Limbo

Santiago se sentía abrumado, nunca se imaginó que su percepción de la realidad pudiera cambiar de manera tan abrupta en tan poco tiempo. Ahora mismo no se reconocía a sí mismo, tampoco reconocía a sus hermanos o a sus amigos, incluso Mariana parecía alguien diferente. Esa tarde cuando miraba al oeste, en el cielo borroso había visto algo, más allá de entre las nubes. Nunca se imaginó que la vida como la conocía, estaba por acabarse. Ahora, cuando lo piensa a la distancia, ser arrepiente de no haber disfrutado más esa claridad que tenían los días, esa coherencia que tenían sus pensamientos.   

Ernesto les había comentado que él también lo había visto, mientras observaba Aldebarán, una luz pálida había captado su atención, pero aseguraba que llevaba ya varios días en el firmamento, y que no parecía verse más brillante, tal vez solo estaba de paso, algún cometa.

Después, tan de repente, sin previo aviso, vino la cacería humana, tener que salir así, a la persecución del señor Rodrigo, un comerciante de ganado que vivía a las afueras del pueblo. Había enloquecido una noche de luna llena, había asesinado a su familia, y había intentado hacer lo mismo con sus vecinos. Esa noche de persecución fue extraña, la bruma y la atmósfera estaban raras, demasiados grises en el aire, como si hubiera un incendio, pero no lo había. El bosque estaba callado, en silencio, eso también era muy extraño.

La partida encontró al señor Rodrigo cuando intentaba saltar  un desfiladero que está en la falda de la montaña. Sus ojos estaban inyectados de sangre, el primer disparo –Ramón le acertó en la pierna- pareció tranquilizarlo de alguna manera ilógica. Sus ojos volvieron a ser los mismos que Santiago miraba cada vez que le compraba los cerdos. Les dijo con la complicidad de quien ha pasado incontables tardes bebiendo mezcal y compartiendo historias de sus mujeres, que él no había podido hacer lo que dicen que hizo, que  no era él, que no podía ser él, y sin embargo, su ropa estaba atascada en sangre, sangre de sus niñas.

Nunca se preguntaron por qué tardo tanto en morir, por qué 19 tiros no fueron suficientes, por qué tuvieron que estrangularlo y deshacerle la cabeza a hachazos para poder lograr que ese cuerpo destrozado, dejara de moverse de una vez por todas. Y tampoco se preguntaron por qué su carne estaba podrida, llena de gusanos. Y por supuesto, que nunca comentaron, ni siquiera entre ellos el terrible secreto que a continuación sucedió. El parte de esa noche fue que el señor Rodrigo había logrado cruzar el acantilado y había huido rumbo a Durango. Nadie les creyó, pero tampoco nadie preguntó nada. Era como si un extraño sopor de apatía los dominara a todos.

Habían pasado tan solo dos días y Santiago estaba seguro que otros estaban en el bosque. Carlos, Ramón y Octavio se habían perdido también en él. Y las contadas ocasiones que se había adentrado en la penumbra de los árboles, Santiago había creído ver lo que parecían ojos, que furtivamente se escondían en la espesura de los matorrales, manos, que elaboraban trampas con estacas, con acero, se movían en parejas y no emitían ruido alguno. Ernesto, mantenía comunicación pero recibía a tiros a cualquiera que pusiera un píe a 100 metros de su casa. Mariana estaba como aterrorizada, lo trataba con el máximo cuidado y evitaba pasar el menor tiempo con él, siempre tenía una excusa.

 “He estado observando la constelación de Tauro con detenimiento Santiago”, Le decía Ernesto por teléfono. Tal vez no te has dado cuenta, pero ahora eso es lo que más importa, lo demás, es lo de siempre, nuestra historia Santiago, nuestro dolor y nuestro espanto, es el mismo de todos los hombres. Todo está repitiéndose, otra vez.

Y sin embargo, la vida seguía siendo la misma, pero enrarecida. Santiago se sorprendió de la facilidad con que las personas nos acostumbramos al horror, a o extraño, de la normalidad con que seguían actuando las personas que todavía quedaban en el pueblo, de cómo seguían visitando la iglesia, el mercado, pero ahora todo era como más gris, sin color.

Santiago decidió hacer algo radical  antes que la penumbra que se apoderaba lentamente del pueblo lo inhabilitará a él también. Cuando tocó la puerta de Abraham le sorprendió ver las macetas de Andrea por el suelo, rotas. Abraham tardó en responder.
 ¿Qué quieres?-  Le escupió a través de la rendija de la puerta.
-¿Dónde está Andrea?, ¿Qué hiciste con los gemelos? Le preguntó Santiago.
-Siempre preguntando cosas para las que ya tienes una respuesta- Le contestó Abraham sardónicamente.

Santiago no recordaba lo que sucedió esa noche en el acantilado, después de esconder entre las rocas el mutilado cuerpo del señor Rodrigo. Solo sabía que se había emborrachado hasta amanecer dos días después en un estado lamentable.
-Abraham por favor- Le suplicó.

El cañón de una escopeta de caza asomó por la rendija.
-Lárgate de una vez, maldito seas, hipócrita hijo de puta, lárgate antes de que te vuele la puta cabeza.-

Pero Santiago no se dejó amedrentar, fingió que se retiraba, y en ese momento de una patada aplastó la puerta contra la cara de Abraham, éste cayó desmayado en el piso. Santiago recogió la escopeta y corrió hacia la planta superior de la casa de madera. Encontró a los gemelos amarrados a sus camas, parecían dormidos. También encontró a Andrea, muy maltratada. No intentó soltarla, algo no estaba bien con sus ojos, la manera en que lo miraba le aterró. Al salir, solo escuchó un susurro, era Abraham que desde el piso estaba recuperándose.
-¿Te acuerdas de lo que decía el viejo Eduardo?, ¿te acuerdas? Le decía Abraham mientras se levantaba lentamente. Que antes había aquí un pueblo mestizo, que había desaparecido, una plaga había exterminado a todos los colonos, ellos llegaron después, cuando él era un niño, allá por 1900s. También decía que su nieto Aldo, había investigado esa historia mientras estudiaba la universidad allá en México, que le había dicho que antes del pueblo mestizo éste había sido un asentamiento indio, y que cuando los colonos juaristas habían llegado al valle, tampoco habían encontrado nada, solo restos de personas mutiladas, siempre se creyó que los habían asesinado los colonos para quedarse con sus tierras, u otros salvajes, qué sé yo, otra tribu. ¿Te das cuenta Santiago?, ¿te das cuenta?

Santiago recorrió en su motocicleta  las calles desiertas del pueblo, le pareció ver a Alicia en una esquina, arrastraba algo, un cuerpo tal vez. No se detuvo a averiguar, siguió hasta llegar a la oficina de la policía municipal. Alguien se le había adelantado, se habían llevado todas las armas y las municiones. Escuchó un motor que arrancaba, corrió, en la parte trasera la camioneta –que reconoció al instante, era la de Ernesto- se marchaba zigzagueando por el camino que va hacia la montaña.

Pero Santiago había vivido toda su vida en el pueblo, conocía cada recoveco como la palma de su mano, así que manejó por la vereda y se metió entre los matorrales, siguió de frente y dio la vuelta para aparecer exactamente por donde en unos 30 segundos pasaría la camioneta. Sabía perfectamente que Ernesto no se detendría, -si es que era Ernesto el que manejaba-, así que se la jugó, cuando la camioneta apareció, brincó desde el borde más alto del camino y cayó directamente en la caja de la camioneta. Antes de que Ernesto pudiera hacer nada, Santiago se introdujo por la ventana trasera y le apuntó con la escopeta.

Ernesto seguía conduciendo, serio.
-Me vas a explicar qué chingados está pasando- Le dijo Santiago.
-Yo no los maté. Le contestó Ernesto. Ya estaban así cuando llegué.
 -¿A quién? Gritó Santiago. ¿De qué putas hablas?
-¿No los viste?, contestó Ernesto. A los municipales.
-No había nadie- Dijo Santiago.

Ernesto se quedó serio, sacó una botella de aguardiente y le dio un trago, luego se la paso a Santiago.
-No confío en ti, pero ya nada de eso importa, los demás están muertos o andan por ahí, ¡maldita sea!, ya no sé ni siquiera si son ellos, si tú y yo somos quienes creemos que somos.

Santiago tomó largamente de la botella, luego se calmó un poco.
-Ernesto. Le dijo. Sé que nunca hemos sido los mejores amigos, pero te lo suplico, dime qué diablos está pasando.
-Son las estrellas hermano, las estrellas negras, están aquí, alrededor de nosotros.

Santiago descargó un tiro fuera de la camioneta mientras gritaba:
-¡Puto loco, dime algo que pueda entender! 

Ernesto lo miro fijamente mientras seguía conduciendo, comenzó a llover, una espesa bruma lo cubría todo.
-Te mostraré cuando lleguemos.

Pero nunca llegaron, pues una neblina pesada y oscura los envolvió, haciendo desaparecer sus almas, sus existencias, haciendo desaparecer el camino y la montaña misma, se había cumplido el plazo nuevamente, pero ahora la niebla se desparramaba por el monte, y muy pronto alcanzaría a las ciudades, a los puertos. La oscuridad lo cubriría todo.

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