Nivel cinco

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Borré el historial de mensajes, apagué mi pulsera comunicadora y me dispuse a salir de la cafetería. Para qué seguir ahí si la persona con la que me había citado acababa de cancelar. Aunque leí varias veces aquellas líneas, seguía sin poder procesar que no vendería tan fácil mi pequeña propiedad. Me sentí avergonzada por ser ingenua, por creer que un portal sería un aliciente para la venta del departamento. Ulrik me había advertido que esos pasajes ya no eran una novedad. No le hice caso a mi novio y lancé el anuncio, confiada en que podía convencer a los clientes con historias fascinantes, aunque tuviera que inventármelas. “Se vende departamento en el piso 284, nivel cinco, con un portal propio en una de las habitaciones. Precio a tratar”. El pago que pedía era 15% más de lo que valdría un departamento común en esa zona. Era arriesgado, pero pensé que podría llegar a un acuerdo y hacer una pequeña rebaja. Además, su valor emocional era incalculable; se trataba de mi herencia, construida por dos generaciones anteriores a la mía.

Cuando entramos en la nueva era, en la de la esterilización forzada, la abuela Naty solo procreó a mi madre. Junto con mi abuelo, aportaron el salario de toda su vida para dar el enganche del departamento. Al llegar a la edad obligatoria, mi madre debió unirse a un compañero que tuviera las posibilidades económicas de contribuir para el pago de la propiedad. Un anuncio la llevó a encontrarse con un joven cuyos padres habían escrito que tenían una dote y buscaban una esposa para su hijo. Se comunicaron. Hicieron cuentas y podían cubrir un buen porcentaje del costo faltante. Llegaron a un arreglo: todos habitarían en el mismo departamento y quizá, en unos 20 o 25 años más, podrían terminar de pagarlo.

Cuando llegué a este mundo, vivíamos seis en aquel piso, situado en lo alto del nivel cinco. Para ese entonces, la madre de mi padre ya había cumplido su ciclo de vida y fue dormida por “compasión”. Al pasar del tiempo, cada uno de mis abuelos se entregó al sueño eterno, excepto la abuela Naty. Mientras crecía, mis padres trabajaron turnos dobles para pagarle al Estado lo más rápido posible la deuda de la vivienda y dejarme asegurada mientras encontraba un compañero.

Ahora que era la dueña, esperaba poder convencer a aquel sujeto de comprar el departamento, pero ni si quiera tuve oportunidad de contarle nada. Me recriminé el no hacerlo en el momento en que mostró interés, pero pensé que si se lo decía en persona, podía ser más atractivo. Obviamente, no le contaría que descubrimos el portal debido a que mi abuela cayó una vez por accidente. En aquella ocasión, tardó solo unos segundos en regresar; cuando lo hizo, su piel y sus mejillas lucían más relucientes. Portaba un atuendo extraño y nos contó que había estado en otro universo por varios meses. La abuela Naty narraba que en aquel planeta, llamado Teturux, solo había mujeres que se habían emancipado y lograron crear su propia sociedad. El brillo en sus ojos alcanzaba un esplendor máximo cuando recordaba que en Teturux no había edificios ni departamentos que pagar con el trabajo de varias vidas. Confesó que no tenía muchas ganas de regresar, pero el remordimiento de dejarnos solas la hizo volver. Mi padre había tramitado un permiso especial para formar otra familia. Y como hombre, tenía derecho a ello, si se trataba de una mujer más joven y de un nivel mejor. Así que se fue a vivir al nivel cuatro, sin obligaciones con su pasado porque yo ya era mayor de edad.

Muchas veces la abuela intentó regresar a Teturux, pero el portal la llevaba a otros sitios, incluso una vez la dejó en un restaurante, a unas calles del edificio. A poco de llegar el momento en el que debía ser dormida, la abuela entró al portal. Antes de despedirse nos dijo que tenía fe en que esa vez sí llegaría al añorado planeta. No la volvimos a ver nunca. Quizá mamá hubiera podido hacer lo mismo de no haber muerto tan joven y tan agotada por el trabajo.

Cuando el posible cliente se comunicó para pedir información del departamento, me contó que vivía con su esposa en el nivel dos y que eran fanáticos de hacer excéntricas y exclusivas fiestas, así que pensó que un portal podría ser un buen entretenimiento para sus invitados. De inmediato, le transferí un video. Respondió que, a pesar de parecerle muy pequeño, lo compraría.

A Ulrik le sorprendió que la venta fuera tan fácil; insistió en que le propusiera al cliente firmar el contrato lo más pronto posible. Entendía su nerviosismo. Teníamos varios meses planeando unir nuestros capitales y vivir juntos. A diferencia de mi madre y mi abuela, yo había elegido a Ulrik porque lo amaba y él a mí, a pesar de mi origen. Al principio, sus padres no estaban de acuerdo con nuestra relación. Si ellos eran nivel tres, esperaban que la siguiente generación los superara. Ulrik tenía estudios universitarios, yo no, quizá nuestro hijo no llegaría al nivel dos, pero nuestro nieto sí; y eso sería un verdadero logro, la mejor posición a la que un ciudadano podía aspirar, porque en el uno solo estaban los gobernantes y los dueños de grandes empresas.

Durante el trayecto a casa le di muchas vueltas a la idea de cómo anunciar de nuevo mi departamento. Con los ojos anegados en lágrimas no pude escribir y encendí el micrófono de mi pulsera para grabarle un mensaje a Ulrik. Necesitaba verlo, abrazarlo, llorar en sus brazos y que me dijera que todo estaría bien; que aunque tuviéramos que esperar un poco más, estaríamos juntos.

Me recosté en la cama esperando que él llegara. En algún momento me quedé dormida, porque ya era de noche cuando abrí los ojos en medio de la oscuridad. Ulrik no estaba ahí. Revisé mi pulsera y tenía un videomensaje de él. Me decía que lo perdonara, pero que no podía esperarme más. Sus padres lo estaban presionando para unirse con una chica de su mismo nivel. De no hacerlo, le revocarían todos sus derechos. Se despedía con un “te amo” que me dolió por su falsedad. Si mi novio hubiera desafiado a sus padres, podría haber vivido conmigo en el nivel cinco, trabajaríamos como empleados de los sectores más bajos, pero nos tendríamos el uno al otro. Yo sí lo hubiera elegido a él por encima de todo.

Maldije, pataleé, grité hasta quedarme sin fuerzas. Empezar de nuevo, a mi edad; tendría que conocer o contactar a alguien. Una mujer no podía tener una propiedad solo para ella, estaba estipulado que era un desperdicio de espacio. Si no me unía a otra persona en los próximos meses, iría al edificio común, con otras mujeres que se habían quedado “solas”, a trabajar todo el día para el Estado.

Después de varios días sin salir de la cama, hice a un lado el librero que tapaba el portal. A ratos me paraba frente a él, como quien se coloca a la orilla de un risco; cerraba los ojos y soñaba con lanzarme. Me sacaban de mi fantasía las insistentes llamadas y mensajes de la oficina de Bienestar Social que me exigían presentarme. Entendí que Ulrik había informado de nuestra separación. A las dos semanas, recibí el último aviso. No más citatorios, la visita era inminente.

Escucho los golpes en la puerta. Poco a poco se vuelven más violentos. Me dirijo a la habitación del portal. Percibo que la puerta cede. Pisadas fuertes avanzan por el pasillo. Cierro los ojos, concentro todas mis energías en la imagen de la abuela Naty y en el deseo de llegar al lugar correcto.

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