Partir hacia…

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Hola a usted. Hace unos dos meses que se desvaneció de forma definitiva la luna, ya debe estar al tanto con tantas abrumadoras noticias. La verdad es que yo también pasé desapercibida la novedad, igual que muchísimas personas. Hicimos chistes al respecto y bromeamos con su reemplazo artificial, hay quienes aún lo siguen haciendo. Quizás China o Estados Unidos logren crear una nueva. Se creía que el satélite era necesario para la vida terrestre, pero no fue así. Su ausencia no causó mucho impacto entre los seres vivos. Admito que no fue muy interesante para mí saberlo o no, hasta hace tres días.

Al levantarme de la cama lo noté: hay pedazos de mi espíritu cayéndose de mi cuerpo. Es un poco extraño de imaginar, así que permítame explicarle. Usted tiene una ventana en su cuarto que se ilumina con los primeros rayos del día, me imagino. Pues bien, mi espíritu se siente como si esos rayos de sol, así de brillantes, pudieran sostenerse en la palma de la mano. Están tibios y son suaves, los sostengo hasta que se desvanecen progresivamente. Es como tener en la mano algodón de azúcar tibio, con algo de brillo, y que desaparezca lentamente.

El primer día que lo noté pensé que estaba alucinando, porque nunca había visto algo así en mis sábanas, tomé un puñado entre mis manos y… adiós. Se hizo nada. Ese mismo día me sentí decaída y sin ánimos. Intenté seguir mi rutina, pero no era lo mismo, me sentía infeliz y desganada. Creí que era algo normal, quizás por mala alimentación o falta de sexo, pero no. Porque el segundo día, es decir ayer, cuando me senté en la cama sentí que a la altura de mi espalda algo caía. Me levanté y vi una especie de charco sobre el colchón. Esta vez más grande y más refulgente. Y en ese momento fue que la ausencia de la luna vino a mi mente. Cuando mi espíritu desaparecía entre mis sábanas me di cuenta que de algún modo absurdo y ficcional, estaba conectada a la luna.

Por un instante se me pasó por la cabeza salir a la calle y gritar lo que me estaba pasando, pero no tenía fuerzas para hacerlo, o ganas. Antes de comenzar a escribir esta carta he caminado un par de cuadras alrededor de mi casa y lo único que logro sentir son los latidos insípidos de mi corazón vacío. No puedo sonreír ni llorar más. No tengo sensaciones ni emociones. No siento que los ojos me brillen. Me castiga la ignorancia, el no entender por qué razón me estoy yendo. Intenté tomar algo de valor, fuerza, o voluntad y hablar con mi madre, pero cuando me senté a la mesa vi que estaba igual que yo. Y no me importó. Salí afuera y nos vi a todos, inertes. Entonces comprendí que debía hacer una oficial despedida.

Creo que todos nos estamos yendo. Quizás sea un apocalipsis pasivo. No sabría definir muy bien qué es lo que nos está sucediendo. Sólo puedo esperar que a usted que está del otro lado no le suceda lo mismo, o al menos encuentre una explicación, o una cura para esta dilución espiritual.

Collage por Mario Galván. Pueden ver su trabajo en nuestra sección Jarrito de Barro.

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