Las piedras que habitamos

Llevamos siglos teniendo trazos urbanos que están adaptados a decisiones que van más de la mano de políticas económicas o de proyectos gubernamentales asidos a la continuidad de una figura que de políticas públicas…

Supongamos que las ciudades son lugares. Me refiero a esa denominación de lugar como un sitio físico y no a lo que realmente son: espacios que establecen, desde la construcción de un estado mental colectivo, cúmulos de relaciones intersubjetivas, mediadas por necesidades básicas, secundarias y terciarias. Y en ese supuesto, pensemos que existe una mirada netamente visual, en la cual no hay más que aquello que es tangible a los sentidos primarios. Ese es el problema del urbanismo.

Cuando eso que solemos llamar civilización decidió asentarse en terrenos fértiles y cercanos al agua, empezamos a desarrollar un sentido de funcionalidad hacia aquello que nos rodeaba; en otras palabras, descubrimos que éramos capaces de intervenir en los lugares para hacerlos cómodos. Sin embargo, con el paso del tiempo esa idea de comodidad se nutrió con otros aspectos que íbamos desarrollando, como el gusto estético y las adaptaciones a modelos económicos, las cuales influenciaron en el crecimiento de problemas como la movilidad y la carencia de recursos de todo tipo. Ante esto, el urbanismo se puso a la tarea de solucionar todos los conflictos que pudieran surgir por medio de la planeación y el diseño de las calles que iban a ser habitadas. Pero uno se preguntaría si las calles son realmente habitables.

Llevamos siglos teniendo trazos urbanos que están adaptados a decisiones que van más de la mano de políticas económicas o de proyectos gubernamentales asidos a la continuidad de una figura que de políticas públicas, y por lo tanto, muchas veces contrarias a aquello que podríamos llamar habitable, incluso pese a que es común que los urbanistas encargados traten de justificar las enormes diferencias que predominan entre los distintos sitios que conforman una ciudad, y es que no la ven como espacio, sino como lugar.

Pero este conflicto no es nada actual. Ya a mediados del siglo XIX John Ruskin, en su ensayo Las piedras de Venecia, hace anotaciones sobre cómo es que las decisiones urbanísticas conformadoras de un arquetipo de ciudad devienen en paradigmas discriminatorios que reproducimos de forma naturalmente artificial, un oxímoron que subyace a la transformación del espacio en lugar, subsistiendo hasta nuestros días aunque no se quiera aceptar. Esto conlleva a que las ciudades sean zonificadas y cada zona sea diferenciada por su uso más que su función, es decir, más por los intereses físicos que por la experiencia para el que la habita de a pie cada día. 

Sin embargo, también Ruskin da una pauta a seguir que muy poco tenemos en cuenta hoy en día. Pese a que el urbanismo se maneje soterradamente desde la idea del uso y finja argumentarse como un diseño benéfico para el habitante, pese a que analizándolo nos demos cuenta que no es así, lo cierto es que de una u otra manera cada ciudad no es solamente un conjunto de piedras, acero y otros tantos materiales que se han usado para elaborar su paisaje, sino que la ciudad es la mirada que podemos otorgarle al espacio que habitamos, lo cual rompe a su vez con el supuesto de lo netamente visual.

Es precisamente la experiencia con la ciudad la que la construye, haciéndola una metonimia tanto de sus habitantes como de las reflexiones que cualquiera puede hallar en el entramado físico del lugar para llevarla a ser espacio, para lo cual no se necesita grandilocuencia ni especialización, basta con recorrerla desde el propio fin que uno tiene en el día a día; ya sea ir al trabajo, asistir a la escuela o simplemente salir a la tienda, cada actividad nos conduce a crear una relación con ella y verter esa experiencia en otras formas, desde una canción de Chava Flores hasta libro de David Byrne, o mejor aún, un comentario sobre ella que tengamos en alguna conversación con el vecino.

El urbanismo tiene el reto de llegar a entender que su fin real es hacer habitable una ciudad, pero aunque el urbanismo falle, nosotros, los que la habitamos, logramos hacerla día a día, paso a paso.     


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2 comentarios sobre “Las piedras que habitamos

  1. Hola José Luis, coincido con la idea que las ciudades han perdido el cordón umblical que une a las personas, es curioso que andamos por la calles sin vernos, incluso en el propio barrio, nos sentimos ajenos o desconocemos a nuestros vecinos. A veces no importa que la ciudad esté mal trazada, con banquetas desastradas, avenidas caóticas, lo que nos aleja es la carencia de amar el lugar donde vivimos y con quién lo compartimos. En fin, ya te estaré siguiendo, en estas piedras que habitamos.

    1. Gracias, tienes razón, y es que es fatal la forma en que las ciudades se encuentran emplazadas hoy en día. Un abrazo.

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