Metamorfosis: el poema como evolución

El poema nos resignifica y, con ello, resignifica todo lo que toca.

Bajo pena de ser considerada egocéntrica, comenzaré esta columna hablando de mi experiencia con la poeta que me interesa escrudiñar. Mis propios albores en la poesía, y en la literatura en sí, fueron gracias a la profesora, poeta y pianista Lavinia María Cueva Zepeda (1944-2019), a quien conocí en todas sus profesiones y, además, como jefa, amiga e incluso como madre. Capaz de acunar en sus versos emociones complejas y completas, era también un ser simple, singular, que deseaba exponer lo más destacable de cada alumno y alumna que pasaba por su supervisión. Lavinia nos legó tres poemarios impregnados de sí misma, desde sus cavilaciones sobre arte poética hasta sus ensueños y elucubraciones. Esta vez, deseo centrarme en su poemario Continuidades (2015), en el cual nos permite conocer cómo percibía la poesía ella misma, mujer profunda, sensible, intensa y siempre floreciente.

Lavinia Cueva era capaz de hablar de literatura como de ella misma, presentándose como un ser hecho por y para las letras: entregada a ello, escribe seis poemas que giran en torno al crear poesía, englobando también el cómo ésta nos crea y nos libera, y transforma el papel donde es escrita y al lector que la acuna. Para Lavinia Cueva, la poesía significaba la libertad del creador -desencadenamiento de un ser aprensado en la opacidad de cada existencia- como una explosión en una acción cautelosa, pautada, que culmina en un espejo del narciso en que nos convertimos al explorarnos.

El Arte poética conforma la tercera parte del poemario antes mencionado. Cada uno de los poemas que aparecen en esta selección se centran en caracterizar al poema y en perfilar sus horizontes. Sin embargo, lejos de centrarse en la poesía per se, Lavinia Cueva se adentra en la labor del poema: ¿qué es el poema?, ¿cómo transforma el poema?, ¿cuál es el alcance del poema? Ante esto, afirma que el poema es un reflejo que nace de una confesión, de un desamarre de nuestra voz caótica para terminar en palabras esculpidas, mismas que nos anclan a la existencia y nos conectan con el otro. De igual manera, el poema tiene la capacidad de transformar no solo a quien lo escribe o a quien lo lee, sino también al objeto en donde se plasma: gracias a éste, la hoja de papel cobra sentido y su presencia en el mundo físico deja de encontrarse a la deriva. El poema nos resignifica y, con ello, resignifica todo lo que toca.

En el texto titulado “Recuperando el tiempo”, por ejemplo, la poeta afirma que el poema se deja llevar por su propia musicalidad, no somos nosotros quienes lo construyen, sino que él mismo se abre campo por medio de nosotros para hacerse resonar acorde a su propia necesidad. El creador, entonces, solo lo moldea según sus capacidades y enredos: “Dejar que fluya el manantial sonoro / y que se escuchen los flautines de oro / para que en coro de gotas y violines / cante el espíritu del alma” (Cueva, 2015, p. 37), los poetas, pues, somos los cazadores de aquello que se dibuja en el aire, en notas y silencio, y al tiempo que lo atrapamos, el poema se transforma en nosotros. El resultado es, como lo afirma en el texto “Narciso de papel”, una suerte de encuentro del poema en su forma inicial y nuestra intervención en el mismo.

En el poema antedicho, Lavinia Cueva afirma que la poesía nos permite Ser, no solo por permitirnos adentrarnos a nuestra individualidad, sino también porque al retratarnos en los versos conseguimos, de alguna forma, la inmortalidad. En el poema se encuentran los rincones que nos definen, heridas y suspiros se enfrentan y danzan esperando el turno para aparecer, siempre al tono de la música inicial. Considero imperdonable, además, no mencionar lo explorado en el poema “Trascendencia”, en donde la autora se muestra dividida entre su existencia y su creación: “estoy siendo / esta entrega de voces y latidos / como tributo al don de darse / estando siendo respiro y escritura” (Cueva, 2015, p. 41); la poesía no sólo nos permite mostrarnos, sino también comprendernos y anclarnos a nuestra esencia: nos permite ser recuerdo, presencia y eternidad.

Leer a Lavinia Cueva me recuerda que la literatura existe desde nosotros y, aunque la transformamos, la poesía en particular existe desde antes que nosotros la alcancemos y performemos en nuestras letras. Para finalizar, es menester mencionar la complejidad de la creación de la poeta Lavinia Cueva, pues abarca temas como la maternidad, el desapego, los círculos emocionales y la vejez. Al leerla, me invita a ser más humana, sensible y perceptiva, y a entregarme al poema para que, al tiempo, éste se consagre en mí.


Bibliografía:
Cueva, L. (2015). Continuidades. México: sin editorial.

 

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