Nuestra relación con Ralph

Nuestra relación con Ralph

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Y aquí, junto a ustedes, otro café.

Me es preciso decir algo, en nuestro espacio, porque no lo olviden: somos voz. Y el tema, por supuesto, debe avanzar: me gusta que se detuvieron, que se enfrentaron y se confrontaron con su propia historia de vida. Las prácticas, sí, las prácticas. Ésas no cambian de la noche a la mañana, y no esperamos que cambien ante circunstancias que no conocemos, ante sentidos que no escuchamos. A mí la crítica me llegó tarde, es decir, andaba despistado. Afortunadamente sufrí un espasmo, en un sentido muy preciso, ése que da Pau Luque en ‘Las cosas como son y otras fantasías’. El disfraz pasó a ser mi eje de reflexión y la imaginación permitió un choque con mi propia historia de vida. Hice cambios desde que tomé la decisión de sumergirme en el tema: la industria, el consumo alimenticio, la experimentación… y tanto más.

A ver, la bandera la llevan activistas, abogados, quienes toman la decisión de transformar sus prácticas de manera consciente y reflexiva. Son, en suma, el motor de lucha, porque habitan en la práctica, en el choque (en un sentido también muy específico, el que da Chesterton al hablar de la revolución). Han logrado rescates, cambios de comportamientos, incluso modificaciones en la práctica jurídica y el aprendizaje. No obstante, la reflexión debe continuar y sí, posicionarse a partir de argumentos que permitan entender qué está en la discusión y la importancia del tema.

Seguramente, no lo dudo, sus pensamientos se han inundado de muchas preguntas, porque esas preguntas también me han quitado el sueño: ¿quién dijo que podíamos hacer uso del otro como objeto? ¿por qué es permitido experimentar con animales? ¿existe placer en la tortura? ¿por qué me siento mal cuando me enseñan el sufrimiento del otro? ¿es válido que se me enseñe el sufrimiento del otro? Y, en otro sentido, quizá más complicado, podríamos preguntarnos: ¿acaso deben tener derechos los animales? ¿existe una obligación moral con respecto a otras especies? ¿el Estado tiene obligaciones jurídicas y morales con los animales? ¿es lícito que se me juzgue por mis prácticas y mi consumo? ¿tengo deberes y obligaciones con otras especies? ¿pueden ser acaso sujetos de derechos? ¿bajo qué términos y razones debe fundamentarse mi relación con otras especies?

Bueno, habría que decir en definitiva que el tema, bajo la lógica del argumento, no es sencillo, pero sí muy necesario. Y aunque se sorprendan, existen posicionamientos muy fuertes en sentidos muy opuestos, porque de un lado hay un Fernando Savater, un Roger Scruton, un Víctor Gómez Pin, que abogan o justifican la tauromaquia o la caza; y, por otro, un Jeremy Bentham, Tom Regan, Peter Singer, Martha Nussbaum, Úrsula Wolf, Jesús Mosterín, Jorge Riechmann, Sue Donaldson y Will Kymlicka, entre tantos más, que de una u otra forma han reflexionado y se han posicionado a favor de un cierto bienestar con relación a los animales… pero, ¡esperen! La cosa es más complicada que esto.

Visto de esta forma parece que la discusión no tiene mucho sentido, ¿verdad? Porque, ¿quién estaría a favor de la matanza y tortura por un premio que se materializa de diversas formas (trofeos, fotografías, reconocimientos, inclusive ámbitos estéticos)? Lo cierto es que la discusión, si vamos con cuidado, está o se mueve, al menos gran parte de ella, en la noción de humanidad. Ejemplifiquemos esto: ¿cómo puede existir un contrato con un-otro que no puede pactar? Es decir, puedo acordar no hacer daño solamente si el otro pacta lo mismo, pero… ¿cómo pactar con alguien que en principio no es reconocido como otro? Bajo estos argumentos se moverá, por ejemplo, Adela Cortina, quien pone como eje central la noción de dignidad. ¿Acaso las otras especies tienen dignidad? Porque, a ver, si alguien decide pintarme de colores y me deja sobre una acera, además de dañar y vulnerar varios de mis derechos, lastimaría mi dignidad, ¿sucede lo mismo con las otras especies? Si se dan cuenta, la noción de humanidad permea en el fondo: ¿qué cualidades y características son humanas?

El escritor español, Fernando Savater, argumentará que no pueden existir juicios y valoraciones éticas para con los animales, porque éstas, según él, son propiamente humanas. Y sí, Mosterín vendrá a hablarnos del especismo, y mantendrá una postura de rechazo ante tal idea. Recordemos que su participación fue fundamental en 2010 ante el Parlament de Catalunya para la prohibición de las corridas de toros; sin embargo, los correbous siguen estando presentes. Estas cualidades que, a lo largo de la historia, han permitido que las sociedades avancen, son fundamentales: pensemos, por un momento, en las poblaciones que han sufrido de manera extrema y que han adquirido un estatuto político que les permite legitimidad. No hay que ir muy lejos, el trabajo de Judith Butler, por ejemplo, para extender la legitimidad de las mujeres en el ámbito político; o bien, Bartolomé de las Casas abogando por una concepción humana en el siglo XVI con respecto a la población india o los esclavos. Pensar, por lo tanto, en categorías y conceptos como la libertad, la igualdad, el derecho, la dignidad, permiten que puedan existir sociedades que en su desarrollo intenten alcanzar lo que Rawls llamó una sociedad bien ordenada, es decir, justa.

No se piensa, en este sentido, en la utopía política que imaginaron Sue Donaldson y Will Kymlicka; o bien, en que las especies tengan una especie de voto y acudan a un tipo de escuela, sino, en sus derechos: a la vida, a la libertad, y a la no tortura, como vendrá a abogar el proyecto Gran Simio. Por lo que la pregunta de nuestro deber con las demás especies se vuelve fundamental. Habría que aclarar, también, que no todas las ideas desarrolladas a favor de los animales conducen a un buen camino, porque, si pensamos en Úrsula Wolf, podemos encontrar una idea de bienestar que no logra cubrir aspectos básicos del cuidado, el respeto, cariño y empatía: se vuelven, en este sentido, animales de compañía, meras especies que nutren una deficiencia social.

Si vamos, por otro lado, a la idea de Tom Regan con respecto a los animales como pacientes morales, podemos observar que descuida fundamentos esenciales que dan la posibilidad del uso de éstos para seguir justificando una primacía del humano sobre lo demás: tienen un falso estatuto político ante la sociedad. Aquí surge otra pregunta, ¿es suficiente con que se les reconozca como seres sintientes? A mi parecer no, no basta. El reconocimiento del otro como ser sintiente no lo vuelve sujeto de derechos ni legitima su existencia en la esfera pública, porque no le son reconocidas una serie de cualidades que permitan mantener una existencia activa en la sociedad, porque, a ver, ¿porqué algunos estados reconocen que las prácticas de tortura deben ser penadas, pero existen exclusiones como los rituales y las prácticas culturales que conllevan tortura? De hecho, el término que más se usa dentro de la esfera es ‘maltrato animal’, pero habría que reflexionar si esta categoría logra cubrir todo el daño que sufre alguna especie en particular bajo una práctica específica: peleas de gallos, el festival de Yulin, el uso de caballos y burros para jalar carretas de basura, y un largo y triste etc., donde no existe una protección que cubra un sentido de justicia.

Tiene que dejar de ser tan amplio el espacio entre lo teórico y lo práctico, o bien, entre los fundamentos racionales, morales y éticos con los aspectos subjetivos, afectivos y simbólicos: las historias de vida, así como los sentidos expresados en ellas, deben ir ligados a las prácticas jurídicas políticas que permitan una argumentación a favor de sociedades justas que puedan aspirar a nuevas relaciones globales para el desarrollo de derechos verdaderos y no de consensos que lastimen y se posicionen en determinadas prácticas que conllevan tortura: desde ámbitos culturales hasta la industrialización intensiva.

Sin duda, nuestra relación tiene que modificarse, pero ésta debe ser a través del desarrollo de la práctica y la razón: no es posible, a su vez, este objetivo sin las demás voces. Es, solamente, a través de los otros que podemos alcanzar los argumentos necesarios para el cambio, y entonces sí, caminar con más fuerza. El trabajo realizado por quienes se posicionan en un cuidado y protección hacia otras especies es más que fundamental, pero debe ir acompañado del ejercicio práctico realizado por activistas, abogados, y quienes día a día se cuestionan y modifican muchos de sus hábitos y conductas: el diálogo, aquí, permitirá que sigamos encontrando razones que puedan ser llevadas a los parlamentos, a las instituciones jurídicas y al ámbito social para ir deconstruyendo la noción de humanidad como centro de la esfera ética y moral.

Ya, por último, les dejo una cita que aparece en Fronteras de la justicia: consideraciones sobre la exclusión de Martha Nussbaum:

En el año 55 a. C., el dirigente romano Pompeyo organizó un combate entre seres humanos y elefantes. Rodeados en la arena, los animales se dieron cuenta de que no tenían esperanza alguna de escapar. Entonces, según Plinio, empezaron a <<suplicar al público, tratando de ganarse su compasión por medio de gestos indescriptibles y llorando por su situación con una especie de lamento>>. Los asistentes al espectáculo, movidos por la lástima y el enfado ante el sufrimiento de aquellos animales, se alzaron para insultar a Pompeyo, sintiendo, según escribió Cicerón, que los elefantes tenían una relación de comunidad (societas) con la raza humana.

 

 

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