La misión

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Todo comenzó en el 2020 con “la Pandemia”. La abuela decía que hubo millones de muertos en todo el planeta y que uno de los síntomas era que perdías el olfato. Así empezó todo. Luego, las siguientes generaciones empezaron a nacer ya sin este sentido. Al estar siempre con mascarilla —pedazo de tela o algún otro material aislante que cubría la boca y nariz— fueron olfateando cada vez menos y un buen día, dejaron de oler.

“Ese año la vida cambió para siempre” solía decir la abuela con tristeza. Guardaba celosamente fotos de su vida anterior, cuando tocarse era lo natural. Ahora eso parecía tan poco higiénico que daba asco de solo imaginarlo. Con las fotos, podía confirmar que, efectivamente, intercambiaban fluidos como la saliva, el sudor y hasta… sí, ¡hasta eso! Por increíble que parezca, eran tan primitivos que entraban unos en otros para reproducirse.

Siempre sentí gran curiosidad por el álbum de la abuela, el cual fue protegido por mi madre como el tesoro más grande de la Tierra. A pesar de la guerra, a pesar del servicio de inteligencia, a pesar de las mudanzas, huida y refugio, a pesar de todo lo que pasó, logró esconderlo y conservarlo.  “Es nuestro legado, nuestra historia, es lo más valioso que tenemos y debes protegerlo… ahí está nuestra esencia y tu futuro”, es lo último que me dijo antes de su partida, mientras me indicaba dónde y cómo encontrarlo.  Fue la última vez que la vi, mientras la dormían y cerraban su cápsula para ser enviada al espacio, a un viaje al infinito donde algún día volveremos a encontrarnos.

Aquí estaba yo, escondida, viendo el álbum de la abuela, la historia de mi familia a través de desteñidas fotos de un mundo que no conocí; pero del que mi madre se encargó de contarme tanto y con tanto detalle, que al ver cada imagen era como reconocerme, como si de algún modo estuviera volviendo a casa.

Estaba viendo y tocando esa reliquia con gran cuidado y temor de estropearla, cuando un ruido exterior me asustó y solté el álbum, dejándolo caer. Quedé aterrada, sabía que si me encontraban viéndolo, me darían la pena máxima. Estaba prohibido hablar del pasado porque estudios científicos habían descubierto que eso nos hacía daño como especie, añorar otros tiempos solo nos llevaba al sufrimiento y al desacato; por eso, habían destruido todo lo anterior al 2020, todo lo que nos recordara cómo había sido la vida hasta antes de la pandemia. 

Sentí pasos. Me quedé paralizada. Podía escuchar cómo latía mi corazón.  Cerré los ojos esperando lo peor; fueron segundos eternos hasta que comprendí que seguía sola.  Yo y el álbum de la abuela.  ¿Qué iba a hacer con él?  ¿Dónde lo guardaría nuevamente?  ¿Y si me lo quedaba para digitalizar las imágenes? Lo subiría a la nube, era cuestión de segundos. No, todo estaba vigilado, sabían cada posición de cada uno de nosotros desde que nos pusieron el chip. Eso también me lo contó mi madre.  Se generaron dos corrientes. Ella estuvo del lado de la oposición.  Exigían libertad. Los persiguieron.  Huyó.  Le destruyeron la vida. La encerraron. Finalmente, igual se lo pusieron. Como lo tengo yo.  Solo que a mi generación ya nos lo implantaban al nacer. 

¿Qué podía hacer? ¿Y si lo vendía? Ese álbum seguro valía una millonada. Tal vez con eso podía comprar mi libertad.  Ya se había vuelto más seguro “el interestelar”, el viaje a Marte ya era una realidad.  Habían colonias de humanos que vivían libremente; pero como siempre, eso estaba limitado solo para los que tenían poder económico, el resto, teníamos que seguir aquí, en este planeta infectado y moribundo.

Suspiré pensando que no debía seguir perdiendo tiempo. Ya había visto lo que mi madre y mi abuela habían querido.  No estaba segura si me habían hecho un favor o echado una maldición, porque ahora debía ser la cuidadora de este álbum que solo era un testimonio de la desgracia que había sucedido, de lo irremediable, un terrible testimonio de cómo destruimos nuestro paraíso.

No sé cuánto tiempo me quedé en silencio. Solo sé que se me humedecieron los ojos como nunca antes me había ocurrido. Entonces, me acerqué para recoger el viejo álbum que seguía en el suelo y al levantarlo, vi que se había roto la tapa y del forro, cayó algo.

Era un sobrecito muy pequeño. Estaba cerrado. Lo sacudí. Sonaba algo dentro. Lo abrí con cuidado. En él, había unas pequeñas semillas y un papelito doblado. Era un mensaje escrito a mano de mi abuela: “Semillas de rosas.  Año 2020.  Cada semilla es de una rosa de color y aroma diferente.  Aromas únicos, exquisitos, que despertarán tus sentidos”.  Luego explicaba cómo sembrarlas y el cuidado que debía darles para que se convirtieran cada una en un rosal.

Ahora comprendía por qué acá estaba mi futuro. Eso era lo que tan celosamente guardaban. Volví a ver el álbum.  Había fotos de mi madre de pequeña jugando en el jardín de la abuela. Las rosas que la rodeaban eran increíblemente hermosas. Aparecía mi abuela, en la plenitud de su vida, disfrutando con su niña.  Había una imagen en la que las dos estaban oliendo las rosas. Cerraban los ojos en señal de felicidad.  Ese olor que yo no conocí parecía ser muy importante para ellas. Era el olor de los años felices, era el olor de mi familia.

Fue entonces, que decidí vender el álbum. Sí, parecía un sacrilegio y podía ser una traición; pero era la única forma de salir de aquí. 

Lo logré. Conseguí un coleccionista. Con esto pagaré mi viaje interestelar. 

Me voy. Llevo conmigo las semillas. Empezaré todo de nuevo. Otra vez habrá jardín. Otra vez habrá una niña jugando y una madre cuidándola feliz. Otra vez habrá vida, amor, olor a familia.   

 


 

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