconocido, la que ha llevado a las personas a masacrar a sus semejantes sin remordimiento, amparados en la totalidad de los dogmas o en la comodidad de los estereotipos. Y aún hoy en día, vemos con fuerza la eliminación del otro, llevada a cabo desde las posiciones de la normalidad, que para Foucault suponen estamentos de poder. Es nuestra incapacidad de comprender la otredad, que desde luego tiene su génesis en nuestra imperfección natural, la que nos lleva a crear mecanismos de eliminación, atajos de normalidad, torres de marfil desde las que cómodamente puede erradicarse toda diferencia, que a saber, siempre ha sido el alimento de las evoluciones y las revoluciones, la enemiga de los status quo y los estancamientos. Somos terriblemente humanos cuando valiéndonos de nuestra avanzada comunicación, tildamos a nuestros semejantes de locos, feminazis, indios, maricas, retrasados y de cualquier otro término anulativo de los muchos que circulan por nuestras dinámicas de interacción. La creación de categorías que implican extrañeza y repudio o la clasificación de la diversidad en sectores de lo repulsivo, genera no sólo, que desde el lenguaje y la interacción se incurra en la reprobación social de las personas que encaminan su singularidad hacia alguno de estos grupos, y que se ven sometidos a un exilio constante que más tiene fines de desaparición, sino que también han sido estas categorías las que han llevado a triste realización los holocaustos, las persecuciones y los genocidios que han impactado la memoria colectiva, pero que no han logrado aún sonsacarla de esa cómoda posición de lo normal.

En las mentes avanzadas siempre la palabra ha sido la precursora de la acción, y no necesariamente esa superioridad ha sido llevada hacia puertos admirables, pues fue esa avanzada estrategia la que llevó a los nazis a positivizar las leyes que condenaban penalmente la diferencia, a trastocar los relatos bíblicos para contar la historia de un Jesús teutón, y a inundar las calles con pancartas racistas, xenófobas y moralistas hábilmente diseñadas desde la saña. Y a pesar de que esas muestras fuesen el precedente de un atentado contra más de 6 millones de vidas, aún hoy vemos cómo desde los terrenos políticos, culturales y académicos, las posiciones de normalidad, claro germen de la incapacidad de comprensión, son propiciadoras de discriminaciones, de persecuciones, de violaciones y asesinatos, que quizás no son ejecutados en masa como otrora lo hicieron los nazis, pues tal parece que más que la lección sobre la nocividad que representan estas exclusiones, fue la de evitar la masificación del desastre la que caló en los promotores del odio desde aquel episodio del nazismo.

Hoy, nos enfrentamos a las manifestaciones de eliminación de las que tanto se ha versado desde la cotidianidad de un café en la que involuntariamente lanzamos una mirada de repudio ante una manifestación de diferencia, como también, y en mayor medida, desde la sublimidad que supone la expedición de una ley xenófoba, homofóbica, y cuantos focos discriminatorios existen. La exclusión e incluso la misma eliminación puede envolverse en un acto involuntario en muchas ocasiones, si se tienen en cuenta factores como la educación conservadora, la hiperaplicación de la moral y otras condiciones endémicas de cada sociedad, pero definitivamente se debe empezar a combatir desde el interior de cada persona toda manifestación de incomprensión que pretenda tomar fines reductores. Quien escribe estas líneas se ha visto en la posición de emitir, a veces mental, y a veces oralmente, algún juicio que más podría asemejarse a una mordaza, pero desde el deseo del cambio deben emprenderse las acciones que me lleven y nos lleven a mejorar ese error congénito que llevamos en nuestro genoma, pues aún más humano que errar, es aprender del error, y una característica ampliamente destacable de nuestra especie es la superación de las condiciones adversas (aun cuando son propias) para arribar a mejores panoramas.

Es pues, tarea de todos, la corrección de este humano problema, corrección que no se centra en superar la ignorancia y la imposibilidad de certeza absoluta impresa en nuestra particularidad, sino en la tarea, mucho más realizable, de abrirse a la diferencia, de exponerse, cuando menos, a los móviles que llevan a las personas a ser como son, ampliamente alejados de los cánones que se nos han enseñado desde la infancia. Cierta vez, un columnista de este medio, en la discusión de una anécdota en la que una persona había tildado de nazi a otra columnista, dijo que a veces nos faltaba consultar las causas que motivaban esa clase de comentarios, preguntar por qué lo dice, y en esa reflexión que Alberto Marín dio al grupo de columnistas de Teresa, se halla implícita una práctica por la que se puede empezar a combatir esta terrible erradicación de la otredad tan difundida en nuestras sociedades actuales.  

Quizás acudiendo a las causas que mueven a los demás a manifestar sus posiciones; viendo en lo opuesto lo que de bueno puede haber; procurando la evaluación de los juicios antes de ser emitidos, y procurando, ante el error, rectificar las declaraciones de eliminación; preguntando el porqué, como dijo Alberto, y dialogando como enseñó Sócrates, es que se pueda lograr un mundo más inclusivo, un mundo donde se pueda emplear el término humano para lo bueno sin que pese demasiado la conciencia por lo malo, donde se pueda decir que no somos perfectos, pero que amamos nuestra imperfección, y aún más, la imperfección del otro, porque solamente a través del otro, es que hallamos el impulso y el desafío, la oposición y el apoyo, la belleza y el dolor, el odio y el amor necesarios para dotar de sentido esta existencia, tan ambigua como nosotros mismos.

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One thought on “La eliminación del otro, lo desagradablemente humano

  1. Considero estimado Hernán que los seres humanos no valoramos nuestra propia libertad en todo el amplio sentido de la palabra. La ejercemos a medias, con temor, preferimos que otros decidan por nosotros, así como señalas evitamos el esfuerzo de pensar o «razonar» lo que es grave y peligroso es fácil enajenarse con el juego del capitalismo rapaz que nos ata a ser medio humanos. Celebro pues tú propuesta de diálogo franco y libre. Enhorabuena.

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