Metrobús temporalmente autónomo

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La TAZ

El mundo es un lugar con frecuencia tan triste, que es inevitable imaginar otras realidades. Formas de la existencia social distintas a ésta. Solía soñar con la tan esperada revolución, la que finalmente nos habría de llevar al reino de la libertad, pero tenía mis sospechas. Siempre lejana, arrojada al mañana y arremolinada por la teleología del progreso. El (des)amor me enseñó a no confiar en algo tan sólo porque la idea, desde su lejanía, es bella. Quizá esta misma regla opere en el horizonte de la lucha política. Por suerte me encontré con la revuelta, la cual consideré sincera, casi llegando a lo cínico. Ésta no pretende de forma alguna ser clara y distinta. Goza siendo bruma. Al respecto, dice Hakim Bey: “La Historia sostiene que la revolución alcanza una cierta ‘permanencia’, o cuando menos duración, mientras que la revuelta es ‘temporal’. […]Como las fiestas, las revueltas no pueden ocurrir todos los días —de otra forma no serían ‘extraordinarias’. Pero esos momentos de intensidad dan forma y sentido a la totalidad de la vida”[1].

Primera cuestión para diferenciar la revolución de la revuelta: tiempo. Una busca dotarse de continuidad, la otra es un relámpago que irrumpe en el ahora y lo vive con alegría. Poco le importa el pasado y el futuro. Yo, en cambio, pienso demasiado en el mañana y le sigo llorando al ayer. El tiempo histórico, frustrado por su falta de relevancia, se burla de la revuelta. La considera nimia e intrascendente, cualidades que le parecen reprobables en un mundo que propugna lo importante. Sin embargo, cada que la revuelta se hace presente con fuerza y posteriormente desaparece, el orden de cosas ha cambiado, algo se ha movido. Para cuando termina, los participantes ya no son los mismos.

Segunda cuestión que distingue una cosa de la otra: espacio. La revolución pretende trascender y derramarse más allá del acontecimiento; la revuelta acciona como guerrilla, liberando un espacio físico, temporal, imaginario.  Su lugar es el intersticio: “quiere existir en este mundo, no en la idea de otro mundo”[2]. Después, se disuelve para luego reconformarse en lugar y tiempo distintos. Tercera cuestión: autonomía. Aquella que no pretende fundar Estado al terminar la batalla, sino que mantiene el poder siempre dentro de la revuelta y sus miembros: “debe ser el escenario de nuestra autonomía, pero sólo puede existir a condición de que ya nos sepamos libres”[3]. Tomando estos puntos en cuenta, Bey generó un término que pudiera agrupar las cualidades de la revuelta: Zona Temporalmente Autónomas, o TAZ por sus siglas en inglés. Habiendo entrado propiamente en este concepto, ahondemos más en él.

Las zonas autónomas no son algo planeado, éstas acontecen por su propia fuerza y de acuerdo a su antojo, sin que exista una fórmula cerrada para provocarla. Siendo la revolución un ciclo cerrado, la revuelta se mantiene abierta como manifestación siempre posible. No se le espera, se vive. La TAZ es insurrección, el instante de la revuelta que aparece entre las fisuras, los intersticios. Las revoluciones, en cambio, siguen una trayectoria predeterminada: “revolución, reacción, fundación de un Estado aún más fuerte y opresivo”[4]. A la revuelta no le interesa replicar este movimiento, es su negación; su aquí y ahora es todo lo que desea ser. El olvido no le pesa, es parte de la estrategia. Su duración es tan breve, que para cuando uno pretende nombrarlas, ya desaparecieron para resurgir en otro lugar. Como guerrilla, ataca y huye. No obstante, ese breve relámpago logra cambiar el mundo, sin que el poder se haya enterado.

Un 19 de septiembre sin lágrimas

Hace unos meses, durante septiembre pasado para ser exactos, tuve el gusto de participar en un festivo acontecimiento, tan fortuito que fácilmente quedará olvidado para la historia. Hoy quiero narrarlo, al menos así quedará escrito. Por ahí escuché que recordar es resistir al olvido.

Pues bien, había pasado la tarde en un café cerca de Parque México. Estaba oscureciendo, así que era momento de regresar a casa, la cual queda bastante retirada de ese punto. Caminaba con dirección al metro, a paso veloz y disfrutando el clima otoñal del Distrito Federal. En mi cabeza tenía formulado todo un plan, pues ese día Av. Insurgentes fue cerrada por damnificadxs del 19-S. El sismo les había hecho perder sus hogares y tres años después seguían sin recibir el apoyo que el gobierno les había prometido. Así pues, consideré que la mejor opción era llegar a pie hasta la estación de Chilpancingo. De ahí llegaría a Tacubaya para transbordar a la línea dorada; Mixcoac, Insurgentes Sur, parada para ir al baño porque el café es diurético, salir del metro; después, caminar al metrobús José María Velasco, abordar con dirección a Caminero, bajar en Perisur, caminar unas cuadras, casa. Regresaría sin necesidad de tomar taxi, invirtiendo $11 pesitos. Sí, la estrategia era perfecta.

Todo marchaba rebién, sin problemas, hasta que llegué a la estación del metrobús. Iba hablando por teléfono sobre mis asuntos del corazón, los cuales nunca han sido amenos, así que en un inicio no le di importancia al tiempo. Pasó media hora y caí en conciencia, por lo que colgué para evaluar la situación. Todxs lxs presentes asomábamos la cabeza a la calle, como si eso fuese a alterar la línea del horizonte e invocara a nuestro medio de transporte. Nada de nada. Pasaron tres unidades, pero claro, fuera de servicio. La tensión crecía. Unxs daban golpecitos con la punta del zapato, otrxs miraban el celular cada pocos segundos para experimentar el agobiante pasar del tiempo, muchxs se bajaron a la avenida de un salto. No podía rendirme, el DiDi me iba a salir en $150 y la crisis está recia. Vi el reloj, ya llevaba una hora ahí. Pasaban de las 10:30pm, el regreso a casa cada vez se hacía más peligroso. Ah, incertidumbre y desesperación.

Aproveché la ocasión para echar el sano chisme con las señoras que estaban junto a mí. Ninguna quería desistir y gastar en taxi. Nos levantamos la moral, acordamos seguir esperando. De vez en cuando la obstinación brinda frutos, cada tanto sólo deja frustraciones. Llegó una unidad, pero iba hacia el norte. Lxs pasajerxs se bajaron y comenzaron a caminar hacia Colonia Del Valle, tal y como lo había hecho yo horas antes, rumbo a ese café cerca de Parque México. En eso, inicia la revuelta. Escuché varias voces gritando a lo lejos. Se había formado una aglomeración en la zona para abordar con dirección a Indios Verdes. Me acerqué, curiosa de ver qué sucedía. “Nos vale madre, te das la vuelta pal Caminero, llevamos una hora como pendejxs”, exclamó alguien. Varias personas que se encontraban esperando con destino al sur comenzaron a abordar la unidad. ¿Era esta una insurrección? Sí, señor. Sin dudarlo, corrí y me trepé. “Órale, súbanse todxs, de aquí no nos mueven”, convocó un incendiario ciudadano.

Más gente abordó, por lo que a los pocos minutos llegó la policía. Pidieron que nos bajáramos y prometieron la llegada de otro camión. “Ni madres, aquí nos quedamos”. No hacía falta la capucha, todxs llevábamos cubrebocas, algunos coloridos y vistosos, otros más sencillos. Chiflamos, reímos, nos burlamos de sus promesas, sacamos las consignas como “únete pueblo y seremos más”. El chofer estaba desesperado y molesto, así que apagó el motor. Más chiflidos y resistencia. Otra unidad esperaba atrás, sin poder llegar al andén para bajar a lxs pasajerxs. 

Nuestro vocero era un señor que claramente estaba alcoholizado. La pasión emanaba de su cuerpo, nos exhortaba a continuar la lucha con su bonito acento defeño. Vio a un hombre con muletas y lo convirtió en nuestro mártir. “No mamen, ¿cómo lo van a hacer caminar? No tiene pie, chingado”. Todxs gritamos “Caminero, Caminero, Caminero”. La yuta hizo unas cuantas llamadas, intentaron negociar con nosotrxs, lxs revoltosxs peatonxs. Estábamos decididxs a ganar esta batalla. “Ya pagué, perro, ahora me llevas”, condenó un jovenazo. Las señoras con las que había platicado antes se subieron cuando me vieron trepada. Decidieron unirse al motín-revuelta-okupa. Sureñxs unidxs jamás serán vencidxs.

A los 10 minutos el sistema se derrumba o, más bien, desaparece. El chofer encendió el motor, ahora iba a nuestro destino. Festejamos y aplaudimos, nos regodeamos y sentimos orgullosxs por no haber desistido. En eso, aquel vocero incendiario con olor a Tonayán exclamó “eso chingá, ámonos a la Del Valle”. Le respondí “va para Caminero, don”. “Ah su pinche madre”, dijo absorto. Sí, el portavoz de nuestra resistencia luchó por la causa equivocada, una que no le pertenecía. Cuando vio que dimos la vuelta se rio y comentó “ni pedo maestro, aun así nos la pelaron, mi gente”. Eso, mamona, resistir al poder siempre es justo y necesario.

Durante el trayecto todxs nos fuimos platicando y celebrando la victoria. Habíamos tomado una unidad del metrobús, que se transformó en una máquina de guerra nómada. Ahora era nuestro barco pirata, la zona temporalmente autónoma más breve de la historia. Dice Hakim Bey: “La esencia de la fiesta: el cara a cara, el grupo de humanos que hace un esfuerzo común para hacer realidad sus deseos comunes, ya sea de comida o bebida, baile, conversación o del arte de vivir”[5]. Espontaneidad e inmediatez, camaradería y celebración; nuestra vida cotidiana se intensificó por la irrupción de lo maravilloso. Durante un breve instante, hicimos del mundo nuestra fiesta. Mi parada estaba cerca, era momento de despedirme. Teníamos que desaparecer, para eso ya faltaban pocas estaciones. Esa era parte fundamental de la estrategia. “Adiós, compañerexs de lucha, lxs tqm”, pensé. Fin.

[1] Bey, Hakim. Zona temporalmente autónoma. Pepitas de calabaza ed. España. p. 92.

[2] Ibid., p. 111.

[3] Ibid., p. 148.

[4] Ibid., p.90.

[5] Ibid., p. 102

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