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Yo soy el hombre del fin del mundo.

Y mi mujer, la mujer del fin del mundo.

Su amor, el amor del fin del mundo.

El olor de su cabello, el olor del fin del mundo.

Yo solo tengo una idea vaga del fin del mundo:

alguien por primera vez soñará con libélulas

o alguien tomará por última vez una foto familiar.

El fin del mundo es ese familiar feo

que hará por comparación

que todos los demás en la foto se vean también feos.

Porque, ¿es posible que alguien sea hermoso en el fin del mundo?

¿Es posible que alguien encuentre belleza?

¿Que alguien en la víspera del fin del mundo

se tome su tiempo para ir a caminar al bosque?

¿Aún tendrá sentido recoger moras silvestres?

¿Tomarse una selfie en un sendero luminoso?

A todo esto, ¿a quién le importa?

¿A alguien le quita el sueño este asunto?

¿Alguien se aflige? ¿Alguien postea “El fin del mundo se acerca”?

Desde niños lo supimos:

es aceptable la idea del fin del mundo. Inevitable.

Como saber que tarde o temprano

un desconocido habría de ofrecernos un dulce.