Lo que impide escribir (2)

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Por otra parte, recluirse en el
estudio por temor a enfrentarse con la
vida, es igualmente fatal.
Virginia Woolf

 

Supongamos que alguien decide escribir anhelando hacer literatura, y decide elegir algo de lo cual escribir, se concibe a sí mismo como un ser que tendrá la paciencia para lograr este propósito y decide también alejarse de quienes lo distraen, de lo que le quita atención para enfrentar a la hoja en blanco. No es suficiente. Esta tarea exige más, mucho más.

Dependerá de la voz y dependerá del impulso vital que le demos a la misma. Yo soy testigo de que la gente rejuvenece cuando se pone a escribir con lo que es necesario: las experiencias, las propias filosofías, los fracasos, los éxitos, los logros, los sueños frustrados, los viajes… vivir sintiéndose vivo ayuda. Pero alguien dirá que existieron personas “malditas” que, por todo lo contrario, parecían detestar la existencia y escribieron. Pues sí, pero dos consideraciones: por una parte estaban hartos, asqueados del mundo que conocían y por otra parte, al escribir ya lo estaban cambiando por el suyo propio que nacía dentro de ellos y se expresaba en sus letras.

Pareciera que el estilo, como escribió el conde de Buffon, “es el hombre”; pues sí y no. El estilo conlleva lecturas, análisis, crítica y… aquí reparo un tanto. Alfonso Reyes, indirectamente habla del nutrimento del estilo. En sus conferencias, que luego fueron eso que se llama La experiencia literaria, menciona que es a través de una influencia directa de lo que experimentamos al conocer una historia (mito, suceso histórico, biografía, y semejantes) que nos quedamos con un sabor de ella. Sea placentero o a disgusto, el lector puede avivar la flama de: ¿cómo la narraría yo?

Ya allí comienza el estilo. Cuestionarnos el modo y la forma de algo ajeno o propio pero que nos conmovió, hace que plenamente lo hagamos nuestro. La duda de con qué palabras, con qué otro género, con qué otros elementos podría hacer mi versión de aquello, desliza un mío implícito.

Hagamos un símil. Cuando nos preparan unos “chicharrones preparados”, muchas veces intervenimos en la rutina que tiene el expendedor del producto para indicar qué queremos al final obtener: “póngale más salsa”; “no lo quiero con aguacate”; “sin cebolla por favor”; son directrices que, si es buen marchante, va a seguir sin la necedad de “hacerlo como sólo él sabe”. Quien vende chicharrones preparados moderará su propio estilo que seguramente adquirió de otra persona antes de que haya decidido poner en la calle su propio puesto al público. Es por esta condición que uno como comprador del hipotético chicharrón (que hasta aquí ya se antoja salir a buscarlo), puede ejercer su criterio para hacerlo a su propio gusto. A diferencia de —esperemos que no ocurra—, una empresa que industrialice la producción masiva de chicharrones preparados, tendríamos que comerlos sin nuestra participación en su creación mundana.

La literatura ejerce una fascinación igual que un antojito callejero. Mentira que como comida gourmet. Tal vez si no es aficionado a los chicharrones preparados, le pueden conquistar las chaskas de Aguascalientes, o las momias de Sonora. Hay para todos los gustos, pero aun así, usted al final conducirá el estilo de preparación, si se atreve.

La literatura es más un antojito callejero que una cena en el mejor restaurante. Puedo aportarle que hasta el más grande de los chefs de esos sitios, y el más sibarita de los sibaritas, se echa su paseada por unos tacos al pastor, unas tlayudas, e inclusive unas tostadas. Pero no todos se aventurarán a decir cómo quieren que se les hagan. Esta es la diferencia entre el lector, que recibe y tal vez llegue hasta una crítica que silenciará, y el lector que se inmiscuye en la preparación de su delicia para degustarlo como el más grande de los hedonistas.

Por lo tanto: el tlacoyo es el meollo, la pellizcada es la picada, la quesadilla es la pesadilla de quienes dicen “sólo es de queso”. El género en el que está escrito algo, es el preámbulo. Sabemos que un taco sin tortilla no es taco, pero el taco puede ser de cualquier maldita cosa. Es más: la tortilla puede ser de cualquier especie, el asunto es que agarre el guisado, pedazo, la salsa y ámonos a la boca. El resto “es accesorio”. Esto último lo dice Alfonso Reyes sobre los mentados “subgéneros” en Apolo o de la literatura, en la compilación arriba referida. No se preocupe, querido comelón de antojitos literarios, si su trabajo, luego de ser revisado, le dicen que es novela rosa, que suena a tamal de dulce. Tamal es tamal (el Género mayor, como los tres en literatura que reconoce Reyes como funciones: drama, novela y lírica) y sus variantes, de mole, chile, dulce, chipilín, frijol, crema de cacao y avellana, etcétera —para bendición del tragón—; son simples modalidades. Así que si usted logra escribir un cuento de terror, el modo de preparación y el cómo se lo come, dará singularidad a la pieza gastronómica literaria. Porque recuerde: no a todos les gusta todo, y menos si todavía uno le mete cuchara. Conozco personas que el huevo frito se lo comen con limón. Habrá alguien en el mundo, en el presente o en el futuro, que aprecie quizá esa maña de prepararse algo así que pudiera ser aberrante a ciertos paladares, pero será celebrado con quien congenie. Para todo hay lectores. Para todos hay garnachas.

Es ineludible salir a la calle para ver qué hay, qué se vende en ella. Pobre del pueblo que no puede echar a andar y encontrarse con un antojo… y tal vez si no le tiene miedo a quien lo ofrece, decirle cómo quiere el mismo. La hoja en blanco es el soporte, como la hoja de maíz o de plátano, lo que le meta dentro para hacerlo tamal, es su imaginación, su paladar, su experiencia. Y echando a perder se aprende. Ya cómo lo quiera disfrutar, es su momento, su huella en el mundo, y el día que deje de estar en él, dejará de estar ese estilo que lo caracterizaba.

Mánchese el traje, llénese los dedos de manteca, no utilice servilletas, atragántese, utilice tenedores, embárrese, pero no deje de saborear. Para todo hay sus momentos. Hasta Virginia Woolf y Alfonso Reyes degustaron algún antojo a su antojo. ¡He ahí el estilo!

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6 thoughts on “Lo que impide escribir (2)

  1. Una vez más ataca certeramente El Araña. Deliciosa analogía, ameno el recuento, inteligente la idea rectora. Felicitaciones por lo accesible de tu texto…y un abrazo.

    1. Muchas gracias por tus palabras. Siempre es grato tener un ánimo a gusto por motivo de una réplica. Así uno siente que es escuchado (leído) y constata que el mundo es más cercano cuando a pesar de sentirse alejado para observarlo con otros ojos.

  2. Salió juguetón pero claridoso el escrito estimado Rodrigo, sin duda es importante que alguien piense acerca de la escritura como actividad, y luego las definiciones y reformulaciones sucesivas pueden contribuir a un resultado que alguien suponga que es literario (o estético, o destacado).

    En fin aunque sea mucho un cumplido de lugar común, felicitaciones por lo publicado. 🙂

    1. Gracias. Para salir de lo común sólo es necesario hacerlo con intención. Justo este texto me indicó por dónde llevarlo. Es la maravilla de andar por el ensayo, dejarse asombrar para escuchar la voz propia y las ajenas, y así llegué al desaprendizaje de lo formal para jugar con lo sabroso de las comidas que andan por ahí seduciendo como sirenas. Supongo que si a Odiseo no le hubieran cantado sino que le hubiesen llegado amarrado al mástil con unas picadas jarochas, no existiría la Odisea.

  3. Un tejido con estilo (y con rima…auch).
    Interesante la analogía y muy esclarecedora. Esto del estilo tiene su chiste (valga la expresión).

    Un abrazo.

    1. Se hace lo que se puede con el antojo por delante. No hay como el garnacherio para relajar los ánimos. Debiéramos exportar antojitos en las zonas de conflicto, seguro que obligaría a largos periodos de paz para engordar a gusto. Ya estuvo bueno de tanta guerra, mejor la barriga llena.

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