La invisibilidad social es un flagelo humano

Podría pensarse que asemejan a las almas condenadas que deambulan cargando la pena que refiriere al pecado cometido según alguna idea religiosa, pero, en realidad habitan los espacios urbanos excluidos de sus derechos humanos, y, en plena pandemia de Covid-19, son invisibilizados en toda estadística sobre contagios, vacunas o programas de apoyo gubernamental. Las personas en situación de calle habitan las ciudades apaciguando la necesidad con monedas obsequiadas, comida donada o encontrada en los botes de basura y bolsas de desechos de los negocios de comida, algunos y algunas, perciben un mínimo pago por los plásticos, cartones, periódicos o latas recicladas u otro trabajo temporal que les ayuda a saciar por instantes el hambre y la soledad a la que han sido arrojados por la sociedad capitalista que utiliza a la modernidad y el progreso como excusas de su lógica de acumulación de riqueza en pocas manos en detrimento del bienestar social.

El aislamiento social en que viven las personas en situación de calle resulta paradójico, ya que habitan o deambulan en muchos casos las principales calles de las ciudades, es fácil observarles sentados en las banquetas o en las bancas de los parques desde el amanecer acompañando en su diario ir y venir a las trabajadoras y trabajadores que inician su jornada con las primeras horas del día y la concluyen tras el anochecer. Se les ve al llegar el ocaso ocupar los espacios públicos que han convertido en su morada, a la luz del día o en la oscuridad de la noche, sentados, acostados, caminando o buscando algo para comer ante los ojos de toda la sociedad, pero el aislamiento social que afrontan sobrepasa la indiferencia para incrustarse en la medula sistémica de segregación y violencia.

La invisibilidad social que padecen no se relaciona con hechos ocultos, no se trata de algo desconocido o difícil de percibir, en realidad es algo tangible y lamentablemente fácil de comprobar, basta con recorrer las calles centrales, las avenidas, los alrededores de los mercados públicos, los parques o cualquier otro lugar conurbano con grandes aglomeraciones en las capitales del país y de gran parte del mundo para reafirmar lo dicho. En Mérida, es evidente que muchas personas viven no solo en la calle, sino en el marco de invisibilidad social que los segrega y discrimina como una práctica política y social normalizada que violenta sus derechos y dignidad humana todos los días ante la mirada común, algo similar, aunque no exacto, con la invisibilidad que sufren las mujeres en el contexto de violencia machista-patriarcal o con la discriminación que cotidianamente padecen los pueblos originarios.

La segregación que sufren las personas en situación de calle se incrementa no solo por su condición de pobreza y desempleo, sino por los patrones y conductas socialmente acetadas que los criminaliza y juzga sin conocer el origen de su situación, esto referido en particular al hecho verdadero de que un gran número es presa de adicciones, pero la invisibilidad se presenta acompañada no solo por la indiferencia social sino por el desprecio político y gubernamental, reafirmando la condición excluyente del sistema en que vivimos. Entre las formas de superación de este flagelante mal social, se encuentra en primer término, el reconocimiento y la aceptación de la existencia de la invisibilidad social padecida por las personas en situación de calle y la superación de las estructuras económicas-sociales que los condenan a una existencia en permanente pesar.

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