La llave de la puerta al fin del mundo

El departamento está en un edificio al borde del derrumbe. Es un suburbio desarrollado como un proyecto social para dar vivienda barata a personas de bajos ingresos que rápidamente se volvió un foco rojo de inseguridad. La ciudad lo abandonó a su suerte, inaugurando de vez en cuando alguna obra pública, como parques y puentes, que sólo sirven para cumplir la cuota de políticas públicas del gobierno en turno.

Carranco mira la fachada, seguramente le recuerda los días difíciles de su juventud. Tose para limpiarse la garganta.
—Es aquí —. Dobla un papel y lo mete en la bolsa interior de la chamarra.
—Hace culo de frío—.
Las manos de Mendoza se mueven rápidamente entre sí para darse un poco de calor.
—Qué facha tiene este edificio —dice Mendoza.
—Vamos—.

El camino hacia el cuarto piso es más deprimente que el exterior. Cualquier esquina basta para acumular basura, y la poca luz le da un toque de película de terror.

Tocan la puerta del departamento y abre una mujer de unos veintitantos años, delgada, casi en los huesos, con ojeras y un cabello delgado que le cae a ambos lados del rostro como si alguien lo hubiera dibujado con crayón.
—¿Judith Huerta? —pregunta Carranco.
La mujer asiente.
—¿Son los del gobierno? —dice la mujer con un hilo de voz.

Carranco y Mendoza se ven. Les llaman de muchas formas, lo que hace difícil identificar el apodo que mejor representa a su profesión. Pero les basta ese, de que son del gobierno, en parte porque es verdad, en parte porque no es muy preciso. Pero finalmente eso son los apodos, una mezcla de ambas cosas.
—¿Podemos pasar?—.

La mujer da un paso hacia atrás y abre la puerta.

El departamento es diminuto. Un olor dulzón, como de incienso, invade el lugar.
—Está en la habitación —Judith señala hacia una puerta—. Pasen, en lo que les sirvo un vaso con agua.
—Yo estoy bien, señora, gracias —contesta Mendoza, quien lleva las manos metidas en la chamarra. Hace más frío adentro que afuera.

Carranco es el primero en entrar. Es una habitación de niño, con monos de peluche y afiches de dibujos animados en las paredes. Miguel está sentado en la cama con un videojuego. No se inmuta cuando Mendoza y Carranco cierran la puerta para quedarse los tres solos.

Carranco se sienta junto a Miguel en la cama. Aunque el expediente dice que tiene nueve años, su cuerpo delgado lo hace ver como de seis, o menos.
—Hola Miguel, soy el agente Carranco, y mi compañero aquí es el agente Mendoza—.

Espera, pero no hay reacción. Miguel mueve los dedos sobre los botones de ese juego que Carranco nota debe ser alguna versión pirata que se consigue fácilmente en aquella zona.
—Queremos hablar contigo sobre algo que pasó en tu escuela la semana pasada—.
Las letras de game over sacan a Miguel de aquel hipnotismo. Levanta el rostro y ve los ojos de esos hombres como si los acabara de descubrir en su habitación.
Carranco mira a Mendoza y asiente, entonces Mendoza le extiende un folder color manila.

Saca una fotografía que pone sobre la cama, a la vista de Miguel.
—Un profesor tuyo vio esto escrito en tu pupitre—.
Con un dedo, Carranco empuja la fotografía hacia Miguel, quien tuerce la cabeza para verla mejor.
—¿Lo reconoces?—.

Vuelve el rostro a la nada y asiente lentamente.

Mendoza estira el cuello para ver la fotografía. Es una larga serie de números, letras y signos tallados en la totalidad de la madera del pupitre.
—¿De dónde los sacaste?—.
Levanta el rostro. Sus ojos sin vida miran el cristal de la televisión.
—¿De la televisión? —pregunta Carranco curioso. Busca la mirada cómplice de Mendoza, quien también la mira extrañado —¿Fue en algún programa?
Miguel niega.
—¿Me puedes mostrar cómo fue que lo hiciste?—. 

Duda un segundo, pero se levanta y camina hacia el buró, de donde toma el control remoto. La enciende y deja presionado el botón para cambiar los canales. La televisión pasa de uno a otro rápidamente. La habitación se vuelve un vaivén de sonidos de programas de televisión y comerciales. Camina hasta sentarse a unos centímetros de distancia. Sus ojos se transforman en dos ventanas vacías que buscan capturar una imagen difusa entre todos aquellos fragmentos de realidad que pasan frente a él.

Pasan unos minutos, hasta que Carranco se levanta de la cama y da unos pasos hacia Miguel.
—Creo que hemos visto suficiente—.

-*-

Mendoza pone las manos sobre la rendija de la calefacción del auto.
—Puto frío, y estamos en agosto —mira por la ventana a un grupo de niños que juegan con una pelota —. Y esos niños como si nada.
Guarda todo en el folder. No entiende nada de aquello. Ni el frío, ni aquellos números, ni nada.
—¿Crees que nos esté ocultando algo? —pregunta Mendoza.
Carranco levanta los hombros indiferente. Avienta el folder al asiento trasero.
—Mira a tu alrededor. Este lugar es una zanja de mierda a la que nadie le importa. Todos estos niños estarán o muertos o en una cárcel en unos cinco años.

El grupo de niños grita el gol que uno acaba de anotar. Algunos sólo llevan una camisa de manga larga para cubrirse del frío.
—Tal vez es una casualidad, nada más. Los jefes están demasiado paranoicos. Venir a buscar a un niño al culo del fin del mundo porque escribió unos puñeteros números en su banca —. Mendoza golpea con sus nudillos el cristal como si tratara de medir su dureza. —Como si fuese la mismísima reencarnación de Bin Landen—.

-*-

En la habitación oscura, la luz parpadeante de la televisión en estática sólo alcanza a iluminar la silueta de Miguel, quien la mira directamente, casi sin parpadear. En las manos lleva un cuaderno en el que cada cierto tiempo anota un número.

-*-

Carranco entra a una amplia y sobria oficina. Un hombre está sentado frente a un escritorio viendo algo en una computadora.
—Ah, agente, adelante—.

Camina lentamente hasta sentarse en una de las dos sillas frente al escritorio.
—Me dicen que no encontró nada—.
—El niño no sabe nada—.

El hombre mira la pantalla de su computadora y mueve el mouse. Los lentes en la punta de la nariz parecen indicar que busca algo.
—Que obtuvo ese código de la televisión —finalmente dice.
—Sí, de cambiar los canales demasiado rápido —contesta Carranco cansado. —Seguramente fue una casualidad—.

El hombre se quita los lentes y pone sus manos sobre el escritorio. Mira por la ventana.
—Sería una casualidad demasiado… —cierra los ojos, seguramente busca la palabra adecuada en su mente —Poco probable, si podemos decirlo de esa manera. ¿Y la madre?—. 

Carranco niega.
—Una madre soltera que trabaja catorce horas al día, ni siquiera tiene tiempo para hablar con su hijo—.

El hombre vuelve a poner su atención en el monitor de la computadora.
—Gracias, agente—.

Sin saber si han terminado, Carranco se levanta. Sobre el marco de la puerta, se detiene.
—Cuando preguntó sobre el niño, usó el término “código” para referirse a lo que escribió en el pupitre.
—Así es —contesta el hombre, sin mirarlo.
—No soy un experto en la materia, pero código normalmente lo usamos para referirnos a una contraseña.

El hombre detiene los dedos en el aire, mira hacia la nada, si es que aquello existe. Carranco se toca el cuello, un tic nervioso que tiene desde niño.
—Así es agente, “código” es la expresión que usamos para código de acceso—.
Asiente, satisfecho, pero muy dentro no lo está. El hombre descansa las manos sobre sus piernas.
—¿Y qué abre ese código, señor?—. 

El hombre levanta la mirada para encontrarse con los ojos café oscuro de Carranco.
—Ese código es la llave de la puerta al fin del mundo, agente—.

-*-

El pequeño departamento está hecho un desastre. La puerta principal tumbada, una lámpara quebrada, el clóset del cuarto de Miguel con las puertas despostilladas y la ropa regada en el suelo.
Un ligero sollozo se escucha al final del departamento. Judith llora, y lleva el teléfono pegado a la oreja.
—¡Se lo llevaron, esos hombres se llevaron a Miguel!—. 

-*-

Hay un largo tablero con botones y luces parpadeantes. En la pared de enfrente, un par de pantallas muestran números y palabras que cambian constantemente. La única constante en cada pantalla es una columna con pequeños cuadros verde iluminados. Un hombre joven está sentado presionado algunas teclas, cuando una mujer entra.
—¿Desde cuándo está así? —pregunta la mujer.
—En cuanto cambió a rojo, te marqué… —contesta el joven nervioso.

La mujer se muerde el labio. Mira ambas pantallas buscando algo.
—Todo se ve normal —dice.
—Sí, es sólo esa compuerta—.
—Si cambia a verde u otra compuerta se abre, me hablas. Voy a revisarlo con Seguridad de campo—.

Da media vuelta rumbo a la puerta cuando un pitido la hacer volver. Las columnas de color verde cambian rápidamente a un intenso rojo que convierten aquel monitor en un corazón palpitante de luces y sonidos chillantes.

El hombre empuja su silla para atrás.
—¿Qué está pasando? —pregunta, pero la mujer mira enmudecida—. ¿Qué carajos está pasando?

Please follow and like us:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *