La espada, la pluma y el balón

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Por desgracia, la naturaleza humana es violenta, pero en nuestro esfuerzo por preservarnos hemos llevado el juego más allá de la infancia y lo hemos convertido en disciplina

¡Juro que lo he intentado! He intentado ver el mundial, compartir el espíritu de la tribuna, aguantar las nueve entradas del béisbol, emocionarme con una anotación desde media cancha en los últimos segundos del partido, saber para qué equipo juega Tom Brady. Quienes me hayan conocido en la adolescencia sabrán que alguna vez hasta aposté a favor de Greenbay…¿o Green Bay? [Tuve que usar un buscador para asegurarme de la ortografía]. Pero no lo logro. Hablando con mi esposa, digo: ¡claro que sí! ¡Me interesa el deporte! Es el ritual más importante para conservar la paz a nivel global, libera las tensiones al interior de un país y ofrece oportunidades de orgullo identitario a las naciones oprimidas por el capitalismo. A lo que me responde: por eso nadie te cree.

Hay estereotipos crueles sobre los egresados de letras, se dice que no nos gusta el deporte, que nos la pasamos fumando y tomando café, que usamos bufandas a la menor provocación y le ponemos nombres raros a nuestras mascotas. Desafortunadamente, cumplo con todas esas características…excepto por lo de las bufandas, acumulan polen y me provocan alergias en la cara. ¡Pero conozco a más de un literato interesado en el futbol! Además, todos hemos leído a Villoro. Él también sabe de equipos y torneos y pasión aficionada y balones.

El estereotipo del letrado que evade el sudor se diluye aún más si consideramos que en la historia de la literatura hay un buen puñado de escritores deportistas y guerreros. Hace poco me enteré de que, en sus memorias, Agatha Christie habla de su experiencia como una de las primeras mujeres surfistas británicas. Supongo que lo hizo durante su juventud, pero en mi mente sigue apareciendo una viejita con abrigo, sombrero y máquina de escribir rompiendo las olas sobre una tabla. Una imagen que, de paso, desafía más de un estereotipo.

Si hablamos de poetas y encuentros bélicos, con toda seguridad vendrá a nuestra mente Cervantes, quien se encontraba en la galera Marquesa durante la Batalla de Lepanto, conflicto en el que perdió la mano y ganó un apodo. En las épicas clásicas y medievales hay varios ejemplos más, Homero menciona a los rapsodas en más de una ocasión y en las cortes escandinavas los skald ocupaban un puesto especial, poetas guerreros encargados de componer versos para exaltar el heroísmo de su señor, a quien habían acompañado en el combate. En ese sentido, resulta muy sugerente que en El Señor de los Anillos sea Théoden, el mismo rey, quien hace las veces de poeta y que no cante a sus victorias, sino a la muerte. La tradición se conserva en el metal nórdico. No sé si los integrantes de Amon Amarth estén orgullosos de ser los herederos culturales Egil Skallagrímson, pero yo lo estaría.

Ahora, en el contexto del concierto de rock sí puedo presumir de haber experimentado la pasión de la masa eufórica, de la añoranza por el trance de la batalla al ritmo de las percusiones. Cuando somos audiencia, la música se nos hace cuerpo y el cuerpo se deshace en el brusco contacto con el otro. Pero, de nuevo, no hay en el eslam un espíritu competitivo propiamente. Sí disfruta uno de soltar unos golpes y de no sentirlos cuando los recibe (y eso que no soy particularmente guamacero), sin embargo, cuando se participa en el mosh pit, el odio que se expresa es contra el mundo y los compañeros de agresión en realidad son nuestros hermanos de desfogue. Es una cuestión de identidad, pues. Mientras en el concierto de rock todos se identifican con todos; en la afición futbolera se enfrentan diferentes identidades con una rivalidad profunda.

Y el caso es que a mí no se me da. Cuando lo descubrí, mero andaba agarrando la onda chaira de cómo nos oprime el sistema consumista y vivimos en un mundo de ilusiones publicitarias (no muy consecuente con un estudiante de prepa privada), y naturalmente el deporte me parecía el opio de los enajenados. Claro, la FIFA es un gran emporio, la NFL exporta cultura que diluye las identidades nacionales, etcétera, siempre hay que mirar nuestros tiempos con ojo crítico, pero más allá del presente, las cosas del humano tienen un valor: no porque la obra de Mozart haya nacido en el seno de una aristocracia estamos impedidos para encontrarle algo de universal, ni porque la alta moda cargue pesadas connotaciones clasistas nos volvemos insensibles a un trabajo hecho con todo el rigor técnico de una mano artesanal sobre materiales inusuales. Lo mismo puede conmovernos el Spem in alium de Thomas Tallis que un bolero bien cantado en una taquería a media noche o una pieza en violín erhu en el metro de París.

Independientemente del control mediático que los grandes encuentros deportivos impongan a las masas, el deporte es un ritual que celebra la paz a través de la mitigación de la pelea. (Mi chairismo antideportivo terminó cuando vi el episodio “The Great Divide” de Avatar Aang, donde se ilustra la función pacificadora del deporte de manera muy didáctica.) Por desgracia, la naturaleza humana es violenta, pero en nuestro esfuerzo por preservarnos hemos llevado el juego más allá de la infancia y lo hemos convertido en disciplina. Hacer deporte le da forma al combate y lo depura de la muerte. Mirar a los héroes por el televisor, o mejor aún, desde la tribuna, es lo mismo que mirar a Héctor y Aquiles en mortal encuentro, con la pequeña diferencia de que la cólera adquiere límites. Se contraargumentará, en defensa de lo salvaje, que el deporte domestica las pasiones brutas. Y respondemos, sí. Es cierto, hay una pérdida. La misma de Enkidú en la Epopeya de Gilgamesh: conforme ingresamos a la civilización (un esfuerzo diario, junto con la defensa de la democracia), nos alejamos del bosque y amurallamos la libertad. Pero no temamos, existen el arte, el sueño y los perritos para volver a nuestro origen salvaje cuando queramos.

Hace poco más de un siglo, un Alfonso Reyes exiliado asistía semanalmente al cine de Madrid para ver las sorpresas del nuevo arte. Algunos días más tarde, una nota sobre la función que había visto aparecía en la columna “Frente a la pantalla”, que durante algún tiempo escribió en compañía de Martín Luis Guzmán (otro hombre de guerra y novela) bajo el pseudónimo de Fósforo. Una de esas notas proponía identificar “especies de cine” mucho antes de que las fórmulas y los géneros cinematográficos se estandarizaran. En un diálogo juguetón con Aristóteles, Fósforo atendía al tipo de personajes que aparecían en las películas, la nobleza de sus acciones y la forma de presentarlas. Con mayor curiosidad que rigor académico, propuso varias especies: “dramas de paisaje africano”, “dramas de enigma y ciencia mágica”, “notas cómicas” y, el que ahora nos interesa, “drama deportivo”, que representa la naturaleza atlética del hombre tanto física como mentalmente, y ejercita a los espectadores en la “gimnasia de atención, de cavilación, de curiosidad”. (González Casanova 136)

Desafortunadamente no tenemos acceso a la mayoría de las cintas que vio Reyes en aquel entonces. Hace unos años, sin embargo, pensé que a lo mejor disfrutaría de Captain America: Civil War. [No se burlen, es en serio.] No es que yo quiera amalgamar dos de mis amores a la fuerza. Supongo que Reyes se incomodaría un poco al presenciar nuestro extraño gusto por una bola de monos disfrazados que se lanzan rayos luminosos.

Pero, pero, pero… ¡Civil War es un verdadero drama deportivo! Me explico. La película cuenta la historia de una institución militar privada que, al verse forzada a registrarse como organización internacional, sufre de una ruptura en su estructura interna, lo cual provoca la lucha entre dos frentes con posturas igualmente razonables: uno acepta la necesidad del Estado como medio para limitar el poder privado (hablo del frente liderado por Iron Man), y el otro lucha por la libertad incondicional bajo la premisa de que todo humano debe ser responsable de sus actos (el frente del Capitán América). Son dos ideologías respetables, incluso “nobles” dentro de la cultura que dio a luz esta obra. De ahí que el enfrentamiento posea un sentido genuinamente épico, como sucede con Aquiles y Héctor. Y, sin embargo, la cólera no se impone. Gana la amistad. Todo el episodio es una prueba que, años después, termina por dar mayor cohesión al grupo para enfrentarse con el verdadero enemigo. Ahí el deporte, Civil War es un partido amistoso.

Lo bueno llega con Thanos, ahí sí no se andan con perdones, pero sí con táctica. Toda Endgame es la ejecución de una estrategia frágil que culmina con el mejor touchdown en la historia del cine. La última secuencia del tercer acto, cuando los Avengers quieren atravesar el campo con el guante de las gemas para lanzarlo hacia la máquina del tiempo (¿o es la máquina del reino cuántico?), es a todas luces un last-second play. Todo, desde que Spider-Man recibe el guante y se lo pasa a la Capitana, se narra como si se tratara de las últimas dos jugadas de un partido de futbol americano. Mismas que fracasan, viéndose forzados a una última try play, donde Iron Man finalmente anota el punto del gane y Dr. Strange gana la apuesta. La tetralogía de Avengers se debe leer en clave deportivo-militar, a lo largo de cada entrega el crecimiento del grupo de súper héroes se cifra en su capacidad para trabajar como equipo (o escuadrón). Sin duda, es el mito de una sociedad militar y su vaivén entre la máquina del imperio y la innovación de la iniciativa privada.

Mucho más podría decirse al respecto, pero adelantamos las conclusiones: como todo ritual, el deporte cimenta las posibilidades de un lenguaje estético. No se necesita ser experto o aficionado para disfrutar el vuelo de Michael Jordan o el baile de Pelé; más allá del potencial atlético, sus habilidades hacen gala de la belleza que hay en dominar el cuerpo. El deporte es negocio, eficacia, une a las familias en domingo como lo hacía Chabelo en la mejor de sus épocas, pero, ante todo, el deporte es una danza de guerra.


Fuente citada:
González Casanova, Manuel. El cine que vio Fósforo, México: FCE, 2003.

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