La rebeldía: de Camus a QAnon (Primera parte)

0 0
Read Time:7 Minute, 6 Second

Hoy en día, después del fracaso de la utopía socialista, y en un mundo cada vez más plagado de diversos populismos, la rebeldía tendría que significar otra cosa.

En el que probablemente sea el texto más importante de Albert Camus y de los menos leídos, El hombre rebelde (1951), el escritor francés elabora una radiografía de la historia de la rebeldía, al mismo tiempo que, desencantado por las revoluciones comunistas, promueve formas menos violentas de convivencia que no impliquen el asesinato colectivo de ese otro radical construido por sistemas de pensamiento maniqueos.

Hay cierto romanticismo en la forma cómo Camus analiza el problema. Por principio, les dedica demasiadas páginas a los rebeldes individuales y educados que pertenecen a la tradición intelectual europea. Se le olvida “la rebelión de los bárbaros”, esos individuos o grupos sociales caracterizados como tales por la hegemonía que, a lo largo de la historia, se revelan por razones humanas —demasiado humanas—, como la rapiña, o en razón de un ethos cultural definido por la constante rebeldía y la guerra, como los Yanomamo de Sudamérica. También olvida las grandes rebeliones indígenas de América Latina, como la Guerra Chichimeca (1550-1600). Para Camus, la rebeldía sólo existe en la cultura occidental, ya que según él —sin ser experto en civilizaciones asiáticas— en las sociedades donde reina la religión no existe la posibilidad de rebeldía, ya que lo sagrado organiza la vida y no hay manera de escapar al orden de las cosas. De más está decir que el tema de la rebelión femenina también brilla por su ausencia.

El rebelde, dice Camus, conoce sus derechos. Es decir, en la concepción camuseana de la rebeldía, se necesita cierta lucidez y claridad intelectual, por no decir razón —concepto que prefiere evitar—. En cualquier caso, esa toma de conciencia, ese darse cuenta de una situación intolerable, es fundamental para activar la rebeldía. Camus no discute si esa situación intolerable es racionalmente intolerable, un constructo social o el resultado de estrategias de manipulación y propaganda. En la rebelión contemporánea, hacernos esta simple pregunta —sobre lo empírico de lo intolerable— es importante para comprenderla. En resumen, para Camus, la rebeldía es eminentemente masculina, blanca, joven, consciente y educada.

El texto se publicó en 1951. Los traumas inmediatos de Camus eran la Revolución Rusa, la guerra de Argelia y la Segunda Guerra Mundial. Una generación de intelectuales europeos que vivió tantas desgracias, tuvo que haber parido una filosofía tan pesimista y eurocéntrica como el existencialismo francés. Y es normal que, en su panorama de ideas, no figurara otra cosa más que lo europeo. Por lo tanto, en realidad no intento adelantar ningún reproche contra Camus; su texto es propio de la época, de una generación que vivió eventos traumáticos concretos y formó parte de una tradición intelectual que tomó y exploró ciertas rutas de pensamiento informadas por su circunstancia vital. En aquel entonces, la rebeldía analizada por Camus era motivada por grandes sistemas de pensamiento, como el marxismo y el anarquismo. Hoy en día, después del fracaso de la utopía socialista, y en un mundo cada vez más plagado de diversos populismos, la rebeldía tendría que significar otra cosa. En el corazón mismo de la democracia más longeva del mundo   —y elijo este ejemplo debido a su peso político internacional—, en el país que se autoconcibe como el escudo de la civilización occidental, aquel que derrotó tanto a nazis como a comunistas  —aunque en su mismo suelo se practicaba la segregación racial—, se están cocinando rebeliones completamente alejadas del ethos camuseano de la consciencia y el intelecto. Son rebeliones informadas por un popurrí variopinto de tendencias políticas, que podríamos arropar bajo el mote de “extrema derecha”. Estos rebeldes creen, como diría Max Stirner, que su causa es la causa justa. Por un lado, se encuentran los rebeldes religiosos de tendencia evangélica: un ejército de fanáticos que interpreta el cristianismo de una manera oscura y medieval, en su abrumadora mayoría blancos, cuya obsesión y estrategia política se basa en rechazar el aborto, y a partir de ese rechazo, derivar una serie de significancias políticas hacia sus rivales, la izquierda perversa que mata y abusa niños, que adora a Satán, que está coludida con el islam, que les quiere quitar sus armas y demás tonterías.

El otro gran movimiento rebelde de derecha, compuesto también en su gran mayoría por hombres blancos, es el de las teorías conspirativas. En ningún otro país del mundo existe tanto papanatismo intelectual como en Estados Unidos, situación sumamente perturbadora, ya que el país posee élites intelectuales y científicas de primer nivel, pero al mismo tiempo esa excelencia tiene su doble exacto: un ejército de papanatas crédulos que se sienten especiales por poseer un secreto súbitamente revelado. Las teorías de la conspiración y los mitos tienen una estructura similar. Ambos surgen de las capas más profundas del inconsciente. Su lenguaje emana de eventos traumáticos o inexplicables y se expresa por medio de arquetipos; una gran inundación, la creación del mundo, la madre y el padre primigenios, la ira de los dioses, el bien contra el mal, etc. Los mitos, como las teorías de la conspiración, son narrativas que intentan explicar el mundo —o eso parece en la superficie—. Generalmente los antropólogos y mitocríticos, como Mircea Eliade o Rollo May, tienen una visión romántica y positiva del mito. Este último pensador, por ejemplo, abogaba por la necesidad de reinventar mitos racionales que le dieran sentido a la vida moderna, caracterizada por la alienación y el debilitamiento de los lazos entre individuo y comunidad. Ni Eliade ni May vieron en el mito posibilidades nefarias. Los mitocríticos en general sienten una fascinación casi irracional por el mito y las sociedades llamadas primitivas, porque creen que todavía habitan en una especie de paraíso perdido, un locus amoenus donde hombre, comunidad y naturaleza guardan cierto equilibrio vital. A los marxistas, en cambio, nunca les interesó el tema. Consideraron el mito —y también la religión— como una simple etapa primigenia en la evolución del pensamiento, esencialmente errónea e ideológica, que después fue superada por el pensamiento racional. Los antropólogos estarían en absoluto desacuerdo con esta simplificación burda del mito, pero en lo que tienen razón los marxistas es en sospechar de su inocencia. Uno de los muchos problemas de los mitos es que pueden generar una casta sacerdotal que los administra a su antojo. Los mitos nunca han sido propiedad común; siempre ha habido una clase política que controla su interpretación. Esa interpretación, convertida en doctrina incuestionable, se transforma en praxis. El mito no es inocente: no se mueve únicamente por el natural afán de comprender el mundo, sino también por el interés de organizarlo. La praxis se traduce en la imposición de reglas sociales que conducen al clasismo y al privilegio. Desde el viejo mito de la supuesta ascendencia divina de los reyes, hasta aquel otro sobre la impureza de la mujer —que justifica la mutilación corporal del cuerpo femenino en algunos pueblos africanos—, el mito busca el control político, corporal y económico de la comunidad. Hay algunos más perversos que otros, pero todos guardan, en su propia estructura, la posibilidad del fanatismo, la explotación y la violencia. Las teorías de la conspiración estadounidense serían el lado más perverso y contemporáneo de las posibilidades destructivas del mito.

La teoría de la conspiración de QAnon, por ejemplo, fue creada por tres personajes anónimos      —seguramente inteligentes y con conocimientos suficiente sobre psicología— y propagada en internet. Rápidamente surgió un ejército de papanatas crédulos. Según este mito, Estados Unidos es gobernado por una élite de demócratas pedófilos y satánicos, y Trump es el único que puede salvar a la nación de esta plaga diabólica. La esencia epistemológica de esta teoría-mito es el viejo cuento del bien contra el mal. Como se puede apreciar, tanto en los evangélicos como en QAnon existe una extraña obsesión por los niños, a quienes pretenden proteger de las garras del diablo. Pocos analistas tomaron en serio estas tonterías hasta el 6 de febrero, cuando una turba compuesta por fanáticos de QAnon, racistas, evangélicos y demás ilustre fauna, asaltaron el Capitolio. Las imágenes del Capitolio en llamas le dieron la vuelta al mundo. Al parecer, es la primera vez desde 1814 que el Capitolio es asaltado de esa manera.

La pregunta es, en la tradición de la rebeldía, ¿dónde ubicar a este tipo de rebeldes?, ¿desde qué tradición intelectual pensarlos? En la segunda entrega de este ensayo, analizaremos las nuevas rebeldías; aquellas que, consideramos, se alejan casi completamente del paradigma planteado por Camus.


Happy
Happy
0 %
Sad
Sad
0 %
Excited
Excited
0 %
Sleepy
Sleepy
0 %
Angry
Angry
0 %
Surprise
Surprise
0 %

Average Rating

5 Star
0%
4 Star
0%
3 Star
0%
2 Star
0%
1 Star
0%

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *