Letras insomnes para una mujer dormida

Debí haberle dedicado mis escritos a ella desde hace tiempo, me hubiese ahorrado tantos poemas sin destinatario. Las palabras para nadie siempre son para alguien, solo que no sabemos para quién. Yo no sabía que eran para ella, de hecho, sigo sin saberlo; y a pesar de eso, cuando decidí que fuese el sustantivo de mis oraciones errantes, fue como si tuviese tiempo esperando estar ahí, como si de alguna manera extraña encajara con cada una de mis letras perdidas.

Aún no descubro qué tiene de especial. Algo debe tener porque la escogí como quien escoge un libro en una biblioteca de tres pisos. ¿Cuándo escogemos un libro lo hacemos por la portada? ¿Por la sinopsis? ¿Por el autor? ¿Por recomendación? Yo lo hago por todo junto, pero ella… Creo que ni siquiera sé si es un cuento o una novela.

Tal vez fue su voz, el sonido de su voz, agudo como el traste doce de una guitarra ¿Desde cuándo me gustan los sonidos agudos? Pudo ser otra cosa, una sonrisa, su sonrisa, parece de esas que te quitan el frío en un día de invierno, aunque soy más de calentarme fumando, es difícil no prestarle atención a sus ojos que se cierran cuando se ríe y no sé si los prefiero así, cerrados y dándole el protagonismo a la sonrisa o abiertos y brillantes como esas obsidianas que te dan suerte ¿Desde cuándo soy supersticioso? Y es que me resulta difícil no creer en la suerte cuando me doy cuenta de que el viento siempre sopla hacia donde voy, y de momentos me creo un velero, ajustando mis velas para ir a donde la brújula señale la diversión y otras veces creo que soy una hoja que se cayó de un árbol y quedó a merced del aire. Sea como sea, siempre termino en lugares inesperados y me llevo sorpresas y encuentro una musa, que sin saber por qué, es musa, y me hace escribir sobre su forma de andar, lenta, para mí que siempre acelero a fondo; pero tengo ganas de pisar el freno o al menos de no seguir arrollando perros sin dueño y dándome a la fuga con la carrocería rota.

Y es que escribir sobre ella me hace escribir sobre mí, como si mis textos no pudiesen concebir la existencia de un yo sin un ella. Me da dolor de estómago que mis palabras lleven dedicatoria. Alguna vez llevaron y sabía que en algún momento volverían a llevar. Nos decimos a nosotros mismos que estamos en la búsqueda eterna de una persona a quien escribirle cartas y cuando aparece alguien, nos da por recordar que ya nadie escribe cartas, y sabemos, en el fondo, que todos nos morimos porque alguna mañana encontremos una en el buzón.

Es posible que ella nunca encuentre un sobre con mi nombre debajo de su puerta, a lo mejor si un día revisa mis cajones los encuentre. Y es que cuando me descuido fantaseo con la idea de verla sentada en mi cama, no acostada, ni desnuda, sentada, con ropa y con la mirada recorriendo mis libros y mis ceniceros. No sé por qué mi fantasía es así, a lo mejor si dejo volar la imaginación me daría por ir al correo y dar su dirección, a lo mejor no quiero que no haya vuelta atrás, puede ser que volar como un avión de papel me de vértigo, puede ser que me gusten los arañazos en la espalda que me hace la clandestinidad.

Decidí que fuese ella la mujer que aparece en mis sueños insomnes, a las tres de la madrugada, cuando solo la luz de la pantalla me ilumina la cara y las estrellas hacen fiesta antes de que se les acabe el permiso de andar sueltas. Y cuando las veo celebrar en el cielo, bailo con ella, a veces por horas, al ritmo de las canciones que le escribí sin ni siquiera saber quién las iba a cantar, sin saber que era una composición para dos voces, para dos cuerpos en sincronía, tan lejos como una estrella de la otra, tan cerca como las vemos en el cielo, que caben las dos en un mismo cuadro, como una foto que sacas en la calle, cuando dos personas que van caminando por el mismo sitio aparecen sin querer en la imagen, atrapadas ahí en ese bucle de realidad, compartiendo algo que ni siquiera saben que comparten, tan unidos, tan juntos, pero siguen siempre sus caminos y se siguen encontrando, pero nunca se enteran de que comparten ese pedazo de la nada, del todo, del algo. Al menos creo que ella no se entera. Son mis palabras como un grafiti en la ciudad, para ella, para todos, para nadie, para mí; son nuestras, son de ella, las firmo, las dedico, con la tinta invisible del corazón asustado, que late a mil por hora y retumba por sobre la música que cantamos y bailamos hasta que aparece el sol.

Y cuando termino de escribir tengo mas por qués que porques flotando a mi alrededor. Y aunque puede ser que sepa las respuestas, no tengo ni idea de cuales son las preguntas. Y aunque puede ser que me pregunte dos mil cosas, después del signo de interrogación sigo encontrando la insinuación de su nombre, una intuición borrosa reflejada en el techo.

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