Por qué escribir

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Porque cuando se escribe inevitablemente se ensaya. Hace algunos años un docto extranjero de las letras mexicanas impidió que yo ofreciera un taller de ensayo. Esa institución académica cada año “devuelve algo” a la comunidad de la zona donde se asienta, para promover la cultura y el amor al estudio.

—No considero que pueda ser importante para la gente —sentenció el ¿sabio? Me enteré que dijo esto el hombre responsable del encuentro universidad-pueblo masticando el castellano con su alemán desde su púlpito, quiero decir, en medio de su cubículo.

¿Por qué dar un taller de ensayo? Porque a lo largo de nuestra formación educativa llega un día en que los maestros nos solicitan hacer un ensayo. No un resumen, no un comentario, no anotaciones… un ensayo.

Cargamos una tradición donde estamos obsesionados con que si no queda asentado en papel un conocimiento o una experiencia, esta no existe. Un trato de palabra no es suficiente, hay que escribirlo en un contrato para hacer que se cumpla; un hecho histórico si no está publicado en un paper o en un artículo, pareciera que no aconteció. Ya no digamos en el plano de lo religioso, si no está en un libro o en EL LIBRO, entonces no es digno de creerse.

Pero volviendo a los ensayos que nos piden en las escuelas para obtener una calificación, nadie se toma la molestia de decirnos cómo se hace, y mucho menos, para qué se haría. Sin embargo durante nuestras vidas en sociedad no se cansan de pedirnos ensayos.

Se solicitan ensayos a diestra y siniestra y no se detiene nadie a decir qué carambas es un ensayo. Por lo mismo tuve la ocurrencia del taller, argumentando que era hasta de vital importancia dar nociones de elaboración de ensayo. Existe el momento innegable en que en la primaria o en la secundaria o hasta la llegada a la universidad, los estudiantes son bombardeados por esta exigencia: “escriba un ensayo sobre…”. Terrorífico cuando te piden algo que no te han enseñado a hacer. ¿Verdad? Y luego se preguntan las academias por qué los mexicanos no sabemos escribir tesis. No es un asunto de nacionalidades. Es un asunto de voluntad. Cuidado de quien te diga que el mexicano es estúpido, provenga de quien provenga la apreciación. Vea la etimología de ensayo y encontrará algo llamado juicio. Y hay juicios que son prejuicios pero no ensayos.

Estas estrategias pedagógicas nos hacen detestar la hoja en blanco. Y luego, ¿quién quiere leer algo del género ensayístico en el futuro? A una gran mayoría de personas se les siembra la idea de que son tontos por no saber redactar un pensamiento, una disertación, por no lograr transmitir en palabras e ideas algo que pueda dar fe de nuestro paso por el mundo. Si algo nos han enseñado los grandes ensayistas es que el asombro puede empujar a un ser humano a reflexionar. Montaigne, Bacon, Borges, Reyes, no se cansaron jamás de entregarse a otros en un ensayo. El género que más se lee es el de narrativa, le sigue muy por detrás la poesía, pero lo absurdo es que muchos leen ensayo sin saber que lo es, y se le aborrece cuando se les cruza un libro de ensayos. Paradójico.

Pero cuando se escribe poesía, cuando se cuenta un cuento, cuando se toma la pluma detrás de lo que se coloca palabra por palaba late una forma de ver el mundo, de tener una opinión sobre lo que ocurre en la época que nos rodea. Nos atraviesan tantas cosas al mismo tiempo que escribimos dejando una marca indeleble con nuestra percepción en la obra. Todo texto que desea ser objetivo lleva dentro un sujeto, el que escribió. Buffon dijo que “el estilo es el hombre”, hoy podría decirle a aquél sujeto que llegó del otro lado del mar, que el ser humano está en quien escribe.

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