PLURAL ESPEJO

Retomo el paso, vuelvo a las librerías que hay en Sevilla y entre éstas, decido una vez más visitar La Casa del libro. Segundo piso, sí, sección de poesía, una sección bastante pequeña pero que es, aún así, más grande que las librerías de acá en México. Conocemos lo que va haber ahí: la poesía más conocida, los nombres plurales, todos igual, todos siempre los mismos; desde años la poesía se cree está en peligro de extinción. ¿Quién lee poesía? Me pregunto, ¿quién, fuera de los estudiantes de literatura, habrá de leer poesía? Pero dentro de todo esto yo recuerdo que mi propósito no es por ahora la poesía, sino un libro que no encuentro. De nuevo Carmen Conde hace gala por la ausencia entre los libreros, de nuevo los libros que hablen sobre esa generación del 27 son escasos.

Sin embargo, al fondo de uno de ellos encuentro un pequeño libro blanco. Surtidor¸ se puede leer en el título y la autora es Concha Méndez. Perteneciente también a ese pequeño grupo de Las Sinsombrero.

Méndez fungió como la parte más rebelde del grupo. Digo rebelde porque decidió salirse de su zona de confort; participó con demás poetas de su generación llegando a estar presente en la fundación del famoso Lyceum Club Femenino, que «impulsaba la defensa de los intereses de la mujer». Fue conocida también por practicar tenis, gimnasia y natación, destacándose en cada uno de estos deportes y después, en el exilio, que ocurrió entre México y Cuba, estableció, en el cuarto de su hotel, una pequeña imprenta que «sólo ella podía manejar».

Ante todo, habría que decir, por irónico que suene, que Concha Méndez nunca quiso ser poeta, o al menos no de tiempo completo:

Pero no es la poesía lo que más me interesa, sino el teatro y el cinema, hacia donde oriento mis pasos. 

Así lo decía y así también lo llegó a hacer. Escribió algunos cortometrajes y también algunas obras de teatro entre las cuales se encuentran: El ángel cartero (1929), Historia de un taxi y El personaje presentido (ambas en 1931).

Su poesía la reconozco más por la relación que entabla entre ella y el mar, a razón de esto recuerdo también los versos de Paz: 

El mar, el mar y tú, plural espejo

Y con ellos empezamos.

La relación entre Concha Méndez y el mar es una de mucho tiempo, desde sus inicios como nadadora hasta su abandono en barco a Londres. Sobre esto relata:

¿Qué venía yo a hacer aquí? Lo mismo que iba a hacer a Londres cuando allí me lancé en un viaje aventurero, sin recursos de ninguna clase, pero con un gran bagaje de ilusiones que aún conservo. Iba en busca de mi independencia, de mi libertad. La libertad que había de ser mi primera conquista.

En su poemario Surtidor, lo vemos a cada rato. Ahí está el mar en contacto con la voz de la poeta. Es, por así decirlo, un personaje ajeno a su canto: como si la única función de Méndez fuera retratarlo, nombrarlo. Alrededor de él se construye esta imagen poética: el mar absorto de sí, el mar que acompaña, indomable, ajeno.

Esta rebeldía, por así decirlo, podría llegar a parecer un símil con la poeta, sin embargo, no creo que tal sea el caso. Méndez que conoce bien el mar, le da su espacio. De ahí que sea el único elemento natural que, dentro de sus poesías, no obedece a un reflejo de la emoción humana: el mar es.

Demos algunos ejemplos:

En el poema «Era un día», vemos un claro ejemplo, no sólo de la sencillez de Concha, sino también de los elementos naturales que se encuentran dotados de una cierta cualidad humana.

Era un día en que unos vientos
llevaban una emoción.
Y yo la sentí quedarse
temblando en mi corazón.

Aquellos vientos que llevan alguna emoción recuerdan mucho a esa tradición romántica en donde la naturaleza refleja las emociones del poeta. Méndez, conocedora de la tradición, plantea algo similar. Los dos últimos versos, en especial, son de suma importancia: aquella emoción que llevan los vientos, pues se aleja hasta un cierto punto del paisaje, se queda en ella, la voz que evoca. No es entonces el caso de un retrato tal cual, sino un retrato con intención de asir aquello retratado: ser en tanto que se describe.

Esta posición de Méndez al describir los paisajes la podemos ver, de forma similar con otro ejemplo, como es «La Tarde».

Naufraga, lenta, la tarde.
Y van, mudas,
por el aire
bandadas de soledades
—gaviotas invisibles
en vuelo
de eternidades—. 

La tarde cayó a los mares
—azul cometa
sin luz
muerto por los altos valles…

La descripción es clara, el propio título nos lo dice. Sin embargo ¿en qué radica el ingenio de Méndez? En el cómo se nos describe. ¿Qué palabras, qué emoción, busca transmitirnos al (d)escribir como cae, entre los valles, el sol? Hay poemas que nombran, que enumeran, que describen y hay, los cuales, al contrario, buscan evocar en el lector un sentimiento: cae el mar ¿quién piensa en ello?, ¿quién, dentro de la monotonía de la vida, se detiene en ese ocaso que perfila la noche?

Pero volvamos un poco al mar, al mar de Concha Méndez ¿qué función cumple en el poema anterior? El mar, a diferencia de la tarde, a diferencia del aire, no tiene en él algún adjetivo que lo «humanice», por así decirlo, no tiene adjetivos: es, pues, mar. Las cosas que escribirá serán pues, siempre en relación a éste, nunca a partir de él.

«Mi corazón», es un poema que creo puede ayudar a ilustrar un poco mejor lo que digo. De nuevo volvemos a la sencillez tan característica de este poemario de Méndez, de nuevo volvemos al mar.

El oleaje del mar
Se lo quería llevar.

 Y yo me tiré a salvarle
(Hubo algo que temblaba
En el azul de la tarde…)

 Y el oleaje del mar
No se lo pudo llevar.

Las otras instancias en donde encontremos al mar, siempre serán acompañadas de un barco, de un navío, de algo en donde el mar quede como protagonista secundario, una sombra; algo que está ahí, ajeno a lo que la poeta describe. El mar, dentro de la poesía de Concha Méndez, es autónomo, algo que merece respeto,

El viento llevó a los mares
Un féretro de cristal.

 ¡Marinero,
Si lo ves desde tu barca
Encamínalo a alta mar,
Que él navega mi alma
Que murió por navegar!…

Sin embargo, valdría la pena preguntarnos de nuevo ¿cuál es exactamente la relación que hay entre Méndez y el mar? ¿Es sólo el mar o es, acaso, todo lo líquido? ¿es, también, el agua? Los poemas que más logran causar impresión, a mi parecer, son aquellos que brillan por la forma tan sencilla en que se nos presentan: esa sencillez que se queda tanto tiempo en la memoria, aquella que, de algo tan habitual llega a hacer algo nuevo.

Este —he de admitirlo—, es uno de mis favoritos: «Canción».

La lluvia cantaba
sobre mi paraguas

 ¿Qué evocan estos dos versos?, ¿qué gracia, podríamos decir que tiene la poeta para llamar a la lluvia un canto? Lo interesante aquí no es lo que se describe, sino lo que nos evoca. ¿No alguien había dicho que la poesía era aquel lugar donde las cosas a las cuales estábamos habituales se nos volvían a presentar de una manera diferente? «para que cada texto no sea una ‘declaración’: esto es así, sino una pregunta ‘¿es esto así?’».

Hay un poema que creo condensa todas estas cosas que aquí tratamos, un poema que puede no decir mucho pero que, a la vez, dice bastante. Al final, uno nunca sabe exactamente qué nombra la poesía, o si acaso nombra algo, pero en ello radica el goce de leerla.

Amante —escribe Concha— sólo del mar.

 Y amiga, de los luceros,
y de la Estrella Polar,
y de los Vientos ligeros
y de la Hostia Solar.

 ¡Pero
amante,
sólo del Mar!

Y ahora uno podría quedarse aquí preguntando sobre la capitalización de los elementos enumerados, o bien, leer un poco más y no preocuparse tanto por ello.

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