Plenilunio

Desde la ventana del hotel podían verse las hogueras del campamento. Grandes puntos anaranjados y luminosos que parecían flotar en medio de la oscura mole en la que el cerro se convertía por las noches. Salvo por la cima, a la que la luna –colocada justo arriba– parecía haberle construido una corona de claridad. Marco y yo éramos los encargados de vigilar a nuestro informante, así como de esperar noticias de la unidad que estaba reconociendo el terreno. Habían pasado varias horas desde que nos comunicamos, yo comenzaba a impacientarme, mientras Marco –sentado frente a la mesita de té– jugaba solitario con una baraja que encontró en el cuarto. El otro no se había movido de la ventana desde que llegamos, observando las luces casi sin parpadear.

Se llamaba Ricardo Bemberg, era uno de los encargados de seguridad de una secta a la que teníamos varios meses siguiéndole la pista. Cuando las primeras denuncias llegaron, el departamento se dividió entre quienes creíamos en que la secta se ocupaba de lavar dinero y quienes, por otro lado, veían en las características del grupo las señales de un posible suicidio masivo. Marco se encontraba dentro de estos últimos. La cuestión es que la información que teníamos, no permitía ni rechazar ni aceptar ninguna hipótesis, tampoco se podía descartar la idea de que fuesen ambas o que no fuese ninguna.

Buscamos varias formas de acercarnos a ellos, pero eran herméticos como pocos. Tres veces intentamos infiltrarlos, enviando compañeros a las misiones de reclutamiento que tenían cada sábado por la mañana, pero fue inútil. No dejaban entrar a nadie sin antes una exhaustiva revisión de sus antecedentes. Cuando la investigación cumplió cuatro meses sin avances significativos y estaba por archivarse, fue cuando apareció Ricardo. No dijo mucho al inicio, tan solo se limitó a presentarse como el contador y a decirnos que estaba dispuesto a colaborar.

Así supimos bastante más de las actividades de la secta, sobre todo de un tal hermano Oliver. Era él quien dirigía todo, el líder espiritual y político de la secta, que meses atrás tuvo la visión de que la tierra llegaría a su fin al momento en que la luna despareciera del cielo, a lo que llamó el «Gran Evento». Según Ricardo, la doctrina del hermano Oliver decía que luego de la desaparición de la luna, los «fieles» –que era como llamaba a sus seguidores– serían llevados a un nuevo plano en el que podrían ser purificados de su paso por este mundo.

— Heaven’s Gate, el Templo Solar… — inició Marco antes de ser detenido por el jefe.

Bemberg continuó explicando los últimos preparativos, los que asegurarían a los fieles su salvación. Estaban preparando un campamento en uno de los cerros que cercaban la ciudad, ahí habían cavado algo que no podían ser otra cosa que trincheras. Tenían armas y además habían llevaron gran cantidad de dinero en efectivo y otros bienes, los cuales podrían recuperar en el nuevo mundo una vez terminado el Gran Evento. Tras varias horas en las que se detallaron todos los pormenores de la ubicación, el jefe desarrolló una nueva hipótesis. Oliver tuvo la supuesta visión, justo en el momento en que las investigaciones contra ellos comenzaron por lo que el campamento que estaban montando era una especie de operación de salvamento. La muda de los activos confirmaba que trataban de resguardarlos, mientras que el llevar a toda su congregación le aseguraba un pequeño ejército que lo defendería, así como rehenes de ser necesario. Todo calzaba, incluso en el último escenario la posibilidad del suicidio en masa no parecía descabellada.

— Hay una cosa que sigue sin quedarme clara — intervine. Marco y el jefe me indicaron que continuara — ¿Por qué traicionó así a su líder?

Bemberg volteó la cabeza. — ¿Acaso importa?

—Por supuesto. No podemos confiar en lo que dice si no conocemos sus motivos.

Dudó unos segundos pero accedió finalmente y nos contó su historia, una tan simple que me sentí tentado a no creerla. Dentro del grupo, nadie podía casarse sin una autorización del hermano Oliver. Cuando Bemberg presentó la suya Oliver le pidió llevar a la muchacha ante él, entonces «se la arrebató», engatusándola con sus palabras. Luego le dijo a Bemberg que tuvo una visión sobre su novia, en la que debía regir junto a él en el nuevo mundo. — ¡Que se vaya para la mierda! — concluyó.

La cosa tenía bastante sentido, si alguien es capaz de seducir a cientos de personas en términos religiosos, no le resultaría difícil seducir a alguien en términos sexuales. Marco y yo nos reímos de aquello esa noche, en el bar, aunque llegamos a la conclusión de qué era un motivo válido para traicionar a alguien. Con todo, se notaba que Bemberg todavía se preocupaba por la muchacha, aún estaba mirando por la ventana cuando sonó el radio.

Era el jefe, que estaba liderando el equipo de intervención al pie de la montaña. Harto de no recibir nada del grupo de reconocimiento, decidió lanzar una partida de búsqueda ante el temor de que pudieran haberles descubierto. Nos repitió la orden de quedarnos esperando ahí ante cualquier eventualidad. Yo estaba tranquilo, incluso agradecía aquella situación, la idea de agarrarme a balazos con una horda de fanáticos, en una montaña y de noche no se me apetecía nada.

Marco en cambio, molesto por perderse la acción luego de tanto tiempo invertido en investigaciones, dejó las cartas sobre la mesa y salió a fumar un cigarro sin decirme nada. Por mi parte, le hice unas preguntas, nada que no nos hubiera respondido ya, pero lo hice más con el objetivo de aligerar la espera que de sacar algo nuevo.
— ¿Cree que pueda haber enfrentamientos? — preguntó cuándo terminó.
— Usted debe saberlo, era parte de la seguridad ¿no?
— No sé qué órdenes habrán para hoy. Es la noche del Gran Evento.
— Pues sí, siempre hay cambios en fechas especiales. Pero su conocimiento previo debería bastar para decirnos si hay o no la posibilidad de enfrentamientos.
— Es solo que no sé, nunca entrenamos combate sin luna.
— ¿De qué está hablando? — dije levantándome del sillón.

Me acerqué a él y miré también por la ventana. Como si le hubieran dando click derecho y cortar, la bola que iluminaba la cima del cerro se había esfumado sin que me diera cuenta. Unos kilómetros más abajo, la luz de las hogueras comenzaba a hacerse más intensa.

Please follow and like us:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *