¿Naderías?

¿Naderías?

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[…] a la fuga sobre los anchos lomos del mar.
Homero

Me hacía falta entonces discutir, hablar las ideas antes de escribirlas.
José Vasconcelos

 

Llega a molestar mucho una nadería. Como una promesa rota o el empeño de una palabra incumplida. Si alguien queda con usted en algo y del otro lado no se logra, entonces puede acudir la ira, la decepción, el enojo, la frustración, la tristeza (importan e inoportunan la gama de sentimientos, no su progresión).

En el terreno de las lecturas me vienen algunos ejemplos.

En ocasiones veo la tapa de un libro y está perfectamente conformado. La pasta es exquisita, la foto del autor no deja lugar a dudas de su entereza intelectual (casi siempre en pose de autor: con gato o sin gato pero cruzando los brazos; con un cigarro, con el nudillo en la barbilla en franca reflexión profunda); se encuentra uno con lo dicho por quién sabe que voces, que reseñaron la pieza, la compilación, la antología, expresando elogios que caben en una frase (“sin duda el mejor libro del año”, “no debe perderse este libro”, “sin duda un autor que será un clásico”, entre otras bárbaras barbas). Otras linduras son completadas por una ilustración solemne pero que atrae (como las de pensadores relevantes,

Esos desquiciados son nada más y nada menos que una red de complicidades. El crítico, el reseñista, el editor, los dueños del medio… casi siempre están ligados por alguna cadena de producción. El autor va y publica, le cobran una lana, le ven o no valor a su producto, lo trasquilan con paciencia entre que le venden la corrección de estilo y las maquetaciones. Ya hubo un gasto fuerte de disposición y de dinero entre los primeros involucrados. Y conste aquí que no se toca el esfuerzo (muchas veces de años) en el cual el escritor o escritores, formularon el manuscrito. Y toca a los resultados de una investigación, como a la creación de las ficciones. Pero ya traspasando el primer círculo del infierno llegan al cenáculo entre quien quiere hacer pública su obra y el que va a imprimírsela, otros personajes que van desde el diseñador, los “contactos” en periódicos y revistas, que “promueven” la obra en cuestión. El papel es como oro y hay que venderlo como diamante. Se planea entonces la estrategia de ventas.

Pero hagamos el alto correspondiente al tema del valor y del gusto.

¿Es correlativo que valga la pena leer unas cuartillas con placer de acuartillarse en ellas? ¿El esfuerzo de leer es recompensado por el volumen, por la riqueza, por la extensión? ¿La extinción de las pestañas… si me quemo las pestañas con cualquier cosa, algo he de aprender? Yo siento que hay expectativas creadas por mercadotecnias y mercadologías en torno al objeto libro que ya cuando desembolso la cantidad obligada en la librería en turno, quiero llenarlas; me han llenado de imágenes de cabeza en las cuales tomo el libro, lo acompaño con café, me siento o me acuesto y me preparo para viajar entre el trino de las lluvias y pájaros a otro mundo. Y oh… si me dejé seducir por las sirenas de la publicidad, no falla que me sienta robado.

¿Pero se aprende algo?

Las instituciones encargadas de la difusión cultural o de la educación (privadas y públicas), del pulimento del salvaje al ser humanizado, se ocupan de tácticas para que la gente lea, por número de minutos o de páginas. “Y con esto dejará de ser un bruto.” No hay garantizado nada en cumplir con las recomendaciones propias y ajenas de las directrices de los magistrados del fomento a la lectura. Viene a bien decir que ciertos individuos caemos en el pozo de “lee lo que sea que algo te dejará”, “acaba el libro, termínatelo”; y uno se siente como la niña que detesta la sopa y por dictatorial mandato, “no puede dejar nada.” ¿Quién avienta a un lado el libro que se aprendió pero a detestar le-yén-do-lo?, ¿somos los menos quienes en la vida odiamos a ciertos autores que al paso de los libros nos han ido conquistando con espejitos? Yo tengo varios, desde el que me gustaba porque aprendí a quererlos por sus personajes e historias, y al final me encontré con sus maestros, hasta los escritores que se van diluyendo, con su talento y ejemplo, cuando escriben por escribir, por no dejar el espacio, por ocupar el sitio ganado por premios, reconocimiento, becas y socialización en los círculos “precisos” con “la palabra perfecta.” Del odio se pude pasar al amor, que no se diga lo contrario, entonces, están los imprescindibles.

Si se atascó en el lodazal de los libros-mercancía, o inmunizó contra la lectura por sentir la presión del cañón del lomo de un libro en la sien (por la escuela o por aspiracionismo transnacional), existen soluciones: una de ellas, tal vez la más importante, es asistir a quien llaman clásicos. ¿Pero cuáles? Los que no nos venden en los canales clásicos. Esos verdaderos “mejor vendidos” desde hace siglos. No los inmediatos, no los que “han llegado para quedarse” que con trompeta se anuncian en escaparates, en la mesa de novedades, bajo el auspicio millonario de una campaña de comunicación. Están presentes, no se esconden, están a la vista, en montones de ediciones. La intuición literaria, que no sólo sirve a quien un día escribirá, conduce a los afluentes de la literatura que pega con mazo en el pecho dejándonos sin aliento. ¿Paradoja? Decía el maestro Alfonso Reyes que el libro que importa es el que nos orilla a responderle (no lo dice así pero así yo lo regurgito). Podemos desquiciarnos y hacer algo al respecto de quienes nos decepcionan con sus obras, pero qué mejor que sea con quienes nos hacen sentir amor y admiración. Hasta para las peleas hay que agarrarse de un buen rival. Que nos enseñe el maestro, no los aprendices vestidos de toga académica o los modistos que parecen pasteleros; los maestros son dóciles corderos, porque están a la espera de ser leídos inclusive sin ser comprados, en algún librero propio o ajeno (aquí es donde se respeta robar); en cambio los mercaderes de la palabra son aborregados lobos que trasquilan y desaparecen para ser olvidados.

¡Beeeeeee! O mejor, “leeeeeee”… que la nadería es pasar los ojos por palabras, y no es nadería posarlos por el enigma de los signos acomodados por un caballo de bellas crines, “desatadlos de los carros y echadles el pienso”. Sobre el lomo de un caballo es posible también galopar escribiendo, leyendo, domeñar a la bestia que nos puede entrelazar con el animal que piensa y siente al mismo tiempo. ¿Un centauro es el jinete de sí mismo? Y sin embargo… galopa.

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