La última vampira

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Mientras caminaba sin rumbo, observaba los restos de una ciudad que hace cientos de años era una de las más hermosas. De aquella belleza ancestral no quedaba ni la sombra. Las aguas cristalinas de su famoso río, ahora lucían pantanosas y de un color brea repugnante. El Puente de la Victoria, llamado así porque allí se celebró la victoria del último partido político que llegó al poder, que se erigía orgulloso en aquel entonces; ahora se encontraba destruido. Ocurrió durante la última guerra mundial, ya ni recordaba qué la originó. La mayoría de la población se encontraba atiborrada en ese puente, queriendo cruzar a la ciudad vecina donde, se decía, había un refugio. Fueron bombardeados sin piedad y junto con los restos del puente cayeron en aquel río los suyos propios. Ella lo recuerda perfectamente. Estuvo en aquel puente ese día. Pero su inmortalidad la salvó de ese trágico destino.

***

Los humanos solían llamarlos Vampiros, una insultante forma, a su entender, ya que usaban la característica de un animal desagradable. Intentó recordar cómo se llamaban originalmente. Nada. Habían pasado ya dos años desde la última vez que se alimentó. Sabía el tiempo exacto gracias a un reloj  que siempre llevaba en el bolsillo derecho de aquel pantalón jean pálido. Era imposible ahora saber si era mañana, tarde o noche. El cielo totalmente verduzco con tonalidades rojas era el mismo a cada momento, un recuerdo más de aquella guerra.

No tenía idea cuánto tiempo más su cuerpo resistiría sin alimento. Había probado de todo, hasta sangre animal. Su última esperanza habían sido los bancos de sangre. Sin embargo, los hospitales fueron de los primeros blancos durante los bombardeos y, al estar cerca a estos, ambos sufrieron la misma suerte. Ahora, sin fluido eléctrico, dudaba que quedara algún depósito en condiciones. Su inmortalidad, toda una ventaja desde tiempos ancestrales, ahora le resultaba desagradable. Intentó suicidarse muchas veces, pero nada resultó. Incluso, aunque sin ninguna esperanza, se clavó una estaca en el corazón, ingresó a una iglesia y abrazó la cruz que en ella había, comió decenas de ajos, intentó decapitarse…sin ningún resultado. Al hacer esto último aprendió algo nuevo: Los huesos de su especie son indestructibles. Sin embargo, sí existía algo a lo que eran vulnerables. Sí existía algo que podía matarlos: Otro vampiro. Y lo aprendió de la peor forma posible.

***

Cuando la guerra empezó, ella y sus hermanos buscaron un lugar alejado donde esperar a que todo terminara. Se encontraron en el camino con otro grupo de ellos. Se reconocían de inmediato. Aquel brillo en los ojos, que era imperceptible por los humanos, los delataba ante los suyos. Esperaron pacientemente. Ya habían presenciado otras guerras antes. Pensaron que sería igual esta vez, que bastarían unas décadas para que la tormenta pasara y todo volviera a ser como antes. No tenían idea de lo equivocados que estaban. Su raza nunca presenció hecatombe semejante y no volvería a hacerlo. Fue una guerra corta, solo duró nueve días. Después del despliegue destructivo de los primeros días, el infierno ascendió a la superficie cuando miles de bombas atómicas de diversa índole empezaron a destruir el planeta. A los nueve días, ya no existían luchadores ni nada por lo que luchar. Al principio se dividieron en grupos, quienes buscaban supervivientes y se unían a ellos, haciéndoles  creer que eran humanos para luego poder alimentarse. Sin embargo, un grupo empezó a fomentar una idea que llevaría a la extinción a su propia raza: si hubiera menos vampiros, habría más alimento para el resto. Fue su propia guerra mundial, aunque duro muchísimo más que la humana. De todo aquel enfrentamiento solo quedó ella. Ya ni recordaba cuando había sido la última vez que conversó con alguien. Partió hace mucho de este lugar, siempre avanzó hacia delante, ahora que llegaba al mismo punto ya no le quedaba la menor duda: ya no existía un solo ser humano ni vampiro en este mundo estéril. Así que se acostó sobre los escombros, contempló los hermosos colores del cielo radioactivo y cerró los ojos esperando que la muerte se dignara a hacer, por última vez, su único trabajo.

***

La despertó un olor que creía extinto, algo se cocinaba, alguien cocinaba, alguien…se incorporó bruscamente y empezó a seguir el rastro, estaba cerca, lo sabía, cuando supo que solo un muro los separaba se detuvo, sigilosamente observó a su presa: era un humano adulto, cabello negro largo grasoso y amarrado con unos pasadores sucios, era delgado, muy delgado aunque la ropa andrajosa que vestía ocultaba con su decadencia la suya propia. Había hecho un poco de fuego y sobre el mismo se encontraba una lata de atún calentándose. Ella dejó de observarlo, a pesar del aspecto de aquél hombre, no sabía cómo explicarlo, se sentía tranquila. Salió lentamente y empezó a caminar hacia él. Cuando él la observó, se quedó perplejo unos segundos, parpadeó muchas veces temiendo que fuera una ilusión, un delirio más de su condición, se puso de pie y elevó los brazos en señal conciliadora. “Hola”, dijo con suavidad y de forma pausada, al no recibir respuesta añadió: “Do you speak english?” Ella intentó hacer un esbozo de sonrisa: “Hola”, respondió finalmente.

***

Él le contó todo lo que había pasado, que había nacido en un mundo ya devastado y no tenía idea de cómo era antes. Ella tenía muchas ganas de contárselo y lo hizo, pero ocultando su conocimiento en los libros que había leído. Juntos imaginaron un mundo lleno de personas, con un amanecer y un anochecer, con verde y celeste exaltando la vida, luego observaron alrededor y la fantasía se esfumó, se observaron mutuamente, él sonreía y ella pudo notar un brillo de esperanza en aquellos ojos negros, sabía lo que estaba pensando, creía que ella era una humana y que su extinción sería postergada. Debía mostrarle su aprecio apagando su esperanza. Se acercó a él y se sentó al lado de su cuerpo, apoyo la cabeza en su hombro, el giró el rostro y le acarició el cabello. Ella sentía como aumentaban sus palpitaciones, se sentía triste por perder a su única compañía, pero se conocía y sabía que mientras más tiempo pasara, más difícil sería todo. Se acercó a él y le dio un suave beso en los labios, luego dirigió sus dientes, ahora colmillos, a aquel cuello río de vida y lo mordió. Sintió el estremecimiento de los cuerpos. Uno por el placer, otro por la sorpresa y el dolor. Aunque solo lo pensó unos segundos, antes de sentir en su propio cuello como unos dientes desgarraban su carne. Ella entornó los ojos y lo observó, el negro de los ojos de aquel hombre había invadido toda su cuenca, él también la observaba, sonreía con esos dientes como rubíes. Entonces ella lo entendió. Los vampiros no eran los únicos seres inmortales que habitaban entre los humanos, existían otros que se alimentaban de su carne, ellos los consideraban salvajes y nunca había conocido a uno. Y ahora, allí se encontraban ambos, mientras ella recuperaba la carne faltante gracias a la sangre de aquel ser, este recuperaba la sangre perdida gracias a la carne de ella. Ambos sumidos en la eternidad.

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