La proyectora de fantasmas

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Mientras la lluvia caía en las fluorescentes calles de Guadalajara, alguien moría de una sobredosis de ensoñaciones, una colisión de tres moto-naves creaba un tráfico en periférico y el oficial Francisco Barajas veía a su familia muerta una vez más.

Barajas podía oler ese aroma a durazno tan característico del perfume de su esposa, ella lo miraba y lo felicitaba por lo que había hecho, sus hijos corrían y jugaban sacudiendo sus brazos mientras reían fuertemente. Él nunca podía conectarse por mucho tiempo, siempre las lágrimas aparecían y arruinaban la proyección.

Su esposa toca su mano y él siente su calor, se estaba volviendo adicto a esa sensación. En ocasiones olvidaba que estaba conectado a una máquina. La manera en la que ellos hablaban e interactuaban, todo se sentía tan real. El llorar hace que las imágenes de su familia se difuminen y comiencen a desaparecer. Es por eso que Francisco nunca puede quedarse en la proyección.

Lloraba porque se sentía impotente, se preguntaba si tan solo algo hubiera sido diferente aquel día, su familia seguiría con vida. Si los hubiera llevado a otro lugar, si tan solo su arma pudiera herir a desplazados, si el que hubiera muerto hubiera sido él. La idea de que el asesino aún no hubiera nacido lo atormentaba todavía más.

Durante años quiso recuperarlos, lo intentó todo: androides con inteligencia artificial (robados y traídos desde los Estados Unidos), tomar píldoras de melancolía (incautadas del departamento de evidencias), hasta intentó desplazarse, pero los medicamentos que vendían en su ciudad siempre resultaban ser imitaciones y nunca lograban el efecto debido.

Aún podía recordar como en la fiscalía se volvieron locos por esta nueva tecnología, los asaltantes estaban usando rostros de gente muerta para cometer sus crímenes. Un oficial de tránsito juró que vio a su abuela robar un tecno-asistente y correr como si tuviera veinte. Fue entonces cuando se le ocurrió la idea, atraparía a uno de estos sospechosos y le preguntaría todo.

No pasó mucho tiempo antes de que uno de ellos fuera lo bastante estúpido como para dejarse agarrar. Parecía que esta tecnología ya estaba al alcance de todos los del bajo mundo y Francisco solo tuvo que esperar a que una linda jovencita rubia intentara asaltar un autobús, los pasajeros no la dejaron bajar de él y la golpearon, la paliza cobró más fuerza cuando se enteraron que detrás de la chica rubia se ocultaba un obeso hombre cuarentón.

Francisco llegó al lugar y procedió a realizar el arresto correspondiente, salvando la vida del asaltante en el proceso. Una vez en la patrulla, Francisco comenzó con el interrogatorio. Después de muchas indirectas y acusaciones, el asaltante se negó a hablar, fue hasta qué el oficial prometió que lo dejaría libre cuando por fin pudieron conversar.

 — Mira, si vas a arrestarlo, no le digas que yo te lo dije, o en mi barrio me despellejan vivo — dijo el asaltante— Se supone que aún no está lista. Tenía el propósito de revivir viejas cintas y que te diera la sensación de que estuvieras ahí, pero uno de nosotros descubrió como invertirla, entonces solo le pedimos a él los rostros y nosotros hacemos el resto. El chico me dijo que tienes que portarte bien con ella ¿entiendes?, tiene que acostumbrarse a ti o de lo contrario te traicionará.

— ¿Así como te sucedió a ti hace un rato? — preguntó el oficial.

— Exactamente hermano, tienes que llevar tiempo utilizando esa cosa, para que se adapte a ti.

— ¿Dónde encuentro al chico ese?

— Hace los trabajos en un foto estudio cerca de la plaza…donde antes estaba el templo de Nuestra Señora del Rosario.

— ¡Hay muchos estudios ahí!

— Es el único que no tiene Holo-anuncios, parece tienda de la edad antigua hermano.

Después de pedir tiempo libre en la comisaria, Francisco se dirigió al lugar. El visitar esa plaza lo hacía sentir extraño, algunas de las estructuras barrocas del antiguo templo, junto con los brillantes carteles de las tiendas circundantes, daban una apariencia de un lugar que se negaba a morir. Brillaba suplicando ayuda.

Tiempo después, por fin dio con la dirección. Foto Estudio Aguirre, el único local que se había negado a anunciarse a través del neón. Resultó que la persona que dirigía el lugar era un escuálido chico con una bandera de México tatuada en el hombro, se hacía llamar “Patriot”.

Después de hablar con Patriot y suplicarle por ayuda, accedió a venderle una de sus máquinas milagrosas. Francisco nunca le dijo que era policía, el chico lo averiguó después de investigarlo.

Antes de partir Patriot realizó un extenso cuestionario a Francisco, acerca de las personas que deseaba traer de vuelta con su invento, cómo y en qué lugar habían muerto, que tanto las extrañaba y en dónde las había enterrado. Francisco respondió todas las preguntas sin cuestionar, estaba desesperado.

Ahora aún recostado en su reclinable, continúa conectado. Ha parado de llorar y las imágenes de su familia pueden verse claras otra vez. Su esposa lo besa y el siente sus labios cálidos, comienza a llorar de nuevo y al abrir los ojos ve que no han desaparecido. El proceso ha sido completado.

— Gracias por ser tan paciente— le susurra ella al oído, embriagándolo con ese dulce aroma a durazno.

Mientras la lluvia caía en las fluorescentes calles de Guadalajara, el oficial Francisco Barajas veía a su familia muerta una vez más, un grupo de personas desmantelaba a un robot bailarín para comprar más ensoñaciones y un jovencito que se dirige a Foto Estudio Aguirre lleva arrastrando a una chica muerta. Al llegar al sótano del edificio la conecta a un grupo de cables y monitores amontonados, la interferencia emite sonidos de latidos, espera que esta pueda recolectar más emociones que los anteriores, la proyectora de fantasmas necesita comer y pronto vivirá para llenar al mundo de nostalgia.

 

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