Las fotos muertas

— Cómo nos cuesta— dijo la fotografía número 1.

— ¿Qué cosa?— se interesó súbitamente la número 2 que, hasta ese momento, había permanecido absolutamente callada.

El cuarto era pequeño y acogedor. Un amplio ventanal se observaba a la derecha y exhibía esa prolífica vista del parque. Era un gran parque de árboles majestuosos que invadían de verde todo ese paisaje taciturno. Caía la tarde, ya casi era de noche. La luna llena resplandecía, tibia y blanquecina, esperando la negrura total del cielo. Pero las dos fotos que descansaban día y noche, acomodadas casi fortuitamente en el penúltimo estante de esa esbelta biblioteca de algarrobo antiguo, no querían que la oscuridad abominable las alcanzara. No todavía. Y por eso se animaron a hablar. En realidad fue la foto número 1 la que se armó de coraje y habló; tal vez dejó escapar alguna reflexión profusa e inconexa que venía guardando desde hacía tiempo, porque habitualmente los tópicos de conversación alternaban entre el estado del clima —que se podía advertir muy asequiblemente desde su ubicación— o el tipo de música que solía escucharse de fondo, que a veces podía llegar a ser muy cambiante.

La persona que vivía en esa esplendorosa casa era un viejo adinerado, delgado y solitario, que adoraba pasar música en su Vitrola Classic y ponerse a bailar en el cuartito de las fotografías. Había cientos de fotos en esos estantes. La imagen del viejo bailando por las tardes podía llegar a ser desagradable y tétrica, casi siniestra. Pero el tipo lo hacía prácticamente todos los días, religiosamente, luego de tomar el té y escribir una, dos, tres páginas como mucho de su diario personal. Al viejo le gustaba escribir, pero no se daba cuenta de que poco a poco iba perdiendo el hábito y escribía menos, pues sus energías estaban cada vez más extenuadas y gastadas. Pero nunca dejaba de bailar. Eso sí que era constante. Y para ofrecer esas danzas inconclusas e indescifrables, verdaderamente indescriptibles, el hombre se encaminaba hacia ese cuarto de paredes tapizadas color bordó —un bordó profundo, intenso— y entonces liberaba su cuerpo insondable, transmutando de repente su contextura física en una pluma que se dejaba llevar por la brisa cálida de verano. La transformación era inmediata. El viejo achacoso renacía. Qué increíble. Y siempre que bailaba, invariablemente siempre, lo hacía mirando fijo la foto de la otra biblioteca de algarrobo. La de enfrente, que era brevemente más alta, y de madera más ajada y empolvada. Ahí yacía esa fotografía, que era un retrato de una mujer de tez relumbrante y ojos de plata. El viejo le bailaba, entonces, con su figura vívida pero inestable y casi nunca contenía el llanto.

— Entender el amor… —continuó entonces la fotografía número 1, cómoda desde su estante. La fotografía 2 estaba casi al lado de ella, hacia su derecha, alineada a 45 grados de la primera. Su lámina de vidrio protectora tenía dibujados senderos de polvo — Yo no lo entiendo.

— Te referís a ella vos, ¿no? A ella…

— A ella, sí. Siempre, siempre es ella — gruñó la foto 1.

— ¿Qué te pasa? ¿Te ponés celoso?

— Na… tampoco es para tanto… pero, la verdad… siempre es ella. Siempre entra y la mira a ella. Se tira esos bailes esotéricos y la mira a ella, nada más que a ella.

— No siempre baila eh, ojo, no siempre baila — inquirió la fotografía número 2— yo lo he visto quedarse parado, permanecer ahí, estático, inmóvil, durante más de dos horas.

— Na, imposible — decretó la fotografía número 1.

— Te lo juro. Te lo firmo. Te lo puedo jurar, en serio.

— No te creo…

Se generó una pausa inquietante, se escuchaban sonidos de fondo. Tal vez era el viejo que desde la cocina, se estaba preparando el té de la jornada. Tomaba un té en hebras que inundaba la casona de un aroma vainilloso y penetrante.

— Mi contenido es más puro —dictaminó la foto 1, segura de sí misma.

— Pero no se trata del contenido… es distinto, el tipo la ama. Esa mujer es el amor de su vida.

— Esa mujer está más muerta que nosotros.

— ¡Qué violento!

— ¿Violento? ¿Por qué? Es la verdad… esa foto se ve como una placa autocroma del 1900, yo soy una foto en serio.

— Es la forma en la que esos ojos lo miran… Los ojos de ella. Yo ahora no los percibo, no me siento observado, y eso que estamos en frente. Pero cuando esos ojos lo miran al viejo bailar…

— Esos ojos están muertos —volvió a interrumpir, notoriamente molesta, la foto número 1.

— Sos un pelotudo.

— ¿Por qué?

— Porque sos un pelotudo. En serio.

— Además, pelotuda, querrás decir…

— Ah… disculpame, me confundo… no es fácil distinguir tu sexo —se disculpó la 2.

— En realidad no lo sé. Soy una foto, no tengo un sexo definido. Pero decidí que la gatita que se observa dentro de este marquito de madera ajada y vieja es hembra.

— Ajá… claro, yo por eso te trataba en masculino… pensé que eras un gato… macho…

— ¿Y vos?

— ¿Y yo qué?

— ¿Y vos, qué sos? ¿masculino o femenino?

Una nueva pausa tensionante se hizo presente. Silencio atroz, inflexible. La foto 2 no se atrevía a contestar.

— Che… pedazo de debate interno me acabás de sembrar… —contestó finalmente la 2 — No sé… no sé qué soy…

— Debate existencialista.

— ¡Eso! No sé cuál es mi sexo.

— No sé qué sos… realmente…

— ¿Cómo? ¿Qu-qué dijiste?

— Que… ahora que lo pienso… no sé qué sos… ¿qué sos? ¿Cuál es tu contenido? ¿Cuál es tu imagen, tu recuerdo? No distingo un gato, ni un perro, ni un familiar, ni.. ni una casa, ni una cara, ni… sos una mancha, una mancha negra, oscura, desteñida… ¡¿Qué sos?! ¡Algo tenés que ser! ¡Algo tenés que estar condenando a la perdurabilidad eterna!

Una última y dolorosa pausa. De fondo, el viejo ya había puesto un disco de Louis Andriessen y seguro ya había empezado a bailar.

— La verdad.. la verdad que no tengo ni la más pálida idea.

— No lo puedo creer… no puedo creer que no sepas qué o quién sos…

— Ni siquiera sé si soy masculino o femenino, menos voy a saber qué soy… supongo que sigo esperando que él me mire alguna vez, para que se acuerde y, no sé, tal vez, en una de esas, me termino acordando yo.

— Ojalá… — dijo la foto número 1.

— Ojalá — remarcó la foto número 2.

De fondo, ya se alcanzaban a oír los alocados pasos del viejo, que ya se había puesto a bailar y se acercaba al cuarto a regalarle esos movimientos eternos a su amada, ofreciéndole esa mirada tan pura, tan rebosante, tan verdadera. Esa noche la luna brilló más fuerte que nunca.

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