Luna roja

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 –Písale duro, solo tenemos una hora.

 –Aguanta, bífida, no es una hora, la acción debe ser realizada en minutos.

 –Claro, recuerden el toque de queda  –afirmó, la tercera mujer, sin despegar la vista de las imágenes que el dron les enviaba.

 –No conforme la pandemia provocó el encierro, ahora el sistema dificulta más nuestra sobrevivencia, es una estupidez este orden de mierda –dijo, la que manejaba el auto rascándose los pelos de su corte mohicano.

 –En la calle que sigue da vuelta a la izquierda –propuso, la de lengua bífida.

 –No, mejor en la segunda, es la calle donde comienza el barrio de los infectados, ahí no entran simios ni mercenarios –respondió, la chica mohicano.

 –Cálmense, parecen primerizas –gritó, la joven que observaba la pantalla y tocaba uno de sus brillantes colmillos con la lengua.

Entraron por una calle oscura y atrás de ellas la camioneta. La luna pronto eclipsaría, los perros aullaban. En la pantalla aparecieron varias luces.

 –Rápido, dobla a la derecha luego a la izquierda y te detienes, miren, se acerca un escuadrón de monos –advirtió, la chica de afilados colmillos. Y con dedos delgados, sudorosos, pero decididos, acariciaban sus armas.

Ningún enfrentamiento estaba considerado contra los simios a menos de que fuera necesario. Se trataba de un ataque sorpresa. El virus continuaba aniquilando a la población, y ellas, como muchos, estaban expuestas.       

No había condiciones para jugarse doblemente el pellejo dejándose llevar por su inclinación genética. La chica de los colmillos sonrió, en la pantalla el pelotón paramilitar se alejaba. Pusieron en marcha el auto y la camioneta. Qué difícil les resultaba la existencia dada su vulnerabilidad. Nacidas con filiación hacia la sangre, –hematodipsia, decían –, las volvió malditamente adictas y estaban condenadas a vivir en estado de alerta permanente. Muy a pesar de los implantes de los que gozaban seguían siendo mortales. La mutación genética que ellas portaban la habían desarrollado en útero, por la contaminación de residuos minerales arrojados en los ríos a la par del veneno alimentario ofrecido por la biología sintética. Las leyes naturales fueron quebradas por las transnacionales. Y Latinoamérica era su laboratorio. Su basurero tóxico.

Salieron de su ensimismamiento cuando apareció el bulto ¿de dónde venía esa cosa? harapos apenas cubrían su desnudez, cabeza enmarañada, acompañada de diez perros reconstruidos con chatarra. El bulto estaba frente a las luces del auto. Los canes ladraban feroces. Cuatro perros a un silbido saltaron al toldo. Los otros seis se arrojaron contra las ventanillas. Aullaban enloquecidos, insistían, golpeaban con la testa ensangrentada. Con el hocico mezclado de sangre y babas tiraban feroces tarascadas. Otros tomaban vuelo y azotaban sus trompas metálicas a los vidrios.

 –Dispárales, dispárales –gritaba, la de corte mohicano.

 –No mames, nos vamos a delatar –respondió, la bífida.

 –El dron ya les dispara  –vociferó, la corte mohicano   –al bulto, a la cosa esa también, que chinguen a su madre. En esta zona de infección nadie entra. Dispara, no mames, el bulto creo está armado, disparen, disparen.

En el linde de aquella lúgubre zona nadie tuvo asomo de preocupación al duro traqueteo que escucharon, dejando tirado en la calle un montón de perruna chatarra y a un guiñapo seguramente contagiado. Quedó atrás el barrio inmundo. El barrio de los deshechos humanos. Ahora el automóvil avanzaba sobre calles bien pavimentadas, la iluminación de las mismas era de otra dimensión. En pantallas gigantes alertaban el toque de queda. Estaban en zona privilegiada. El auto rodaba despacio y el dron bloqueaba el servicio de las cámaras callejeras.

Desde el puente avistaron una larga avenida flaqueada de ficus anaranjados y palmeras plateadas, en el centro de la calle un edificio con ventanales enormes e iluminados presentaba el lugar de su destino. Las tres chicas colocaron mecánicamente el antifaz negro. Esperaron. El dron extendió sus alas, ascendió unos metros.

A los guardias del edificio les provocó primero una mueca socarrona cuando el murciélago llegó a apostarse tras la ventana. Cara graciosa. La mirada del murciélago seguía con atención a los vigilantes. Luego las sonrisas se transformaron en caras escurridas cuando las imágenes de las pantallas de vigilancia comenzaron a deformarse y desaparecer por completo. Lanzaron gruñidos reviviendo su genética antropoide. Olieron el peligro demasiado tarde y en completa desorientación buscaron a la voz que tajante les ordenó:

 –A ver, changos, sepárense de las pantallas, rápido, rápido, muevan su culo sucio.

El simio que estaba frente a la pantalla con movimiento torpe quiso tomar el teléfono y recibió dos tiros. El segundo y tercer mono intentaron con sus armas pero el pat, pat, pat, del dispositivo murciélago fue más rápido. Todos los sistemas de alarma y comunicación se cancelaron.

  –Vamos –dijo, la de largos colmillos –a los monkys del primero y segundo piso les está dando la cuenta el dron.

Pasaron las puertas del Banco. Médicos, enfermeras, gente de blanco, recibieron con pánico la sugerencia de las mujeres de negro y capas de Drácula.

 –Ustedes saldrán sin daño siempre y cuando no interfieran en nuestro trabajo. No pretendan pasarse de pendejos o jugarle al héroe.

 No pusieron en duda las palabras cuando vieron en pleno vuelo al pequeño quiróptero soltar una ráfaga a un cuarto simio que disparaba sobre las chicas. Luego con voz aguda el murciélago indicó el sitio de los congeladores de sangre. Llenaron de inmediato la camioneta y el auto y salieron casi retadoras por la avenida de las luces.

Ya en el bunker, la de los colmillos acaricia al murciélago. Arriba el eclipse lunar avanza. Luna roja. Luna de sangre. Como la que beben de sus copas.

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One thought on “Luna roja

  1. Me gusta mucho la descripción de los personajes de vampiras zombies, las situaciones de un posible futuro en Latinoamérica, sin duda laboratorio siniestro, esa parte me hizo ruido, ¿será?

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