La mente privada

La mente privada

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Where is my mind?

Existe una zona diminuta que se difumina en la esfera íntima. Dicho lugar se forma a partir de los puntos que se encuentran en el espacio, que sigilosos, impactan cual meteoritos en la dulce puerta “de los garabatos que componen lo real”[1]. O bien, siendo exactos, en la arquitectura crítica que habitamos: un hueco que emana de la imaginación y la estructura estética que le rodea.

El 1º de octubre de 1988, Charles Thompson (Black Francis), iniciaba con algunos acordes en su guitarra, una canción que pasaría a convertirse en una de las favoritas alcanzando el puesto 29 de las 100 mejores canciones de todos los tiempos en 2009, de acuerdo con la emisora de radio Triple J[2]; además, cuenta con más de 20 millones de reproducciones en YouTube. Algo maravilloso, a mi parecer.  Quizá el éxito se deba a la calidad de Pixies, o a la esencia misma de la rola: sonido, voces, estilo, producción, performance. Como sea, lo tiene bien merecido.

Where is my mind?

El 8 de diciembre de 2018, en el Foro Cultural Zirahuén, un joven leía los siguientes versos[3]:

1
David Gilmour
con un puñado de chochos
fue un genio en su stratocaster

los Beatles escribieron
en cuadritos de LSD
Lucy in the sky with diamonds

Bukowsky, Fante y Revueltas
en una larga tormenta de alcohol
dejaron naufraga a la palabra
un mar de versos punzocortantes

Jim Morrison
en un acto de felación pública
grabó L.A. Women

Las letras atravesaron; el golpe llegó después, mucho tiempo después. Cuando las luces se apagaron escuché las palabras de Raymond Carver “Oía los latidos de mi corazón. Oía el corazón de los demás. Oía el ruido humano que hacíamos allí sentados, sin movernos, ninguno lo más mínimo, ni siquiera cuando la cocina quedó a oscuras[4]. Hoy, a unos años de distancia, me pregunto: ¿será que aquel espacio también es político? No hablo del Foro Cultural, sino de aquel latido que compartimos. La huella histórica que nos une en una especie de inconsciente colectivo, como diría Jung. O mejor, aquel fenómeno que se produce cuando se canta a coro, donde los latidos del corazón se sincronizan.[5] Un espacio donde el sentido se expresa, y el aroma[6] llama al encuentro.

Y es que, tras publicarse The Human Condition (1958), de Hannah Arendt, es imposible no vislumbrar las posibilidades de lo político, lo íntimo, lo social. Es decir, la existencia que hace posible al otro, no un ser con valor inherente, como dirá Regan[7]; sino, como un otro que permea las posibilidades de lo democrático, de la forma política que el Estado adquiere. Una acción práctica que el discurso apropiara para el impacto en el ámbito público. ¿Y lo privado? Tal como lo entiendo, lo privado es parte de lo íntimo. Más allá de la esfera pública donde nos reunimos para reflexionar, y debatir las formas jurídicas (ético-políticas); lo privado esconde un espacio que no es aquel de la convivencia social en espacios abiertos, únicos y fuera de toda exigencia jurídica. Hablo de la imaginación, el pensamiento, la forma propia de aquello mal llamado inconsciente. Peor aún… ¡la terrible e inexplorada sombra personal![8] Lo que Cornelius Castoriadis expresó a través de la palabra como ‘la psique no funcional[9]. El espacio para reflexionar: la mente privada.

Inmerso en la habitación he mirado  Criminal Minds (Jeff Davis, 2005), A Clockwork Orange (Stanley Kubrick, 1971), Black Mirror (Charlie Brooker, 2011), Raw (Julia Ducournau, 2016), Ensayo de un crimen (Luis Buñuel, 1955); o leído, por ejemplo, Un mal año para Miki (José Ovejero, 2003), Jugaré contigo (Maritza M. Buendía, 2018); y sin pretender colocar estos títulos en la misma línea, o si quiera bajo el mismo espectro y categoría, me interesa resaltar que los tintes son variopintos y la indiferencia en el lector es algo que no se presenta: estremecen, mueven, hacen que las cejas se sorprendan. A lo que voy, para no darle más vueltas, es que lo que se despliega en la imaginación, el pensamiento o las ideas (cada una, por supuesto, impactando de diferente manera en el desarrollo psicológico), a partir del consumo en la esfera privada, sí que tiene un impacto en el exterior. Nick Cave, tal como lo muestra Pau Luque en Las cosas como son y otras fantasías (2020), parece extenderse en diversos planos hasta llegar a la disociación entre la persona en el ámbito público y aquel que escribía, aparecía y se deformaba en la música. Aquello que salía, de acuerdo con Luque, no tenía por qué configurarse como una falta de sensibilidad humana, y estoy de acuerdo. Sería como culpar a Stephen King (quien, además, me ha regalado noches inmensas de estremecimiento y maravilla) por la serie de eventos a los que suele asociarse una de sus novelas, Rage (1976). O bien, pensar que, tras las pinturas de Fernando Botero, las cuales reflejan la tortura cometida a los prisioneros iraquíes en Abu Ghraib, se esconde un deseo mortífero por lo grotesco; sería una perogrullada.

Traes caer el velo de la noche, se nos ha dicho que los ruidos salen al encuentro extraordinario de lo bestial. Aludiendo, cómo no, a la analogía de lo salvaje: que come, devora, corroe. Y aunque el poste, desnudo, cubra algunos centímetros con su luz, no se debe estar fuera. Es cierto, los estudios abundan entorno al perfil psicológico-criminal que busca atascarse de recursos para dar un recuento de la personalidad: la niñez, los traumas, el deseo, la sociedad y su discurso fractal sobre la media. Tal como se muestra en The Red Ripper: inside the Mind of Russia’s Most Brutal Serial Killer (Peter J. Conradi, 1992), donde se expresa un discurso entorno a los componentes ‘que hacen a la persona’, es decir, una serie de cualidades únicas que se forman a través de la experiencia, el entorno y determinados elementos que impactan sobre el individuo: un perfil.

La acción permite visibilizar la consecuencia y, por ende, plasmarse en la esfera pública: se mira, extiende, cristaliza. Se piensa, en la medida en que nos ocultamos, que lo privado pertenece al sujeto: al yo. Que acciones por completo íntimas, si se mantienen en su esfera, no impactan en el orden de las relaciones: el consumo, mientras se realice en la intimidad, no daña. Lo cual, ciertamente, es una falsedad. Sucede que el choque, al igual que el universo, se mira lejano. Pero sucede justo en el hueco que emana de la imaginación y su circunstancia. Luque le llamó disfraz[10]; pero la característica de la que aquí se habla es mucho más profunda. Se incrusta y concretiza en las modalidades de nuestro desarrollo, no ya de la conducta (en las que aparecerá mucho después), ni siquiera del discurso (aunque por medio del sonido nos dará muestras de su presencia); sino, del desarrollo. Mejor dicho: al momento en que se sitúa al ser en un plano espacial y temporal que no se detiene. Justo en ese centro impacta la arquitectura crítica que habitamos.

Nos nombramos a través de los juicios de hecho para que surja el entendimiento: hizo esto o aquello; pero ¿cómo nombrar al espacio íntimo donde suceden cantidad de migraciones sin frontera? ¿acaso el estrépito puede designarse? ¿qué decir de la imagen que se pinta a través de lo intangible? ¿dónde cincelar los encuentros que no suceden? ¿cuándo señalar los contratos que no se cumplen? ¿quién bramará por justicia a través del barbarismo en los sueños lúcidos de una mariposa?

Igual que un grano de arena, en medio del desierto, nos vemos cubiertos por el consumo en la esfera privada; y como en el espejismo, nos sentimos al borde de un océano. La excesiva brutalidad con la que pintemos nuestra intimidad impactará las relaciones inherentes que se trazan tras la acción: la mirada, la palabra, el roce, la presencia, y la interminable barca onírica que a traviesa nuestra historia. Y es que lo íntimo es parte de las patas cardinales de la existencia humana, donde le acompañan la esfera privada, el arte y lo público. ¿Qué decir de la cultura? Quizá, brevemente, recordar las palabras de Artaud[11]: antes de seguir hablando de cultura señalo que el mundo tiene hambre…

Where is my mind?

En 1436, la cúpula de la catedral Santa María del Fiore, ubicada en Piazza del Duomo, consigue materializarse logrando así, ser el símbolo de Florencia. La construcción, realizada por diversas y grandes personalidades, vendría a dar una representación de la “civitas dei”; la cúpula, surgiría como el centro celestial. Los largos pasillos, acompañado de cierto tipo de iluminación, así como las imágenes colgadas en lo alto representarán el “espacio espiritualizado”; las naves, el ábside y el altar contribuirán al entramado simbólico que alberga el monumento arquitectónico eclesiástico.

Este trecho entre la persona y los metros de distancia que le separan de la cúpula, resultan ser un modo fuertemente subjetivo para adentrarse en el interior: qué callas, cómo actúas, dónde apareces y cuáles son los lugares que más temes. El silencio que alberga, si se le mira, produce un tenue silbido. Tan solo un sonido que manifiesta la existencia de una vibración, quizá un espasmo[12]. Y la geometría de aquellos puntos que impactan, colapsan y sacuden se desdoblan en infinitas hebras que adornarán la flor del azafrán: esa es la dulce mente, un espacio, que cual hoja, se transforma irremediablemente para impactar en el diseño de quienes nos rodean.

Ooh
Stop


[1] Carlo Rovelli. Siete breves lecciones de física, Barcelona, Editorial Anagrama, 2014.
[2] Emisora de radio australiana, Triple J. http://www.abc.net.au/triplej/hottest100_alltime/countdown/cd_list.htm
[3] Fausto Leyva, Mujer líquida, México, Editorial Taller de Creación Literaria, 2018.
[4] Raymond Carver, De que hablamos cuando hablamos de amor, Barcelona, Editorial Anagrama, 2012.
[5] Estudio publicado en la revista Frontiers in Psychology, Music structure determines heart rate variability of singers, 9 de Julio 2013.
[6] Concepto que utiliza Byung-Chul Han, en El aroma del tiempo: un ensayo filosófico sobre el arte de demorarse, Barcelona, Editorial Herder, 2015.
[7] Tom Regan, En defensa de los derechos de los animales, México, Fondo de Cultura Económica, 2016.
[8] Connie Zweig y Jeremiah Abrams, Introducción: el lado oscuro de la vida cotidiana, en Encuentro con la sombra. El poder de lado oscuro de la naturaleza humana, Barcelona, Editorial Kairós, 1993.
[9] Entrevista que Dominique Bolliger realiza para la Commission Nationale du Débat Public (CNDP), 1922.
[10] Pau Luque, Las cosas como son y otras fantasías. Moral, imaginación y arte narrativo, Barcelona, Editorial Anagrama, 2020.
[11] Antonin Artaud, El teatro y su doble, Barcelona, Edhasa, 2001.
[12] Pau Luque, Las cosas como son y otras fantasías. Moral, imaginación y arte narrativo, Barcelona, Editorial Anagrama, 2020.
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