Llueve sobre Joaco

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Río, y río apenándome avergonzado cuando me encuentro la parodia de Joaquín Sabina. ¿De quién hablo, a qué me refiero? Hablo de Juaco del Garzo encarnado en el humorista argentino Peter Capusotto. No río cómplice de Sabina, no de mi Sabina sobre el que monté la frase: “yo no soy cristiano, sino sabiniano”. Al padre de mi educación sentimental, al sacerdote de los años de misterio amoroso, al obispo de mis anhelos sexuales, no lo quiero tocar directamente. Joaquín inmaculado. Mejor lo trato de refilón después de reír con Joaco.

Un poco de historia personal

Papá me faltó en su papel de hombro en el cual acrisolar mis hombrías, resentí ese faltante cotidiano con el que pensé podría limpiar las lágrimas producto de mis delirios emocionales, con varonía, con mano dura. No es el esbozo de una tragedia como se leerá a continuación. Desde antes de tener nociones de que yo era heterosexual, ya la ejercía con las mujeres inmediatas. Amigas de mi madre, compañeras de clase, y las pléyades de los distintos universos artísticos que me nutrían y acompañaban por dentro, formando un ser ideal femenino en mi cabeza. Eran los años en que crecía rodeado de largas cabelleras, de faldas, escotes y relaciones con el eterno femenino muy distintas al que ejercían mis conocidos varones. Los jalones de mejillas, los cariños mimosos, me moldeaban. Y así me formé… sin que padre o abuelo o tío, primos o hermanos que me dijeran: “así se debe tratar a una mujer”. El círculo de mujeres donde me desenvolvía me enseñó a tratarlas. ¡Aquelarre magnífico!

Joaquín poeta y mártir

Sabina vino a decorar mis palacios interiores. Las habitaciones designadas a mi entrega y forma de ver al otro ente que me fascinaba, las mujeres; me llené de versos de Sabina: “No hay nostalgia peor / que añorar lo que nunca jamás sucedió”, “… hay amores eternos / que duran lo que dura un corto inverno”. Pedía a lo más allá que se me bendijera con saber materialmente y no de forma platónica, lo que era un amor con esas intensidades. Llegaron vía Joaquín las desconocidas “Aves de paso / Como pañuelos cura-fracasos”, y luego La Magdalena, pero en canción, en historias alejadas de mí. Llevando medias negras y minifaldas azules, no aparecían los ruiseñores de Keats, ni mucho menos los de Shakespeare ni los de Ovidio; no se me presentaban con prendas de tigre como a Blake, ni como a Bester, ni como a Lizalde. Nada rosaba mis labios, ninguna mujer lo hacía. Nadie-Mujer aparecía en el horizonte donde escuchaba al español regodeándose de sus conquistas con olor a alcohol y furor cocainómano. Sufría románticamente (a los siglo XIX) cantando por esas ninfas que me rechazaban olímpicamente cuando suspiraba por ellas. Estaba nutrido, plagado en el sitio del corazón con esas canciones del desparpajado flacucho con pilas y pilas de éxitos y fracasos amorosos.

San Sabina

Sentía el evangelio según Joaquín el andaluz: “Vendí por amores y no por dinero mi alma a Belcebú.” Ese evangelista ochentero buscaba persuadirme desde su experiencia en La Movida Con esas voces que se limitaban a ser testimonios no confesionales. Joaquín Sabina no alcanzaba la grandeza de San Agustín, pero algo tenía de este padre de la iglesia. Los pecadores arrepentidos convencen más que el que nace puro. Sabina era eso, en eso se asemejaba al de Hipona hasta que comenzó a ser malo, estéticamente hablando. De rey de los fuegos, como el que cantaba Miguel Ríos, Sabina pasó a diablo menor tras un accidente de salud. Sabina cayó de mi gracia cuando afeó su estilo ya sin los arcángeles García de Diego y Varona a su lado. Así me conté el cuento de desmitificar al ídolo. Joaquín Sabina fue desterrado de mis músicas (en casete y CD) cuando fue perdonado por el mismo. Valiente divinidad, juez y parte, que no murió en su evento, ese infarto cerebral sufrido, pero resucitó light. Sabina se volvió un Disneyland y su credo lascivo, se edulcoró. Compruébelo, lector o lectora, sólo escúchelo… sus discos dan fe para mal de esa transición.

Y, ¡hágase el apóstata!

Hoy prefiero la metamorfosis protéica de Joaquín Sabina a Joaco del Garzo, la sórdida caricatura de la misoginia, el machismo y de lo peor de lo mejor de Sabina. El uso machín de la mujer como musa disfrazado de admiración; Sabina vuelve a llenarse de luces cuando la parodia de Capusotto acude al rescate de los resabios del Sabina que fue. Hoy vuelvo a Sabina con lupa, calzador y bisturí, y de vez en cuando doy con lo que me influyó, para renegar y confrontarlo. No más machismo galvanizado por la poesía sabiniana. Lo pongo algunas veces en casete y en CD y discuto con él. “No, Sabina… así no. Te funcionó en su momento. Pero corren nuevos tiempos, para otros romanticismos sin gallardías de testosteronas”. Sí, me quedo abrazando los pies de la parodia. Que todo machismo sea algún día un mal recuerdo, material para hacer chiste de hombres del pasado.

Subgrafe

Pero quiso el cielo

Bautizar el suelo

Con su gota a gota

Joaquín Sabina, El rocanrol de los idiotas

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2 thoughts on “Llueve sobre Joaco

  1. Estimado Araña Sandoval, entre risas me hizo reflexionar sobre tantas otras canciones de tantos otros y otras compositores de la época de Sabina. Y pensar que en estos tiempos podemos escuchar cosas peores, y digo cosas, porque no se les puede llamar canciones.

    1. Es verdad. Uno ya no sabe si el machismo «romántico» es algo menos preocupante que el machismo violento de muchas de las piezas actuales. Ni en lo musical ni en el contenido muchas de las que corren por nuestra época son apreciables. ¿A dónde llevar nuestros oídos hoy a pastorear?

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