Arañas veras Columnas 

Lo que impide escribir (1)

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Tu hijo y tu amigo han partido;
se han marchado, y lloras su ausencia.
¿Ignorabas, acaso, que el hombre es
un simple viajero?

Epicteto

¿Qué nos toca hacer? Lo que nos corresponde. Los estoicos, al menos quienes han dejado registro en palabra de su obrar, nos invitan a que realicemos el deber personal que sólo depende de nosotros y el resto, dejarlo en el camino. En el caso de la escritura, sobre todo aquella que desea ser literatura, se puede extender esta propuesta filosófica del estoicismo. Porque filosofía que no sirve para la vida de los individuos, es estéril.

Para algunos resultará angustiante morir sin haber logrado un escrito digno de… ser leído. Así ocurrió con Roland Barthes quien llegó al momento de saberse preparado para ocuparse de hacer su novela, sin embargo su hora arribó y dejó el mundo de los vivos tras ser atropellado por una furgoneta de lavandería a sus sesenta y pico de años. Cosa que no ocurrió con Proust o con Dante, ambos admirados por el académico y semiólogo, pero novelista frustrado en quien se convirtió Barthes. Por orden de aparición histórica, Dante nos queda enfrente y él pudo reconocerse en “la mitad del camino” de su vida para echar a andar en la larga travesía de la comedia. Proust, por otra parte, se urgió para que pasados los treinta y tantos recuperare en libro el tiempo perdido. ¿Cómo, en los dos casos? Escribiendo. Escribiendo titánicas piezas literarias que hoy son innegables como referentes y canon para lectores y suspirantes a literatos. Porque ser lector no te hace escritor, pero es esencial como el dibujo para el pintor, y tampoco ser escritor te hace ser literato, pero es fundamental para llegar a serlo.

Reflexionando con un amado amigo, amante de la literatura como yo, le comenté que no me parecía ocioso saber la hora de tu muerte. Más a quien tiene como propósito dejar algo para el deleite de generaciones futuras de lectores (potenciales literatos). Si Roland Barthes hubiese descifrado su destino, contemplado el largo del hilo de su existencia, tal vez se habría detenido por ahí de los treinta y pocos (como su admirado petit Marcel), sacado la lengua a la academia y demás cosas irrelevantes para el artista nato, y se habría encerrado a cal y corcho, subídose a una torre montaignesca (sic) o desaparecido de las ciudades para darle la espalda a lo que roba el tiempo de escritura.

Ya se va trasluciendo una de las primeras condiciones para escribir. Si nuestro medio de expresión es la palabra, la lengua, y buscamos que no sólo se escuche, sino que quede en posibilidades de que hacia el futuro halle réplica, el fin puede ser asentarla en un libro. El propio Barthes en La preparación de la novela (2005). No se asuste, sí murió en 1980, pero este libro es resultado de las anotaciones para cursos y seminarios en el Collège de France de 1978 al año de su partida; Roland, nos advierte que existen tres pruebas para “decidir” qué escribir: Elegir el objeto, practicar una conducta y llevar a cabo una acción escindente. Que se resumirían en tres palabras, Duda, paciencia y Separación.

Sobre la Duda

Elegir bien qué escribir. Y para el caso de una novela, porque en ese asunto estaba metido Barthes, algo que será realizado por largo tiempo y que además exigirá de nuestro lector también mucho tiempo. La consecuencia de no pasar esta primera prueba será el abandono de la empresa. Y ya muy de malas, adquirir el motivo que orilla a la depresión.

Sobre el Tiempo

Aquí es donde la conducta a asumir es la paciencia. Otra vez, si estamos hablando para la realización (y después corrección y después lectura) de una novela, la paciencia tendrá que ser atlántica. Por no decir cósmica. Sólo las criaturas de la imaginación pueden lograr generar un universo en pocos días. Superar las contrariedades, exteriores y mentales, es nodal para que el objeto a escribir elegido (tema, historia, recorrido de un personaje, saga, conexos y similares) vea la luz en páginas contenidas en volúmenes, capítulos o un pequeño libro. Sobre lo último: ¿usted no cree que obras “pequeñas” como Pedro Páramo, El viejo y el mar, Platero y yo, llevaron sus múltiples horas escriturales, reescriturales y demás?

 

Sobre la Separación

Supongo que si se llegó aquí en la lectura, en la amabilísima lectura, ya intuye que es algo que se reduce a lo que dijo mejor Silvio Rodriguez: “Soltar todo y largarse”. Abrazarse en singularidad, en soledad acompañada de uno mismo. Poner a prueba el contrato social, abstraerse de las sirenas, enamorarse de la vida esquizoide. Decirle a la pareja, a los hijos, al trabajo, a la familia, a los amigos, a las pasiones, a los vicios, al demonio interior, “ahí se van”… “mucho a la”… ¿me sigue?

Y el resto es historia, nuestras historias con todo y personajes. Porque sólo dependen de un solo ser los seres y lo que puebla nuestra ansiedad de escribientes con miras a literatos o literatas. Si a uno le llega la hora, pasada la misteriosa medianía de nuestro paso por el mundo de los vivos, “allá en el otro mundo” quién sabe si se pueda hacer. Qué cosa esta imagen de ver llegar a Roland Barthes a una reunión póstuma con Dante, Virgilio y Proust comiendo magdalenas “y que les llegue y que les diga”, no alcancé

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4 thoughts on “Lo que impide escribir (1)

    1. Espero sea una reflexión escrita. Ya se antoja leerla más, esos cuentos estrujantes se extrañan. Seguro que tiene nuevas historias. Gracias de nuevo por cada palabra y por cada cariño.

  1. «Lo que impide escribir’ puso el dedo en la llaga sobre esos frenos que me impiden dejar vivir mi voz literaria. El flashback de los setentas se ha vuelto recurrente. Esa irresponsable participación en un concurso de novela, sin conocimiento profundo del género, sin esto si y esto no, sin así si y así no. Esa locura que me dio un segundo lugar y cambio mi vida. Necesito reencontrar esa voz, que tu me ayudaste a afinar. El tiempo es ahora, como bien dices,posponerlo es una forma engañosa de abortarlo.
    Gracias. Me tocó profundamente.

    1. Nunca se es irresponsable lo suficiente. El propio Roland Barthes dice que luego de estudiar mucho, hay que «aprender a olvidar». Supongo que jamás se está demasiado deschavetado para los atrevimientos con los cuales hay que dejarse fluir, más en el terreno de la escritura. Precisamente el lado B de este texto será sobre aquello que ocurre con algunas personas que no hacen y dicen hacer, sobre los que estudian y leen, pero no escriben; sobre los que no leen y sin embargo escriben; sobre los que jamás tienen la confianza o autoridad necesaria para dejarse llevar por la escritura; sobre los que escriben, leen, estudian y no se someten al tallereo y la crítica… y los que, y los que… ya tienen su voz literaria (lo digo aullando a ver si alguna loba escucha y otros oídos), que es lo más difícil de hallar de todos los anteriores y que define la singularidad del resto, en tiempos y espacios distintos. Qué bien que te toque este texto. Ahora espero que te acompañe para lanzarte «pisando el acelerador». Si reconoces la frase, ve a por Sabina y a escribir.

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