Pescado por historias

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Comienzo a escuchar en el transporte público, mientras trato de leer sobre asesinatos de travestis en Chiapas durante los años 90s:

—Pásame el poema del niño.

Es una mujer robusta, morena, brazos tatuados, con un corte estilo mohicano pintado de rubio cenizo, de unos cincuenta años, que entabla un diálogo con quien pareciera ser su hija, con similares características pero con el pelo largo.

—Me lo enviaron pero se borró. Qué lindo.

Gracias a que a la mujer de la mohicana no le importa quién viene la misma pesera, nos enteremos de que se refería a una grabación de un niño en un festival del Día de las Madres donde expresa su “eterno” amor a su “mamita” con un poema armado con puro lugar común y melcochoso.

Trato de volver a mi lectura y me maldigo por no salir de casa con mis audífonos y mi reproductor arcaico de MP3. Víctor Ronquillo, el autor de mi libro, literato a quien el oficio del periodismo “salvó la vida” me espera para que descubra qué paso en el estado sureño de México en una ola de asesinatos “a la manera de los temibles escuadrones de la muerte”.

—Te quieren hasta que llega una pinche vieja.

Es la reflexión que lanza la señora de la mohicana a ¿su hija?, ¿a las personas dentro del transporte?, ¿a mí y al chófer que somos los únicos hombres en la camioneta? ¿Al niño futuro que acaba de deleitarla con un ¿poema?

—Pinches hombres, casi todos son unos pendejos.

He perdido el hilo de las primeras páginas de la investigación periodística tramada “con los recursos de la narrativa”, otra historia, otro momento, el presente, me roban la atención. Me involucro (¡me involucraron!) de nuevo en algo que siempre anhelo: algo para contar.

**

Existe algo que quien quiere escribir tiene que cultivar… o no. Es leer mucho para que un día salte un tema, algo que nos diga “¿me cosificas?”, como leí en un reciente meme. Tomar al vuelo entre líneas eso y darle forma, estructura, carácter, voz, palabra, acomodo, caja, género, discurso, papel, portada, premio, olvido, es un gancho que seduce para sentarnos por horas y mover el cerebro a través de los dedos con tinta. Pero en ocasiones la irrupción de esa chispa inspirativa se presenta si los sentidos no tienen mordaza. Yo quería estudiar cómo se comprendían una serie de hechos criminales que involucraban travestis, homosexualidad, política, en la región donde brotó el neozapatismo por parte de un ex estudiante de Letras Hispánicas de la UNAM, atravesado por la actividad en prensa. Y se me presenta esto en un tránsito de camino al súper.

Mi formación actúa de inmediato, me satura la cabeza de potencialidades. Puedo tomar el diálogo de la mujer con la mohicana y su hija para hablar de cómo algunas mujeres califican y promueven las actitudes machistas, cómo las mismas no tienen género. El machismo, la misoginia no son exclusivas de un sector de la sociedad, como tampoco son generadas y alentadas por quien se esperaría que las ostentara. Pienso en la pertinencia del tema dadas las circunstancias en las cuales estamos inmersos en estos días en México. Ya no en un estado, al parecer para infortunio de todos, en el país entero. Medito no colocar signos que simbolicen equívocos tales como: la mohicana, el tatuaje, el pelo teñido, la piel morena, para que ciertos lectores “sumen” los elementos y me señalen como clasista, machín, misógino. Y justo caer en lo que estoy en contra.

Pero también me sirvo de lo que observo en el libro de Víctor Ronquillo y que se podría criticar desde nuestra época. Hay párrafos donde algunos luchadores por los derechos de la comunidad trans brincarían para aclarar que no todos los trans son homosexuales, sino que el abanico del género la mayoría de las veces no coincide con identidad de género y prácticas íntimas. Etcétera. Pero es precisamente rico atender a un texto que puede ser analizado hoy como documento para discutir conceptos, tratamientos, discursos, algunos superados, otros por reelaborar y varios más por desmenuzar a la luz de lo que Kant planteó:

“La experiencia es, sin duda, el primer producto de nuestro entendimiento, cuando él elabora la materia bruta de las sensaciones sensibles. Precisamente por eso, es la primera instrucción, y, en su progreso, es tan inagotable en nuevas enseñanzas, que las vidas concatenadas de todas las generaciones futuras no sufrirán nunca la falta de nuevos conocimientos […]” (Introducción a la primera edición de Crítica de la razón pura de Immanuel Kant, FCE, 2009).

***

El remate de la mujer con la mohicana en la pesera fue contundente para mí y mis concepciones sobre cómo y de qué manera abordar desde lo literario (y no sólo desde este horizonte) el asunto del machismo y la misoginia difundida por algunas mujeres:

—Hay hombres que piensan que el Día del Padre no es suficiente para darles regalos. Pero esos regalos deberían dárselos a los padrastros que se encargan de sus hijos, y hay regalos del Día de las Madres que tendrían que ser para las abuelas que cuidan a los hijos de muchas.

La hija escucha a su madre con atención. Es indudable que conoce su rencor alimentado por años de experiencia y entendimientos propios. Aporta:

—Ya ves a Jenny…

—Ey, a ella sí le fue bien.

El complemento de la mujer de la mohicana pretende ser monolítico:

—Su marido sí se encargó de sus hijos y ni suyos son. Le va bien, tiene su carro y la lleva a ella y a sus hijos a Acapulco. Además es bonita.

La hija de la que trae la mohicana termina:

—Ey. Es muy bonita.

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2 thoughts on “Pescado por historias

  1. ¡Enhorabuena, Rodrigo! Por un lado, y coincido, mencionas que a partir de una anécdota real, rodeada de ficción, podemos crear una historia; por otro lado, y también coincido, la misoginia ha sido durante muchas generaciones, nutrida desde el «amor» materno. Las mujeres, en gran medida, también somos responsables del machismo. Para reflexionar.

    ¡Gracias!

    1. Muchas gracias por el comentario. Es un gusto alentar algunas curiosidades que allí están latentes frente a nosotros.

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