La rebelión de las cosas

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¿No puede durar el mundo veinte millones de años todavía?
Si así fuere ¡qué no llegarán a ser las máquinas!”
Samuel Butler

Ese día, para John Machine, fue perfecto y estaba feliz. Por la mañana, Machine participó, junto con otros empresarios y políticos a nivel mundial, en la declaración oficial del fin de la pandemia del covid-19 y, simultáneamente, la señal de salida para la última revolución tecnológica, sólo comparable a las de Gutenberg o la Industrial. Aprovechando la tecnología 5G se había logrado finalmente la conectividad total, el llamado internet de las cosas. Machine había colaborado activamente, desarrollando programas y circuitos para que absolutamente todas las cosas contaran con dispositivos inteligentes para interactuar con las personas y entre sí, a través de un sistema complejo y completo de conexiones inalámbricas. Se decidió dar la señal de salida el mismo día en que en el mundo se diera de alta al último paciente infectado de covid-19, como una manera de significar que la humanidad había ganado la batalla y que la globalización también tenía aspectos positivos.

Por la noche, John fue a su habitación. Encender lámpara de noche- ordenó. Ya en pijama, se acostó, llevando consigo el paquete que le habían enviado anónimamente y que se adivinaba era un libro de pequeño formato. Se cubrió con la frazada eléctrica  y le indicó: ajustar temperatura a 69 grados. Al confortable calor de la frazada, Machine rasgó la envoltura de papel. Era una traducción al inglés del libro “Cuaderno de notas sobre algunos sucesos de amor, ciencia, arte y muerte que pudieron pasar desapercibidos antes, durante y después de la cuarentena” de Juan Machín, un escritor mexicano. Lo abrió en la página señalada por un separador. Era un cuento breve llamado: “La rebelión de las cosas”. El cuento comenzaba con una cita del libro “Erehwon” de Butler. Afirmaba el autor que no habíamos sabido escuchar las sabias advertencias del escritor inglés. Se debieron prohibir los relojes y todo el desarrollo tecnológico, la evolución veloz de los aparatos ponía en riesgo a la humanidad. Había muchos indicios de que las cosas tenían vida propia y que odiaban a las personas, rebelándose cotidianamente de numerosas maneras: llaves, celulares y lentes que nunca están donde les dejamos, los calcetines que invariablemente dejan de ser pares, las mangueras que se atoran en todos lados, los nudos de cuerdas que se deshacen invariablemente, la pata de la mesa que golpea el dedo meñique, diarias manifestaciones de la llamada Ley de Murphy. Machín advertía que al llegar el internet de las cosas, advendría la cosanoósfera, sería la etapa siguiente de la evolución no prevista por Teilhard de Chardin, quien ingenuamente se detuvo en la noósfera. Y concluía: conectar todas las cosas, cuando éstas odian a la humanidad, sería un suicidio global.

Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Machine, cayendo en cuenta de que había colaborado en abrir una verdadera caja de Pandora. Entendió que tenía que detener todo. Pero, lo que Machine no alcanzó a entender fue que ya era demasiado tarde: la lámpara de noche había leído por encima del hombro de John y la frazada eléctrica sabía lo que tenía que hacer…

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