Post-humano

Todo era oscuridad en ese entonces. Luego la flama ardió incandescentemente. Roja, viva y sempiterna. La nieve reflejó su sombra solo por un breve instante de tiempo. Aquel lugar lo llamaba con fuerza, casi gritando su nombre al viento, pero no lograba escuchar nada. Con cada paso dado sobre el sendero este parecía sangrar y de un instante a otro la llama estuvo frente a su rostro, quemándolo. Y finalmente se hizo la luz.

El día estaba despejado. Jugaba a la orilla de un rio el cual su nombre había olvidado al instante que su mano sintió el agua. Acostado sobre la verde hierba que cubría el bosque donde se encontraba. Sus padres a lo lejos reían. Su padre le hablaba al oído a su madre, y ella se sonrojaba y reía entre dientes.

De pronto el roce del agua con su piel se transformo en una canción de cuna silenciosa. Sus ojos se sintieron pesados y poco a poco cayó en las garras de Morfeo. No soñó, todo era oscuridad y seguido de ella un fuerte temblor.

Gritos desesperados lo devolvieron al mundo real, el cielo era anaranjado y en el horizonte una gran nube roja se fue acercando hacía ellos. Su padre ágilmente se acerco a él y cuando aquella estampida roja estuvo lo suficientemente cerca, su padre lo empujó al rio. El dolor fue insoportable, su piel ardía como si estuviese en el infierno y seguido de esto absolutamente nada.

Sistema reiniciado”, apareció la leyenda delante de sus ojos. Verdes y brillantes las letras parpadeaban. Se tocó el cuerpo y era más grande de lo que recordaba. El dolor apareció como un recuerdo lejano, emitiendo un eco sonoro en su cabeza.

Quiso caminar, pero se topo con un cristal transparente. Levantó con mucho esfuerzo los brazos y empujó este objeto hasta que cedió, cayendo de bruces en el suelo frío y metálico.

Algo se arrastró hasta donde se estaba recuperando.

—¿Te puedo ayudar? —preguntó una voz distorsionada.

Alzó instintivamente la mirada esperando encontrarse con alguien. Pero al enfocar sus ojos en aquel objeto que se acercaba lentamente, se percató que tenía figura humana, pero estaba constituido de metal y su mirada negra sin vida le desconcertó en lo más profundo de su ser.

—¿En dónde estamos? —preguntó con ansiedad a aquella esfinge metálica.

—Nos encontramos en el último vestigio de la especie conocida como Homo Sapiens, todo esto que ves es un museo…—contestó sin titubear, enmarcando palabra por palabra con su característico chirrido metálico.

—¿Último vestigio? ¿De qué estas hablando? —preguntó el hombre con la boca seca por el miedo.

—Es el año 2035. Estamos en el planeta conocido como “Tierra”. Después de la llamada “Última gran guerra” en el año 2020 donde se explotaron la mayoría de las ojivas nucleares, empezó el proyecto “Álbum de fotos” y el proyecto “Segunda casa” —.

Se miró en el reflejo del piso metálico y notó que su rostro ya no era el de un niño. En cambio, la persona que le devolvía la mirada era un hombre con un rostro totalmente marcado por rosas cicatrices. Al percatarse de ello observo su cuerpo desnudo repleto de ellas, con forma de flamas. Y el recuerdo de aquel infierno le recorrió la espina dorsal como un latigazo.

Pero… ¿Qué me ha pasado? ¿Por qué me veo así? —dijo casi gritando el miedo que nacía desde su interior, mostrándole con sus dedos las marcas.

Aquel humanoide proceso la cuestión, y avanzó hasta donde el se encontraba de rodillas. De esa cosa emergió un rayo de luz roja, que avanzó lentamente desde su cabeza hasta el piso.

Tu nombre es… —resonaron aquellas palabras como una interferencia en la comunicación, pero para el hombre se escucharon tan claras, repitió para sus adentros aquel nombre tan extraño y familiar a la vez.

Eres uno de los sobrevivientes de los primeros ataques que ocurrieron en el hemisferio norte del planeta. Los demás sobrevivientes te encontraron al lado de un rio, pensaron que estabas muerto, pero te aferraste a la vida y reaccionaste. Te internaron en uno de los pocos hospitales que se mantuvieron en pie, estuviste en coma hasta este momento. Las cicatrices son marcas de injertos de piel que te colocaron en cuanto la pequeña civilización comenzó a florecer de nuevo —escuchó atentamente el hombre la breve narración, y el dolor surgió poco a poco en su pecho expandiéndose en ondas letales a todo su cuerpo. Pensó en el perro que dejó en casa, y en sus padres que seguramente llevaban años muertos.
—¿Cómo sabes todo eso? —preguntó desde su desesperación el hombre.
—El proyecto llamado “álbum de fotos” logró obtener desde el cerebro las memorias de cada humano sobreviviente. Con el fin de recuperar el conocimiento perdido, este se almacenó en un satélite. Este satélite debería despegar con todo el conocimiento humano y buscar ayuda desde el exterior, si es que existiese vida fuera de este mundo—.
—Buscando un segundo hogar…—interrumpió el hombre a la máquina.
—Y entonces… ¿Qué sucedió? —prosiguió tratando de conectar los puntos que permanecían a la deriva en su nebulosa mente.
—La humanidad esperó diez años una respuesta. Las secuelas de la guerra nuclear entraron en juego. La mayoría de la población se volvió infértil y finalmente los últimos especímenes terminaron aquí — terminó la maquina con un tono que le causo escalofríos al hombre.
— ¿Y cómo termine aquí? 
—Ya te encontrabas en coma, en un estado metabólicamente bajo, casi muerto. Así que no fue necesario ponerte a hibernar. En mis datos jamás estuvo la posibilidad que tu despertaras. Pero supongo que regresaste a la vida a terminar el trabajo.
—¿Qué trabajo?
—A poner el satélite en orbita…
—¿No que esa misión había fracasado? 
—En el momento en que el proyecto se había desarrollado y con el conocimiento que obtuve de sus memorias determiné que toda su especie es lo que ustedes mismos llaman un “cáncer”. Y este maravilloso universo no necesitaba arruinarse con su presencia.

En la estancia se hizo un silencio pesado. El niño hecho hombre se levanto y se colocó a la altura de la inteligencia que tenía delante. Esta al notar el movimiento prosiguió con el dialogo. —Conozco sus textos sagrados. Tal vez tu eres el que todos llaman el “mesías” o el “elegido”. Tal vez ha llegado hora de completar mi misión…

El hombre sintió una mirada penetrante a sus espaldas, pero no había nadie ahí. Al final del largo pasillo del museo, se encontraba un espejo negro con solo una oración en letras verdes e intermitentes: “Inserte la palabra clave…”. A los lados del pasillo se encontró con lo que le pareció una interminable hilera a ambos lados de cápsulas con hombres y mujeres de todas las edades. Al parecer estaban durmiendo.

El hombre iba a emprender la marcha hacía lo que parecía ser una computadora, cuando una voz a su espalda lo detuvo.
—Antes de darte la clave para activar la misión “Segunda casa”, quiero que tengas las memorias de todos los humanos y decidas al final si quieres proseguir.

El humanoide avanzó al lado contrario de la gran computadora. El hombre lo siguió de cerca, en ese extremo solo había una silla y una pequeña caja de metal a la que se le conectaba una especie de diadema, que se ajustaba a la altura de sus sienes.

De manera mecánica se sentó en la silla, la inteligencia le colocó con sus brazos la diadema, presionó un botón y frente a sus ojos se presentó la tierra.

De forma rápida y secuencial vio la vida, el verdor, las urbes, las risas, las fiestas, escuchó la música erizándole la piel; pero también presenció el horror, la sangre, el fuego, las balas, el llanto y la desesperanza. Toda la historia de su especie en un par de horas.

Al finalizar se sintió mareado. Camino hasta el centro de la estancia donde estaba la inteligencia, y una vez a su lado le dijo con voz quebrada.
—¿Cuál es el código para activar la misión? 
—La palabra es “humano”.
—¡Elimínala!—replicó casi gritando. “Somos todo menos humanos”, pensó mientras recordaba el horror que había presenciado.

El humanoide se paralizó y por largos segundos pareció haberse apagado. El hombre se llenó de impotencia, cayendo de rodillas, llorando amargamente, llorando por sus padres, por la sangre derramada, por las lagrimas anónimas, por el fuego y el olvido.

—Por favor, ponme a hibernar —dijo entre sollozos, casi rogándole al pedazo de metal. Pero el silencio siguió reinando, y un hueco en su estomago comenzó a crecer de manera descontrolada: era la impotencia, el pánico a la soledad, a quedar despierto en esta pesadilla, a quedar consciente con toda esa oscuridad en su mente. Estaba a punto de correr cuando la voz de confirmación lo tranquilizó.

Orden confirmada, preparando cámara de hibernación número 4,500 —y esa voz distorsionada por primera vez le trajo serenidad y tranquilidad.

Lo que siguió sucedió en cámara lenta. Regresó a su cristal, aceptando su papel como exhibición de un museo que probablemente nadie visitaría y para sus adentros se preguntó “¿Alguna vez aprenderemos?”. El silencio y el sueño que le entró al comenzar la hibernación resonó en su mente y en el universo, no como una interrogante sino como una respuesta.

La flama roja apareció breve consumiéndose en un fino hilo de humo perdido en el firmamento.

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