La rebeldía; de Camus a Qanon. Parte 2

La rebeldía; de Camus a Qanon. Parte 2

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La civilización occidental, y en particular Estados Unidos, enfrenta una severa crisis subjetiva. De acuerdo con Signs and Machines (2014), de Muricio Lazzarato, esa es justamente la esencia de la crisis: el desgaste de una visión de mundo que se ve incapaz de responder de forma efectiva ante los nuevos retos globales. En este contexto de malestar social, es normal que surjan rebeldías. Sin embargo, estas rebeldías, son muy diferentes a las que podríamos llamar “rebeldías logocéntricas” tradicionales; aquellas que, basadas en un corpus intelectual iluminista o semi-iluminista resguardado por intérpretes oficiales, buscaron la transformación del mundo. Recordemos que para Camus el rebelde era blanco, heterosexual, joven y gran lector activo. Por ello el análisis de Camus privilegia las rebeldías basadas en el logocentrismo de izquierda, una de las herencias de la revolución francesa, que surgen del libro y rebotan hacia la realidad. Como habíamos argumentado en la primera parte de este ensayo (puede leerse aquí), a pesar del rechazo moral que Camus muestra por estas lógicas rebeldes violentas, hay cierta romantización de las figuras rebeldes, ya que en sus inicios existía en estos hombres un afán por enderezar el mundo y hacerlo más justo.

En Latinoamérica hemos heredado más o menos la misma tradición intelectual, siendo el Che Guevara el verbo hecho carne de la rebeldía; un intelectual de clase media, blanco, heterosexual y lector ávido que luchó por ideales de justicia informados por el ethos marxista, o al menos esta es la historiografía que justifica sus acciones. En Estados Unidos, en cambio, la rebelión, salvo en la guerra de independencia, siempre ha tenido mala pinta. El Estado liberal por excelencia —si bien en un principio completamente racializado— ve la rebeldía como sedición, criminalidad y amenaza a su propia sobrevivencia. Los grandes rebeldes mexicanos, como Villa o Zapata, en Estados Unidos son visto como bandidos salvajes. La gran otredad del país de Lincoln, el fantasma que ronda sobre sus márgenes políticos, es la llamada izquierda radical.

Para evitar el surgimiento de rebeldías organizadas, comunistas o anarquistas, después del asesinato del presidente William McKinley en 1901 a manos de un anarquista húngaro, Estados Unidos elaboró protocolos de seguridad para impedir que tanto comunistas como anarquistas pisaran suelo norteamericano o sus ideas fructificaran en el país. Por eso llama la atención que, en el país de la propiedad privada y el Estado de derecho, estén surgiendo tantas rebeliones actualmente. Lo paradójico es que no vengan de la extrema izquierda —el eterno boogeyman de Estados Unidos— sino de la derecha. La pregunta que dejamos abierta en la primera entrega del ensayo fue: ¿cómo entender estas nuevas rebeldías?

Ciertamente, el modelo camuseano no explica este tipo de rebeliones. Los nuevos rebeldes gringos no supeditan su rebeldía a un ethos intelectual iluminista, basados en la razón y la justicia. Por otro lado, en la sociedad de las redes sociales, nuestro supuesto logocentrismo parece reducirse cada vez más a las universidades y a clases sociales específicas. El mundo cambió demasiado de 2007 a la fecha. Nos acostamos un día con la angustia de perdernos en la ciudad sin mapas, y luego despertamos con una especie de para-estado tecnológico que computa, mide, registra y refuerza el espacio exterior y nuestra interacción con ese espacio, desde donde estamos hasta lo que consumimos y pensamos.  El algoritmo es perversamente generoso y complaciente: a cada quien le da lo suyo. En este contexto, considero que hay que entender ciertas rebeldías estadounidenses a partir de sus conexiones con el pasado, así como con fenómenos tecnológicos recientes, como las redes sociales, que las impulsan y las vuelven virales. La conexión más visible con el pasado es la rebeldía de tribu, relacionada con el suprematismo blanco, la extrema derecha y lo que en Estados Unidos llaman el “libertarianismo”, que es como una especie de neoliberalismo radical mezclado con anarquismo de derechas; su mantra es que el Estado es el diablo y los derechos del individuo son sagrados, por lo que hay que limitar lo más que se pueda, o de plano destruir, al Estado. Un ejemplo de este tipo de rebelión, fue la organizada por Amon Bundy en el estado de Oregon en el 2016. El señor Bundy básicamente invadió tierras federales con una turba de hombres blancos armados debido a que debía impuestos que se negaba a pagar por el uso de esas tierras con fines ganaderos. No es de extrañar que este evento no fuera reprimido por el Estado de derecho en tiempo y forma; el FBI tardó semanas en responder. Los no anglosajones sabemos que, de haber sido una turba de negros o hispanos los que hubiesen retado al gobierno federal de esa manera, hubiesen recibido una lluvia de balas expedita e inmediata.

Otra forma de rebeldía en EU es la rebelión que parte de principios religiosos protestantes. En el catolicismo la rebeldía es considerada como una herejía; una desviación, producida por el diablo, la ignorancia o la soberbia, respecto a la norma divina. La imagen poderosísima de Ernesto Cardenal hincado ante al papa Juan Pablo II, quien lo amonesta y regaña, habla por sí misma. La Iglesia Católica heredó el Estado romano y su estructura jerárquica basada en el respeto absoluto de los superiores. El protestantismo, en cambio, parte de la rebelión justa y de una idea un tanto parecida a la ideología de Marx; para Lutero, la Iglesia Católica tenía piel de cordero, pero el alma de lobo. O sea que el maligno se escondía, como un cáncer, en el corazón mismo de Roma. Y él, iluminado por Dios, era capaz de descifrar las verdaderas intenciones de un sistema religioso pervertido; la cara oculta de la ideología, pues. Este truco teológico por primera vez funcionó, aunque ocasionó sangrientas guerras religiosas. El protestantismo surge como un horizonte utópico de reforma institucional, de perfeccionamiento de estructuras, de retorno a un locus amoenus cristiano anterior a su decadencia. Básicamente es un “let´s make christianity great again”. De acuerdo a Jacques Barzun, en su obra From dawn to decadence (2003), ni el mismo Lutero previó el alcance de las fuerzas humanas que desencadenaría con la ruptura, y al final de sus días, en sus cartas, parece arrepentido de su obra revolucionaria, ya que comenzaron a surgir sectas por todos lados que traicionaban su mensaje original de primitivismo cristiano. Ese parece ser uno de los peores defectos del protestantismo: la anarquía de la libre interpretación, anti-institucional, que puede justificar barbaridades como el apartheid de Sudáfrica —bajo la idea de que Dios hizo a los negros inferiores— o la perversión sexual del mormón Warren Jeffs —hoy en la cárcel—, que no contento con sus más de 70 esposas, comenzó también a violar a sus hijas.

Considero que, en estos dos fenómenos, el libertarianismo y el protestantismo, se obvia la conexión al pasado de las rebeliones actuales en Estados Unidos. Si añadimos a la ecuación el complejo fenómeno y engarzamiento de las redes sociales y las teorías de la conspiración, tenemos la fórmula perfecta para una explosión radical. De los tres elementos, creo que el protestantismo estadounidense tiene mayor peso, ya que es una especie de protestantismo ad infinitum, muy diferente al protestantismo continental. Aunque las personas no estén adscritas a una denominación religiosa concreta, el protestantismo made in America ha creado un ethos cultural profundo en este país. Max Weber entendió este asunto mejor que muchos pensadores de su tiempo, al centrarse no en las capas superficiales de la religión, o en el debate decimonónico sobre la existencia de Dios, sino en cómo las estructuras religiosas informan la cultura de manera íntima y sutil, de ahí La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Una idea fundamental del protestantismo estadounidense es una visión un tanto mística de la idea de libertad. En ningún otro país del mundo se utiliza tanto esta palabreja como en Estados Unidos. En sus acepciones más superficiales la podemos entender como la libertad de culto, de organización política y respeto a la libertad individual. En esta idea de libertad, el otro tiene derecho a interpretar el mundo a su manera, siempre y cuando no interfiera en la vida de los demás. Y es que la esencia del protestantismo estadounidense, es jugar con los signos y ser fluido. La primera forma de modernidad líquida fue en realidad el protestantismo estadounidense, ya que no sólo eliminaba la tradición y la institución, sino que además abría una dimensión temporal para la reforma constante. El mecanismo operante de la máquina protestante estadounidense es el esparcimiento ad infinitum. A los puritanos no los quisieron en Inglaterra, y se vinieron a Estados Unidos. Aquí fundaron su comunidad imaginada. Pero dentro de esa comunidad, surgieron otros protestantismos, y dentro de esos, otros más, así hasta llegar a los mormones, testigos de Jehová, evangélicos, anabaptistas, pentecostales, etc., etc. 

En este sentido, tanto el protestantismo como el capitalismo comparten la producción serial de lo novedoso, la compulsión por el ideal de mejoramiento constante y la libertad creativa. De lo que se trata es de expandirse para generar más espacios de libertad. Una vez se crean esos espacios de libertad, el Estado no interviene a menos que se atente contra sus fundamentos, como en el caso de los mormones, que tuvieron que exiliarse en Utah debido a la práctica de la poligamia. La Religión en Estados Unidos es sagrada, sea cual sea. En la utopía imaginada de la libertad religiosa, todo cabe; desde los luteranos y metodistas, pasando por los anabaptistas y evangélicos, hasta los budistas, jainistas y cultos contemporáneos new age. El movimiento jipi, de alguna manera, fue una de las evoluciones más elásticas del espíritu protestante estadounidense; la libertad como motor de experimentación constante en todos los sentidos, en el sexual, psicológico, físico y hasta espacial. Y como en todos los movimientos protestantes, surgieron sus perversiones y desviaciones, siendo el asesino Charles Manson una de las más visibles.

Sin embargo, hubo diferentes etapas. Al principio de la utopía estadounidense, el protestantismo era de tipo iluminista: la libertad religiosa era tan importante como la separación entre iglesia y estado. Posteriormente, a partir de los años sesenta del pasado siglo, con la revolución cultural, el feminismo, el movimiento de derechos civiles negro, el movimiento chicano de derechos laborales y, después, la protesta contra la guerra de Vietnam, la derecha religiosa se espantó y comenzó a intervenir activamente en la política. Desde entonces su presencia es cada vez más virulenta y corrosiva. De esas fechas vine el “In God we trust” estampado en el dólar.

Actualmente, aunque por primera vez en el país hay un empate entre las personas que van a la iglesia y las que no —esto no significa que las que no van no sean religiosas a su manera—, el ethos del protestantismo anglosajón, con su tendencia al sectarismo infinito, sigue en pie y gozando de muy buena salud. Es tan poderoso este ethos cultural, que incluso la izquierda liberal atea creo su propia iglesia: The Satanic Temple. Su nombre es una forma de provocar y confrontar el fundamentalismo religioso cristiano. No adoran ni creen en el diablo, pero utilizan la figura mítica de “Satán”, basados en las representaciones de Blake, Shelley y Anatole France, como una metáfora de rebeldía, de “espíritu libre” y no conformista a los dogmas religiosos. Aunque el líder es una persona brillante, graduado de Harvard, el utilizar este tipo de íconos con una carga semántica tan fuerte y negativa en la sociedad estadounidense, tal vez no sea la mejor estrategia política para transmitir su mensaje. En cualquier caso, el Templo Satánico comparte con sus adversarios la tendencia a la sectorización que considero propia del protestantismo estadounidense y su ethos vitalista y expansivo. En ningún otro lugar del planeta existe tal proliferación de sectas, cultos, hermandades y organizaciones de todo tipo con intereses y alcances diversos. En las universidades, por ejemplo, existen las llamadas “fraternidades”; organizaciones estudiantiles que fomentan la cohesión de grupo y un sentido de pertenencia (que muchas veces termina en racismo y machismo, por lo que varias instituciones educativas las están prohibiendo). De acuerdo con la pensadora feminista Bonnie Man en su obra Soverign Masculinty (2013), fue a principios del siglo XX que se recrudeció la tendencia a la sectarización entre los hombres blancos de EU. Ahí surgieron con mayor fuerza las logias masónicas, rosacruces, organizaciones de cacería, fraternidades profesionales, estudiantiles, etc. Por esas fechas el Ku Kux Klan llega a su máximo apogeo. Posteriormente, del lado de las minorías de izquierda, surgen los Black Panthers negros y los Brown Berets chicanos. El fenómeno de pandillerismo podría explicarse, en parte, por este ethos protestante. Ante una sociedad que privilegiaba el individualismo radical, el tribalismo racial y la segregación económica, era previsible la respuesta social de crear micro comunidades de pertenencia.

Una vez hecho este breve recorrido sobre el ethos protestante estadounidense, podríamos establecer la conexión con las sectas políticas. El rebelde de Camus es descendiente directo del iluminismo y la revolución francesa.            Tal vez ahí se encuentra el principal defecto de la obra de Camus: tomar la revolución francesa y sus ideales laicos como modelo implícito de explicación de la rebeldía. El problema es que hay varios occidentes, y la otra cara de ese occidente racionalista, propio de un país donde no hubo reforma religiosa, es la revolución estadounidense, donde fe y razón no se excluyen de todo. Para Camus, hijo él mismo del laicismo francés, el fenómeno religioso es absolutamente irrelevante. Por eso es inapropiado utilizar su modelo para explicar las rebeliones políticas de EU, en especial las rebeliones actuales, pero también las pasadas; no hay que olvidar que las dos figuras rebeldes más importantes en la segunda mitad del siglo XX, Martin Luther King y César Chávez, eran profundamente religiosos. Lo que pasó el 6 de enero, en parte, se explica por una especie de protestantismo radical que afecta todos los vasos comunicantes de la cultura. Los rebeldes del 6 de enero son para la política lo que los testigos de Jehová para el cristianismo; pingüinos viviendo en el ecuador, guacamayas antárticas, osos grises en el Caribe. Así como el señor Joseph Smith, fundador de los mormones, encontró unas tablitas misteriosas en un sombrerito mágico —revelación fundadora del mormonismo—, de la misma forma los elementos variopintos de la extrema derecha se agrupan en sectas caracterizadas por ideologías bizarras, donde un momento relevante —pizza gate o los demócratas pedófilos— inaugura el cronotopo de su lucha como destino manifiesto: sin nosotros, el mundo se caerá y el mal triunfará. Y si la esencia del protestantismo es el acercamiento directo con el significado —para ponernos saussureanos—, entonces el significante puede ser cualquier cosa; 70 esposas, 10 sobreros mágicos, la tierra plana, autismo por vacunación, pizza gate, etc. Detrás de todo este carnaval de manipulación de signos, se esconde, una interpretación y concepción mal administrada del delicado concepto de libertad. Por un lado, ese vitalismo protestante estadounidense de la expansión de la libertad ha producido una de las sociedades más prósperas, culturalmente interesantes, contradictorias y raras del planeta, pero, por otro lado, también ha creado las condiciones de su propia destrucción, al prescindir de medidas de control mínimas. Cuando cualquier persona puede poner en jaque a un estado porque vio la verdad en un sombrero mágico o en YouTube o en un video de Facebook, cuando el significado y el significante llegan a tal nivel de disonancia cognitiva, y cuando la mitad de los políticos no condenan con términos enérgicos estos eventos, creando así mayor ambivalencia semántica, en ese momento la libertad comienza la lenta marcha hacia la muerte. Si esta sociedad implosiona, será tal vez la primera en decaer no sólo debido a la sobre explotación de recursos, nuevos retos internacionales o la brutal desigualdad, sino por disonancia cognitiva. “Truth isn´t truth”, dijo Giuliani en 2018. Presagio y realidad de los tremendos retos que enfrenta una sociedad sectarizada donde cualquiera puede interpretar los signos a su antojo.

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