Pita Amor y la mariposa negra

Pita Amor y la mariposa negra

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Las mariposas negras rondaron mi niñez, a veces en una esquina, en ocasiones detrás de una puerta, y raras veces se anunciaban directo de la nada. También conocí las mariposas monarca, y otras de centellantes colores que azarosas pululaban por la huerta de mis abuelos. Pero la mariposa negra siempre ha sido ave de mal agüero, el negro de sus alas ha sido motivo extenso de pánico. Para mí nunca fue negro, era más un gris sepulcral y moteado. Al día siguiente nadie murió.

Pita Amor rondó por mi librero ya en mi dudosa adultez, a veces uno de sus libros en un estante; otras veces escondida tras los clásicos, y raras veces de vecina de Duras. No, Pita no es como Woolf, Charlotte Brontë, Plath o Zambrano… Pita es esa voz potente, aquella existencia intermitente entre cuerdas vocales; es su propia “envoltura sonora” (Anzieu, 1987), baño de palabras en autopoiesis perpetua.

Soy devota de sus poemas, son mis cuencas y mis oídos, morada para soportar su torrente fúrico, su pletórico declamar. 

Devoré su novela Yo soy mi casa (1957), relato sobre los espacios, aquellos sitios habitados durante un período de su infancia (1918-1925); recuerdos arquitectónicos con la mirilla a esa niña terriblemente sola. En cada uno de esos salones, reconstruye las coordenadas de su experiencia. Cantorán (2010) considera central en la escritura de Pita, “la revaloración de lo privado” que emerge en un “proceso histórico pos-revolucionario desde la óptica de lo privado y, además, desde la visión infantil”. Pita nos comparte su perspectiva sobre la interioridad, haciendo de esto una oda al margen del canon. 

¿Pero qué representan esa casa, esos salones, escaleras y habitaciones para Pita? Para comprender la relevancia de la arquitectura psíquica de Pita me detengo en Donald Meltzer (1975), psicoanalista que pone el acento en el concepto de dimensionalidad del espacio psíquico, que está relacionado con la estructuración de la mente y una visión del mundo. Emparentado con lo anterior está su concepto de claustrum materno (1975), para dar cuenta de una geografía del cuerpo materno, donde destaca su dimensión espacial y su interioridad. Desde luego todos tenemos huellas y un registro (preverbal) de esa primera morada. Pita, en Yo soy mi casa, me transportó a mi propia casa, a una cartografía muy privada, a esos lugares dónde estar y dónde ser.

Sin embargo, en el interior de esa enorme casa, en su propia habitación cada tanto le rondaba el terror de que apareciera una mariposa negra. La Ascalapha odorata, o mariposa negra, entra a las casas atraídas por la luz, después de lo cual se desorienta. Como sabemos popularmente, asociaciones lúgubres le rondan tal vez porque su nombre deriva de Ascalaphus, horticultor del hades, o mariposa del mictlán. La asociación: mariposas-muerte-resurrección, probablemente es la que más prevalece.

Digamos que la mariposa se convirtió en el objeto de su terror. El objeto fóbico evoca el sublime horror, algo del orden de lo siniestro, de lo extraño. Desde luego lo negro en la mariposa pareciera condensar un sin número de significados: ¿la noche, la muerte, la nada, lo femenino? Se trata de aquello que quiero fuera de mi vista, pero al que no debo quitar el ojo. Es un oxímoron… Objeto de culto que hace de ligazón entre lo tangible y lo inmaterial. Entre lo simbolizado y lo simbolizante. La mariposa negra como “objeto de predilección que salva de la pura angustia pero que mantiene en la inquietud, es el objeto que libera y que tiraniza, que excita y que horroriza” (Diez, 2017). Lo anterior apela a lo que Pascal Quignard señala como meduser, “aquello que nos deja pasmados o estupefactos, este deseo que se instala en lo fascinante, tiene su contracara en la figura de venerar aquello que nos horroriza” (Moreno, 2016).

Y Pita sabía de esa angustia que la desbordaba, cada tanto se sumergía en ese claustrum de angustia, dando paso al ser verdadero. La mariposa negra hace su aparición magistral en su escritura, así en 1948 escribió Círculo de angustia:

III
Hay un eco de mi aullido,
que noche a noche me busca,
y torna mi sombra brusca,
cual espectro aborrecido.
que todo mi contenido
en la oscuridad resalta,
pues cuando la luz me falta
entro en un mundo de locura,
pierdo voz, pierdo figura,
sólo mi esencia se exalta.


Tal vez aquí se convoca a una especie de “terror sin nombre” (Bion, 1962), un miedo sin sentido, la misma angustia que la madre le devuelve al niño, sin metabolizar, sin dar un sentido. 

Y nunca la soltó la mariposa negra. Más tarde escribió su poema Polvo (1949), como reflejando aquellas cenizas de antaño:

Polvo ¿por qué me persigues
como si fuera tu presa?
Tu extraño influjo no cesa,
y hacerme tuya consigues;
pero por más que castigues
hoy mi humillada figura,
mañana en la sepultura
te has de ir mezclando conmigo.
Ya no serás mi enemigo…
¡Compartirás mi tortura!


¡
Polvo eres y en polvo te convertirás! Nuevamente el polvo ligado a la mariposa negra; en este sentido, es interesante la leyenda originaria de Badalona (Barcelona), acerca de una bruja que necesitaba mariposas para hacer sus venenos, esto desde luego proviene del mito de que las mariposas negras sueltan un polvo que puede dejar ciega a las personas.

Víctima de insomnio que siempre la atormentó, le horrorizaba la noche, la muerte. Sugiero que en realidad, le horrorizaba la aniquilación o fragmentación, ese polvo que soltaba la mariposa negra quizá lo resentía en carne propia. La mariposa negra fue esa fobia o una especie de pesadilla sin imágenes, ¿un no-sueño? Su cuerpo, sede de una niñez agitada y convulsa, perseguida por las sirvientas que la asustaban con mariposas negras. 

La mariposa negra finalmente se posa en la nada, como plasmó en Más allá de lo obscuro (1951):

V
Si penetro en el recinto
misterioso en el que moro,
cuando atormentada exploro
de mi ser el laberinto;
si obedeciendo a un instinto
escudriño mi morada,
me dice una voz helada:
“Sólo hay vacío en el centro,
y más allá, más adentro,
sola una imagen, la nada”


V
aya imagen que nos regala en este poema. Nos dibuja la nada, nos avisa que llega al centro de sí misma, a un hueco, al vacío. Ante esa Nada en el centro (Winnicott, 1959), se necesita reaccionar con gran angustia.

Una infanta mimada y deprimida que adoraba a su muñeca Conchis. Confesaba que le costaba más trabajo vivir que escribir poemas. Al final de sus días se dedicó a personificar a su muñeca Conchis, así deambulaba por las calles de la Zona Rosa, pintarrajeada y con joyería “mis alhajas son un espejismo”. El terror a la muerte la abrazó hasta mayo del 2000.

Quiero terminar con una mención de su querido amigo, José Revueltas (2018), quien dice: “Hay dos pitas, una de día, con sus vestidos interminablemente escotados, cuajada de joyas y centro de incontables relaciones amorosas. La otra nocturna, que penetra en la inmensidad del intelecto con la esperanza de hallar una verdad absoluta para luego perderse en el infinito de la nada”. Ella misma es la mariposa al acecho, así se convirtió en mito; la Pita diurna y la Pita nocturna como complemento, una al lado de la otra en esa mariposa.


Referencias bibliográficas:

  • Amor, P. (1951). Más allá de lo oscuro. En Poesía imprescindible. México: Editorial Terracota, 2009.
    ————— (1949). Polvo. En Poesía imprescindible. México: Editorial Terracota, 2009.
  • ————— (1948). Círculo de angustia. En Poesía imprescindible. México: Editorial Terracota, 2009.
  • Amor, P. (1957). Yo soy mi casa (novela autobiográfica). México: FCE.
  • Bion, W. (1962). Aprendiendo de la experiencia. Londres: Karnac.
  • Cantorán, J. (2010). “Yo soy mi casa, de Guadalupe Amor: escritura femenina al margen del canon”. Disponible en línea en: http://cmas.siu.buap.mx/portal_pprd/work/sites/filosofia/resources/PDFContent/746/003.pdf
  • Diez, V. (2017). Un sublime horror. Psicoanálisis Vol. XXXIX- n 1 y 2, pp.123-134.
  • Meltzer, D. (1975). Claustrum. Buenos Aires: Spatia Editorial, 1992.
  • Moreno, María Luz (2016). “Fascinación y transgresión en la experiencia erótica de Georges Bataille y Pascal Quignard”. II Coloquio Georges Bataille. Instituto Gino Germani, Buenos Aires. 
  • Rocha, G. (2018). “Las dos mujeres de apellido Amor”. Tierra Adentro. https://www.tierraadentro.cultura.gob.mx/las-dos-mujeres-de-apellido-amor/
  • Winnicott, D. (1959). “Nada en el centro”. En Exploraciones Psicoanalíticas 1. Buenos Aires: Ed. Paidós, 1991.



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2 thoughts on “Pita Amor y la mariposa negra

  1. La poesía femenina se engalana con la sensibilidad y postura dramática de Pita Amor. Su visión doble del mundo: de día y de noche la desdoblaron como una poeta creativa que conocía muy bien su talón débil: la mariposa negra. Coincido contigo estimada Liliana, acercarse a Pita Amor mirar la negrura fascinante de la nada.

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