Columnas Contrapuntos entre Alfonso Reyes y Chabelo 

¡No puedo ver mil 8 mil series!

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Yo también he acudido al dicho “en gustos se rompen géneros…” para evitar confrontaciones innecesarias. Pero es falso. Sí hay obras mejores que otras. En tiempos de diversidad, nos da miedo admitirlo (y es comprensible) porque nos parece que aceptar una norma estética implica aceptar cualquier otro tipo de normatividad. El temor es a caer en una actitud reaccionaria y nostálgica, según la cual ciertas producciones fijadas en un canon pasado son siempre superiores, tememos recaer en la obsoleta distinción de alta y baja cultura. No voy a afirmar aquí la existencia de una sola norma. No tengo autoridad para hacerlo, ni está la época para intentarlo. Sin embargo, reconocer la posibilidad de que un texto posea más valor que otro debe considerarse una forma de resistencia.

Tras la colonización mercantil del espacio, el mundo capitalista ha emprendido la colonización del tiempo privado. Y lo ha logrado muy bien. Seguramente le ha pasado, querido lector, que en una conversación sobre series televisivas se siente ignorante por no estar al día con las últimas novedades de Netflix ¡No es su culpa! La causa es la sobreproducción de mercancías para el entretenimiento. Aunque, debemos aceptar: no es del todo malo que haya tanto en los catálogos. Hay ahora mayor difusión para artistas independientes que en los años 70 no habrían podido competir contra los Beatles. Pero tampoco somos ingenuos, sabemos que un bostezo de Ariana Grande se reproduce mucho más que un son de Yolotecuani.

No es nuestra culpa si no estamos al día con el atascadero de series y películas y canales de YouTube y TikToks. Y, bueno, cada quien decide qué consume o en qué tiempo…pero…los contenidos digitales generan conversaciones y uno no quiere perderse de las conversaciones, entonces hay cierta presión para actualizarnos, ver las series que ven los amigos, la familia, compartir emociones, la expectativa por el capítulo final de la temporada, entender los memes, viborear los inadecuados vestidos de Carrie en la nueva Sex and the City… El mercado tejió una trampa: si no hay jerarquías, si ninguna película es mejor que otra, si todo se vale y vale todo, entonces todo se puede vender. Y caímos.

Para cada consumidor, un producto distinto. Falso. La mayoría de los productos son el mismo. Sólo hay diversidad en las grandes categorías (a las que comúnmente se les denomina “géneros”). Esta crítica ya nos la sabemos: el consumismo genera necesidades falsas. En el caso de artículos de consumo, la competencia se ha justificado porque, supuestamente, la diversidad de la oferta se debe a la búsqueda de calidad. Todos sabemos que la Coca-Cola es mejor, pero a lo mejor hay alguien por ahí al que le gusta el sabor a lápiz de la Pepsi y si, de pronto, hay un escándalo porque encontraron una rata muerta en una lata de Sprite, podemos cambiar a Seven-Up por un rato, en lo que el CEO de Coca pide disculpas. Ahora, si lo tuyo es apoyar los productos nacionales, pues eliges el extraño sabor seductor de la Red Cola.

No obstante, en el caso del arte (o lo que debiera ser arte) para las masas la cosa se complica porque la calidad obedece a distintos factores, entre ellos el gusto, la identidad, la edad, la ideología, la ética, etc. Son características más abstractas que las de la fórmula de la Coca. Una serie de Netflix no puede etiquetarse con el contenido calórico que indique el nivel de homosexualidad aceptable para un partidario del PAN. Los displays de la pantalla te advierten que hay consumo de drogas o contenidos sexuales y palabrotas, pero eso sólo sirve para evitar un par de demandas, no tiene relación con la calidad o el gusto.

¿Cómo hacerle? El mercado ya se la sabe.

Una tendencia en el reino de las masas ha sido identificar un supuesto pop de altura o, simplemente, pop clásico: una cultura alta dentro de la cultura pop. Abundan aquí las referencias a “grandes íconos” de la industria y se toma a los blockbusters del siglo XX como modelos ideales a partir de los cuales se juzga si un producto nuevo es aceptable. El pop clásico parte del supuesto de que hay valor en lo que solía denominarse “cultura baja” y, por lo tanto, tildaba de elitista a la supuesta “cultura alta”. Pero, eso sí, se pone moños cuando se habla de reguetón.

Aunque ya no exista la burguesía a la decimonónica, esta incomoda contradicción del pop clásico lleva todo el sello del burgués que se ajusta a lo que mejor venda: decir que dentro de la cultura baja hay un estrato superior es lo mismo que defender los discursos de odio a nombre de la libertad de expresión ¿Te opones al elitismo, pero fundas una élite dentro de lo diverso?

Entonces nos encontramos con el problema: por un lado, descubrimos que la diversidad absoluta nos ha hecho (otra vez) víctimas del mercado que todo devora; por otro lado, si defendemos un canon dentro de lo no-canónico reproducimos un elitismo antaño que, francamente, ni a burgués llega (es, más bien, como un refrito chafón del élitisme del gentleman).

A continuación, una posible respuesta al problema que, a la vez, puede servirnos de guía para saber qué series y películas vale la pena ver y cuáles no. Asimismo, esta vía no atentará contra el ideal de diversidad, pero tampoco será lo suficientemente ingenua como para aceptar cualquier porquería. Propongo un orden numérico para facilitar la explicación, pero esto no impide alterarlo o simplemente ignorarme:

 

  1. Aceptar que hay grandes obras de arte. Y posiblemente las podamos encontrar en cualquier lugar (no sólo en Occidente).
  2. No sólo consumir productos para las masas, también echarle un ojo a lo independiente y, desde luego, apoyar las producciones locales, las de comunidades que no tienen apoyo de los grandes emporios-imperios, etc.
  3. No ponerse tan indie, ni tan burgués como para negar la posibilidad de que la cultura de masas puede tener cosas chidas.
  4. Ya entrados en las producciones masivas: de antemano, reconocer que la mayor parte de esta sección de la cultura está construida de puros refritos que reproducen fórmulas y suelen apropiarse de culturas no hegemónicas.
  5. Descartar los refritos e identificar el origen de cada fórmula. (Lo cual implica reconocer que, antes de volverse fórmula, alguien produjo un verdadero hito y por eso todos lo imitan.)
  6. Rastrear la evolución de los hitos.
  7. Si hay tiempo, ver las reproducciones de la fórmula para quejarse.
  8. Encontrar la película que represente la siguiente etapa del género o sus ramificaciones. (El nuevo hito.)

*Recordar siempre que un artista (músico, director, guionista, escritor, etc.) ocupa un lugar en una cultura específica y, cuando pretende hablar desde otro sitio, no sólo está siendo irresponsable respecto a su propia situación, sino que está invadiendo el espacio cultural de otros.

Se sugiere ponerlo a prueba con alguna de las siguientes opciones: El Señor de los Anillos vs todo el cine fantasy; el cine de súper héroes; los sitcoms; la telenovela de tema empresarial; las biopics.

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