Las confesiones del títere

Sólo una marioneta soy,
pues manejas hábilmente
las urdimbres de mis hilos.
Y sólo complacerte sé,
con una congelada sonrisa
ante las briznas de oro
que destella tu gracia,
Tu eterno olor a confitura
y a esencia de bergamota…
Son inusuales tus palabras,
rosas bellas, rosas áureas.
Desde el azorado corazón,
mutismo e introspección,
en busca de lo perenne.
Tras un aire indiferente
andas con un tierno
y melancólico afecto,
ondula tu falda
a merced del viento,
reflejándose en magníficas
soperas argentas,
seda sagrada, opulento nácar.
Y con tanto garbo
que quisieran las baldosas
escapar de su prisión lechosa,
y cosecharte laureles
en un cielo inmenso,
poblado por lámparas arácnidas
de bohemio cristal.
Oh, preciosa estirpe celtibera
y cuna de madera romana!
Cortesías voluptuosas
desde mi sonrisa pétrea…
Pero, quién se resiste al deseo?
Quédate conmigo,
el mundo fuera
es agitado y peligroso,
mortuorio laberinto
de desconocidas tierras,
y demos la última función
dónde no puedan perseguirnos
en nuestras elucubraciones
y en nuestros silencios,
al fin y al cabo, sólo somos
dos atribulados corazones.

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