Las muñecas de Pizarnik

¿No es suficiente con que el mundo esté lleno de feos seres humanos?
¿Para qué, además, hacer copias suyas?
Jemima y el lobo, Leonora Carrington

Probablemente mantengo el recuerdo de una sola muñeca, tuve varias, pero una fungió como hija y como intermediaria entre los demás y yo. De tela, de plástico y de papel fueron las que conocí; por supuesto, hubo desde las más reales —y por ello las más atemorizantes—, hasta las más volátiles de papel, a las que podías poner con dobleces su ropita. Desde las clásicas, hasta las más modernas, íconos de la supuesta belleza hegemónica…

También fueron conocidas por mí a través de historias y canciones (Gepetto, La muñeca fea), pero con el paso del tiempo se fueron convirtiendo en imágenes más oscuras y lúgubres. Fue como descubrir los b-sides de esos objetos-juguetes que acompañan a todo ser humano en algún punto de su vida. Juguemos a nombrar algunas: Anabelle, la muñeca diabólica; la Historia de Mariquita de Guadalupe Dueñas; la madre momificada de Norman Bates; las muñecas de Hans Bellmer, por nombrar algunas.

Las muñecas surrealistas de Bellmer hunden sus raíces en la deformación y fragmentación. Su primera obra, Muñeca, fue creada en medio de la guerra; de tamaño casi real, desnuda, pero con cuatro piernas y múltiples articulaciones, se convirtió en el estandarte de que las partes del cuerpo se pueden separar o multiplicar. Objetos perturbadores en donde se depositaban las miradas, curiosamente en su muñeca los ojos aparecen escondidos, sustituidos por una canica o una especie de pezón.

A Bellmer, dejémoslo en el tintero por lo pronto. Juguemos con las creaciones, con las muñecas de una mujer: Alejandra Pizarnik. ¿Cuál es su favorita? No es fácil, pues Pizarnik ha estado rodeada de corporalidades misteriosas. A lo largo de su obra se hace mención de la figura de la muñeca, donde queda evidenciada la otredad y sobre todo lo siniestro de la figura del doble. Constantemente hace alusiones a las ejecuciones de esas muñecas, pero también habla de la locura… donde la disociación y la duplicidad del yo, le permiten un diálogo entre lo consciente y lo inconsciente. Más bien un diálogo entre la parte psicótica y no psicótica de toda personalidad (Bion, 1957).

Al menos tengo en mente dos de sus obras donde podemos rastrear a esas muñecas-dobles: A tiempo y no (1968) y La condesa sangrienta (1966). Un elemento central en estas muñecas, especie de ventrílocuos que sentadas en las rodillas de Pizarnik hablan, es el polo pasivo-activo. Esto lo podemos ver en La condesa sangrienta, donde nos narra las vejaciones que Erzébet Báthory ejerce en mujeres a las que tortura, mutila y mata. Por ejemplo, llama la atención la aparición de “la virgen de hierro”, una especie de autómata, que era igual de hermosa que sus víctimas y que al accionar ciertas joyas parpadeaba, sonreía e incluso las abrazaba, y en el segundo siguiente les encajaba espadas en el pecho. Esta virgen de hierro despliega la idea del doble, fenómeno relacionado con lo siniestro. Al respecto Freud propone: “observamos la aparición de otro yo, que nos es de sobra conocido y, sin embargo, genera una sensación siniestra, de extrañamiento” (1919, p. 237). Se trata de la transformación de lo familiar (hemlich), en lo opuesto, en algo extraño y destructivo. El desdoblamiento del yo hace alusión a la escisión, que nos obliga a hablar del cuerpo: Erzébet separada de su propio cuerpo doliente; así, es el cuerpo de sus víctimas quienes sufren de los ataques y las transgresiones. De acuerdo con Kristeva:

El doble nos lleva a descubrir nuestra perturbadora alteridad, porque es ella la que hace irrupción ante “ese demonio”, a esa amenaza, a esa inquietud que engendra la inquietud proyectiva del otro en el seno de lo que persistimos  en mantener como un “nosotros” sólido y propio… (Kristeva, 1991:192)

Por otro lado, en A tiempo y no (1968), Pizarnik nos presenta el encuentro de la muerte con una suerte de personajes: la reina loca, la niña y su muñeca. Esta aparentemente no hace más que abrir y cerrar los ojos en determinados momentos de la historia, relato donde convergen la realidad de una niña curiosa sobre la historia de la reina, y donde también donde se hace presente la muerte que aguarda. La muerte se manifiesta no solo como aquella figura grosera con guadaña, sino también en el aburrimiento y vacío de la reina. Al final, en el crepúsculo toman juntos el té, la vitalidad no está sólo en la niña sino también en su muñeca que aún no aprende a hablar sin faltas de ortografía. Tal vez, es la historia del halo melancólico que siempre rodeó a Pizarnik, es la historia de una niña pequeña que le pregunta por su historia a una mujer. La niña busca el brillo en los ojos de la reina, pero no encuentra más que opacidad, y por lo tanto, la imposibilidad de saberse objeto deseado, como si ser deseada se encontrara al alcance de la mujer y no de la niña; es decir, de un igual que devuelve conscientemente la mirada a quien le observa. Es una historia de la mujer que da la vida (la niña a su muñeca), de la reina que ya ha vivido y transgredido, y la historia de la mujer que corta el hilo (la muerte). ¿Será que en las muñecas vemos el papel del doble vinculado a fallas en relaciones tempranas, quedando como un duelo imposible que nos arroja a la repetición? El eterno intento de verse reflejada en el brillo de los ojos de las muñecas, la búsqueda constante de vestigios de vida psíquica en ellas. La búsqueda de una madre arcaica que acompañe y ayude a tramitar la sensación de desamparo.

Es decir, a través de la figura de las muñecas, Alejandra urde tramas entre lo animado y lo inanimado, entre lo pasivo-activo, entre aspectos escindidos de ella misma: los diversos yoes a los que les correspondían diferentes voces. No es el caso de los heterónimos de Pessoa o Gutiérrez Nájera, sino más bien, una especie de alter ego con quien puede entablar una escena necesaria para su subjetividad. Por ejemplo, en la obra de teatro Los perturbados entre Lilas (1969), cuando Segismunda ve a su muñeca, se queja de que no tiene sexo, a lo que Car le responde: “La muñeca no está terminada, pero esa medalla de la guerra de Alsacia y Lorena, y esos flecos dorados y esa ramita bordada indican que empieza a despuntarle un sexo que ni la Bella Otero” (2014, p. 181). La subjetividad de una muñeca, el cuerpo inacabado de la otra, la muñeca. El mismo caso es en La muerte y la niña (1965), historia donde simplemente no hay vino, en lugar de eso hay orfandad. Aquí hablaríamos de la falta de interioridad que se asume en una muñeca, como en El infierno musical (1971), donde dice: “las muñecas desventradas por mis antiguas manos de muñeca, la desilusión al encontrar pura estopa”. Aquí, uno de los sentidos de la nada, pareciera ser la angustia ante lo femenino, ante la soledad frente a lo femenino. Hay una representación abyecta de la feminidad, que va a erigirse a través de imágenes monstruosas relacionadas con la menstruación, el vaciamiento o la vida intrauterina, sugiriendo cualidades viscosas entre otras. Las muñecas desventradas son esa angustia que arrastró en sus párpados Pizarnik.

Eliade nos dice que “un objeto se hace sagrado en cuanto incorpora (es decir revela) otra cosa que no es él mismo” (1998, p. 37). A Pizarnik le faltó tener ojos para otra muñeca, para Flora, que era su primer nombre. Sin embargo, nos dejó una escritura inigualable donde resalta la infancia, la mirada, el doble. La muñeca es un intento de reencontrarse con otra mirada, una mirada primigenia (con la otra), también con la mirada de antaño, anterior a los miedos adultos.

A los 36 años, y en medio de una tormenta afectiva, decide sacar la estopa de la muñeca para retacarse de otra cosa, y se suicida con pastillas de seconal. Así murió, entre barbitúricos y rodeada de sus muñecas. Las muñecas en esencia, son más que aquel juguete que se les impone a las niñas como símbolo de feminidad. Abren un universo a la continuidad-discontinuidad.


Referencias Bibliográficas:

  • Bion, W. (1957) “Diferenciación de las personalidades psicóticas y no psicóticas”, en Volviendo a pensar. Buenos Aires: Editorial Hormé.
  • Eliade, M. (1998) Tratado de historia de las religiones. España: Editorial Era.
  • Freud, S. (1919) Obras completas. Buenos Aires: Amorrortu.
  • Kristeva, J. (1991) Extraños para nosotros mismos, Barcelona: Plaza y Janes.
  • Pizarnik, A. (2002) Prosa completa. Barcelona: Lumen.

 

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2 comentarios sobre “Las muñecas de Pizarnik

  1. Fantástica columna, me hizo recordar cómo la inquietante figura de la muñeca cruza en especial a las mueres fibras y emociones simbolicas. Son objetos en apariencia inofensiva, pe,o que sus portadoras o dueñas le confieren poderes. Asi en el antiguo Japón se elaboraban muñecas para proteger a las niñas del mal. También la tradición del Nagashi-bina en el cual se ponía la mala suerte en la espalda de unamuñeca de papel y se le dejaba flotar en el río con la intención que se alajará de su pequeña dueña. Por otra parte la obra de Pizarnik es inspiradora, pienso que su prematura vida la ha elevado a ser una autora de culto. Enhorabuena estimada Liliana.

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