Lo sosegado (también) como magnitud

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Evidentemente, el nómada se mueve pero está sentado, sólo está sentado cuando se mueve (…) El nómada sabe esperar, tiene una paciencia infinita. Inmovilidad y velocidad, catatonía y precipitación, proceso estacionario, la pausa como proceso…

Gilles Deleuze

Prácticamente en este siglo todo tratamiento de desarrollo humano se ha acortado. Los implementos tecnológicos de antes tenían un encause más dilatado; ahora se ha acelerado. Así también todo cuanto haga el individuo se rige por una velocidad que le es externa: los relojes, las citas, las juntas, la cantidad de comisiones, etc. Así la vida familiar se pone en un itinerario y ya no es un epicentro. Se podrían dar miles de ejemplaridades. Pero lo que queremos resaltar es la potencia de aquello que es menospreciado por el sistema: lo lento. Lo pausado recibe todas las intensidades necesarias por las que el cuerpo crece no solamente en extensión sino en profundidad. El sistema quiere abolir todo lo que lleve su tiempo. Porque ello no genera ganancias. No da de sí según el raciocinio neoliberal.

Gilles Deleuze dentro de su pensamiento detona el concepto del “nómada”. Aquel corpus que es capaz de ocasionar cuantas convulsiones de energía y brío sea posible de lograr. Incluso en su mismo sitio es cuando mejor se tiene que desempeñar. No escapar uno, sino hacer que el mundo huya. Porque las velocidades vehementes no solamente son perceptibles en lo evidente; sino son más agudas dónde no parecen ser tan fehacientes. Incluso son invisibles por su mismo curso que tienden a recrear. Lo nómada podemos vislumbrarlo en el recorrido del caracol; la estática de la garrapata, la oxidación invaluable que adquieren los muebles, las líneas de los arboles, nuestros juguetes de la infancia, una caminata diurna en el parque, una plática ociosa con el mejor amigo de años sin ver, etc.

Incluso puede que el aparato de Estado también –y es lo más seguro-  se encuentre inmerso en esas zonas aletargadas; pero siempre tendrán que producir un valor monetario en pro de su beneficio. Nunca fuera de él. Las líneas de vida con movimiento invariable son aquellas las que dieron origen a toda herramienta humana. Ahora se pretenden abolir o darles un valor menor del cual no tienen.

Lo expreso no solamente es lo que está ad hoc sino lo que ejerce sometimiento. Paul Virilio mantenía aquella postura donde entre más velocidad se tenía más poder  hay sobre los cuerpos, sobre el entorno. Surca en la atmosfera una dromología capaz de achicar lo planetario, y deformar las hechuras, las definiciones con el afán de aniquilarlas.

Se va perdiendo el tiempo, pero no en referencia a que sea temporalidad de no producción, puesto que esto es ganancia para la estructura; sino tiempo que desaparece. La historia no permite que se generen pasa tiempos como ellos los catalogan. Siempre debe haber un marco que le de valor a lo que todos y cada uno de los seres que pisan el planeta tenga un objetivo. Porque sin objetivo  carece de sentido, y al no tenerlo, se desvanece como todo aquello que no tiene valor. Ese es el axioma del Estado, y nada puede estar fuera de ello.

Lo pasmoso lo ha designado como aquello que estorba dentro de las planificaciones de todo imperio y de todo cuerpo humano (ya Roland Barthes lo distinguía en la presencia poética de Minuo Drouet que se genera en su imberbe actuar así desplazada  en la actuación y el canto; obedece a una sobre estimación de sus atributos, ya que a mayor edad entre menos aptitudes poseas o hayas adquirido se des-valoriza tu producción; pero teniendo la edad prematura y generando más aptitudes te conviertes en plusvalía pura).

Toda actividad bajo la lupa del aparato de Estado debe estar condicionada por la relación del tiempo que él lleva, más ninguna que tengamos nosotros con la actividad a desear. Como manifiesta Robert Kurz: “un cadáver domina la sociedad, el cadáver del trabajo”. ¡Ojo! Aquí el aparato de Estado tiene un alcance más vasto, ya que no sólo es en referencia a las instituciones, sino toda configuración que no permita la toma del tempo, que prohíbe la vagancia, que quiere exterminar la inactividad en cualquiera de sus variantes.

Byung Chul-Han expresa que no sólo hay una mala percepción de nuestro tiempo, sino que nosotros mimos vivimos en un auto exterminio. Sobreexplotándonos para generar mayores premios, distinciones, otorgamientos raquíticos impulsados por la idea que el aparato de Estado quiere que tenga uno como visión y porvenir.

Como dice Han la existencia suscita velocidades, pero carece de toda duración, es decir, un soma que haga nutrirse intrínsecamente, y no sea efímero, sino que podamos hacerlo incluso de un reconstituyente artístico.

Es como todo lapso sosegado debe contener un mantenimiento existente, horadado, dándole configuración al suceder para que se impregne de bálsamo como dice el filósofo surcoreano. El efluvio es la distinción de la grandeza del evento. Recuperando fragancia es como se vuelve a las atmosferas más frondosas de la tierra. Dice el maese Han: “El tiempo comienza a tener aroma cuando adquiere una duración, cuando cobra una tensión narrativa o una tensión profunda, cuando gana en profundidad y amplitud, en espacio. El tiempo pierde el aroma cuando se despoja de cualquier estructura de sentido, de profundidad, cuando se atomiza o se aplana, se enflaquece o se acorta. Si se desprende totalmente del anclaje que le hace de sostén y de guía, queda abandonado. En cuanto pierde su soporte se precipita.”

Todas las ramificaciones que se obtengan de la lentitud: el no-hacer, lo contemplativo, la demora, los desfasado, etc. Son armas de progresión del existente. El sistema si tuviera el poder metafísico de hacer trabajar a los muertos, de derogar el sueño, de extirpar los procedimientos físicos  del cansancio, del hambre, y el sudor; y la erradicacion de la autoestima; si tuvieran todo ese poder, no lo dudarían en sofocar cada uno de estos estímulos.

Porque la vida se debe regir por un  imperio que es ella misma. Y reinar con todos los defectos, pobrezas, deficiencias, carencias y vicios que se le otorguen.

Lo lento nunca ha sido un hobby, sino la pauta para la revolución del pensamiento. Es lo que logra la tortuga en su andar, la ballena en su nadar, la abeja en su volar, el perro en su reposar: una sublevación.

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