La omisión de la voz femenina en el siglo XIX

Apreciado lector, la segunda entrega de la columna del ángel del hogar literario del siglo XIX, estará dedicada a conocer esas estrategias que utilizaban las mujeres para poder lograr la publicación de sus obras literarias en los periódicos de la época. Es necesario recordar que, en pleno siglo XIX, el hecho de que una mujer escribiera, y aún más, que publicara, constituía un escándalo en la sociedad de élite. En el contexto social y cultural de la época, se sometía a la figura femenina al dominio de un conocimiento mínimo, limitado tanto a las labores del hogar como al sacrificio de su bienestar por el de sus hijos, y en especial el del esposo. De esta manera, si un “ángel del hogar” aspiraba a ir más allá de las labores de la casa, se le consideraba inmoral, dado que era un pecado abandonar las labores domésticas que Dios le había encomendado. Aquellas mujeres que aspiraban a mostrar su narrativa a la sociedad, utilizaban pseudónimos para proteger el nombre sus familias.

Querían, desde luego, alejarse de la implicación de escribir desde una posición femenina y, sobre todo, ser percibidas por el público como mujeres. Algunas optaron desde el principio de su carrera por un seudónimo que las alejaba de la prisión que para ellas era su nombre femenino. Otras utilizaron seudónimos tras haber pasado por experiencias de gran dureza causadas por su condición de mujer y de escritoras (De la Guardia, 2007).

Estos estándares sociales imposibilitaban que la mujer construyera una identidad de género propia que incluyera sus pensamientos sobre los asuntos nacionales en el siglo XIX. Aquellas escritoras debían realizar una transformación en el papel. Para ser leídas, estaban obligadas a dar la ilusión de una voz autoral masculina; de tal forma que la sociedad pudiese aceptar y compartir esa opinión que daba el “hombre”. Tal distinción de género en el siglo XIX, se asoció a concepciones acerca de las debilidades mentales femeninas, supuestamente manifiestas en la incapacidad de pensar de manera crítica los fenómenos de la vida pública. Por estas razones, las escritoras optan por esta transformación de género en el papel. 

La escritora Soledad Acosta de Samper —con una obra central en la literatura del siglo XIX, pero invisibilizada por la crítica literaria de su época por el hecho de ser mujer—, en una vieja carta, cuenta las razones por las que tuvo que usar seudónimos, y enlista cada uno de los que utilizó para publicar sus textos: S.A.S, Andina, Aldebarán, Bertilda, Renati, Orión. “Sin que en ello influyera [explicaba Soledad Acosta], otro motivo que la natural desconfianza de echar a luz mi nombre”. Uno de los seudónimos significativos de la escritora es Bertilda, un anagrama de libertad, aquello de lo que carencían las mujeres en el siglo XIX. Luego, sería ese el nombre de una de sus hijas, Bertilda Samper Acosta, quien continuaría los pasos de su madre. Dos seudónimos más son también interesantes, Aldebarán y Orión, que muestran el interés que tenía por la astronomía. Orión por la constelación, y Aldebarán por la estrella más brillante de la constelación de Tauro, signo que corresponde al mes de nacimiento de Soledad Acosta de Samper.

Es conocido que la autora publicó un libro con su propio nombre, Soledad Acosta de Samper, sin embargo, para que el nombre de la mujer no se viera afectado, su esposo, José María Samper, escribe una pequeña carta llamada “dos palabras al lector”. En ella da una explicación del porque de la publicación de la narrativa de su esposa, consciente de que no era bien visto que sucediera que una mujer publicara, mostrándolo como un acto de modestia por parte de la autora, Soledad Acosta. 

La esposa que Dios me ha dado y a quien con suma gratitud he consagrado mi amor, mi estimación y mi ternura, jamás se ha envanecido con sus escritos literarios, que considera como meros ensayos; y no obstante la publicidad dada a sus producciones… La idea de hacer una edición en libro, de las novelas y los cuadros que mi esposa ha dado a la prensa, haciéndose conocer sucesivamente bajo los seudónimos de Bertilda, Andina y Aldebarán… he tenido que luchar con la sincera modestia de tan querido autor para obtener su consentimiento.

Continuando con la carta de Samper, en el primer libro publicado por Soledad Acosta, la justificación que dicha publicación presenta es que no denigra el nombre de su esposa, que no lo hace al menos en su papel de esposa y como madre de familia. Además, que dicha justificación surge del hecho que ella es mujer y no le posibilita prestar sus servicios a otra labor de la nación que no fuera la de la literatura.

Mi esposa ha deseado ardientemente hacerse la más digna posible del nombre que lleva, no solo como madre de familia sino también como hija de la noble patria colombiana; y ya que su sexo no le permita prestar otro género de servicios a esa patria, buscó en la literatura, desde hace más de catorce años, un medio de cooperación y actividad.

La necesidad de silenciar el nombre de las autoras, imposibilitó que la visión de la mujer en el siglo XIX tuviera una presencia fuerte en los asuntos nacionales, generando que los estudios literarios de dicha época fueran pensados desde una visión masculina. En la actualidad, estas estrategias femeninas han permitido que nuevos horizontes de interpretación sean difundidos para ampliar la compresión de la construcción nacional del siglo XIX.


Referencias:
De la Guardia, Carmen (Universidad Autónoma de Madrid, España). (2007). La violencia del nombre. Mujeres, seudónimos y silencios. XI Jornadas Interescuelas/Departamentos de Historia. Departamento de Historia. Facultad de Filosofía y Letras. Universidad de Tucumán, San Miguel de Tucumán.

 

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