Arañas veras Columnas 

Lágrimas de alumno

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El necio desprecia a todos por ignorancia de lo bueno y por elección de lo peor.
Baltasar Gracián

 

Lágrimas, agua de ojos, fuego de rabia. Pecado nuestro, alma que se nos escurre. Lá-gri-mas: la punta de la lengua quiere emprender una diatriba.

Leo y vuelvo a leer. Una profesora se ufana de hacer llorar a sus alumnos. ¿Cómo? ¿Para qué? En este caso en particular inicia su breve escrito pidiendo un consejo sobre plantas que sobrevivan en un cubículo sin sol. Tal vez como su corazón (salió la roma rima). Mujer aceptada en la comunidad académica y puede decirse que es privilegiada, pocos gozan de esta condición en todo le mundo. ¿Qué intelectual no lo es, un ser con privilegios? ¿Y esto mismo haría desear una “plantita” que la acompañe en ese espacio ganado, seguramente a fuerza de estudio, desvelos y escribir… como tantos otros? Sí.

Una constante en esta odisea de quienes se pegan a los libros con los ojos: algunos utilizan la cabeza para ganarse el pan con la sensación de soledad a cuestas, respirándoles en la nuca pero sin un besito. “Los inteligentes no estamos de moda” dice un amigo cubano que dejó dos carreras —bien acabadas, bien ejercidas— por cortarle el pelo a los actores de cine allá en su isla. Al amigo forjador de este dicho campechano le sobra seso, le queda algo de una soberbia tolerable. Quizá algunos como él hacen caso a la prudencia gracianesca (gracia-necia de Gracián)… “Siempre se ha de mostrar uno más sabio y prudente de lo que se requiere…” o “Todo lo recóndito veneran por misterio y lo celebran porque oyen celebrarlo.” “Ármese cada día de propósitos al espejo de su atención, y así vencerá los lances de la necedad.” Pero no se vence a la soledad (otro rimar). Decía mi abuela con inteligencia, gracia y prudencia (y sin rima) cuando había una tarea en la casa que no se llevaba a cabo: “Soledad no quiere hacerlo”. La soledad del que piensa es frecuencia.

Lo he visto, lo he escuchado, releo el mensaje de la académica investigadora y la veo ahí pendiente de un rincón donde puede darse la vida sin tanto sol, entre las sombras, como las reflexiones; verdes, serenas, intentando florecer en condiciones dificultosas pero no imposibles para crecer. Ahí una platita de sombra. Pero la vida no es ornato, no es para llenar vacíos, para espantar soledades. ¿O sí? Es el remate de lo escrito por ella lo que me sigue cayendo en la frente como la Gota china, la tortura milenaria que rompe la piel, el cráneo y por último, el cerebro: “Las regaré con lágrimas de estudiantes”. ¿A quiénes? ¿A las inocentes plantas que la acompañen en ese oscuro rellano de la escalada intelectual? ¿No es cruel? Qué culpa tendrían unas azaleas, unos helechos, unas petunias para alimentarse del resultado de una frustración de alguien que comienza o continúa en un posgrado, el alumnado. Y el punto que utiliza ella el final del mensaje electrónico lanzado al mar digital no es más que un emoticón con sonrisa, cejas bajas y que ha comenzado a lagrimear. ¿Se esperaría esto de una doctora, investigadora, tiempo completo? No el emoji, ese está bien empleado según los manuales de buenas maneras contemporáneos, me refiero a hacerse la graciosa después de una frase que a cualquiera lo pondría en guardia frente a ella. ¿O no? La experiencia entre miembros docentes a nivel universitario te aconseja que no tengas un asesor de tesis que no te defienda, que no te cobije, que no te arrope bajo su ala… si no díganselo a mi madre que tardó casi una década en alcanzar el grado de maestría, todo por el ánimo flojo de su “agresor de tesis” (decía otra querida conocida mía). Habrá quien festeje tener un descorazonado como Virgilio en el infiernillo (otra rima) de las intitulaciones institucionales. Habrá, seguro que los hay.

Creo que yo me he tragado lágrimas muy cerca de un cubículo, al término de una asesoría, después de un dictamen sobre tu trabajo (horas y horas nalga que parecen tiradas a la basura). ¿Qué sensación te queda luego de que te filtran con deshumana actitud, en un sitio donde se esperara mayor sensibilidad como una universidad? ¿Qué tipo de frustración se nos instala a los que hemos pasado por transes de esta naturaleza? Espero que no la misma que, orilla a una persona a describir una imagen tan desesperanzadora como la de alguien vertiendo lágrimas en tierra fértil desprovista del calor de la indulgencia y de la alta luz de una sana inteligencia (salió la rima arrimada en el cierre, total).

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2 thoughts on “Lágrimas de alumno

  1. Querido Rodrigo, hablas de los maestros o académicos nivel superior y, tristemente, coincido contigo. Pero, ¿Cuántos profesores hay, de todos los niveles que gozan con la sufridera de sus alumnos? No todos los estudiantes son flojos o fallan por lo mismo, los hay que en realidad les cuesta sangre y sudor el aprendizaje. Profesores abusivos los hay en cualquier lugar y nivel académico. Algunos maestros llevan sus frustraciones al colegio para, allí, dejarlas caer en sus alumnos. El tema da para mucho. En fin… Como siempre, mis felicitaciones por tu columna.

    Sinceramente,

    Mar

    1. Así es. Tanto que existan estas prácticas en todo nivel, como que da para hablar sobre otras cosas relacionadas como el acoso escolar, la presión familiar y social; así también de cómo se emplean las redes sociales para «hacerse el gracioso» a costillas de los demás sin pensar quiénes pueden leernos hoy y en el futuro.

      Gracias por tus bellas palabras, seguimiento y apoyo.

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