Predicción

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Es mi último día en la playa y decidí levantarme temprano para dar una última caminata, dejar que las olas mojen mis pies y disfrutar del cálido amanecer. Unos metros adelante descubro una botella de vidrio flotando en el agua, me acerco y la levanto. Dentro de ella hay un papel enrollado. Utilizo toda mi fuerza para poder abrirla. Por fin lo logro y apresuradamente saco el papel. Comienzo a leer y me quedo asombrada de lo que dice: “El año 2020 será el fin de la humanidad. Inundaciones, temblores, cambio climático, cáncer y un potente virus acabarán con la mitad de la población. Ningún científico logrará encontrar la cura para ese virus. Después, los que hayan quedado, serán destruidos por una lluvia de granizo con fuego. Y, por último, el remanente, será devorado por extraños seres alados.

Desconcertada y asustada arrojo el papel al agua. Pienso en qué loco pudo haber escrito tal cosa. Intento recuperar el papel, pero las olas lo arrastraron mar adentro.

Corro hacia el hotel. Llego a mi habitación. Me doy un regaderazo. Me acuesto en la cama y veo el gel antibacterial en el tocador. Enciendo el televisor y las noticias dicen que las muertes por el coronavirus van en aumento. Siento miedo.

Regreso a casa sin poder olvidar ese mensaje. Alguien quiso provocar terror a quien encontrara “la botellita” y yo tuve que ser la “afortunada”.

Entro y limpio mis zapatos en el tapete negro, mojado con jabón y cloro, aunque casi está seco por los días que no estuve. Voy al baño y lavo mis manos con abundante jabón.

Me quito la ropa y la aviento a la lavadora. Me pongo una bata y me preparo un té de manzanilla.

A las ocho de la mañana suena mi alarma. Hoy tendremos videoconferencia con el gerente, me doy una “arregladita” y me preparo un café. Le doy un trago y me dirijo a prender la computadora. En eso estoy cuando comienzo a escuchar gritos en la calle, me levanto para asomarme a la ventana y un estruendoso ruido me detiene. Por mi ventana atravesó un granizo del tamaño de una pelota de futbol envuelta en fuego. No puedo creer lo que veo. Corro al baño por una toalla, la mojo y la arrojo sobre el enorme granizo, mi corazón palpita muy rápido y mi cuerpo está tembloroso. Afuera los gritos y los estruendos son cada vez más.

Las ambulancias y los bomberos se escuchan por todas partes. Las alarmas de los autos son ensordecedoras. Me refugio en un rincón de la casa. No puedo moverme, estoy paralizada por el miedo. Recuerdo aquel papel que saqué de la botella. No era una broma. Alguien sabía lo que pasaría. ¿Por qué no dio aviso? ¿Por qué no alertó a las autoridades?

Han pasado quince minutos. Se siente un intenso calor. Afuera hay un reflejo color naranja. Salgo y todo está en llamas. Avanzo por unas calles. No queda un solo árbol en pie. Hay animales muertos: gatos, perros, aves.

Gente muerta en las calles. Quemados. Aplastados, sus cabezas, sus brazos, sus piernas, todo lo trituró el granizo. Pocos somos los que estamos en pie, pero somos como zombis, no damos crédito a lo que vemos, algunos están como locos abrazando a sus muertos.

Regreso a la casa, tomo mi bolsa y me voy corriendo. Necesito llegar a la comandancia. Necesito decirles de la botella y su contenido. En mi apresurada carrera voy gritando a la gente que se esconda, que no se queden en las calles, que corren peligro, pero sólo me miran indiferentes, como se mira a una loca que no sabe lo que dice.

Después de correr por un rato me canso y me siento en la banqueta para tomar un respiro. Estoy agachada, recargada sobre mis rodillas cuando veo una enorme sombra. Miro hacia el cielo y el terror me atrapa, pero reacciono y ruedo bajo una camioneta, quedo bocabajo, intento no hacer ruido, pero estoy temblando de los pies a la cabeza.

Arriba, en el cielo, están llegando enormes animales alados. Su cuerpo y sus patas son como las de un tigre. Su cabeza es como la de los cocodrilos, con enormes colmillos y tiene alas como las de los pterodáctilos. Emiten chillidos que taladran los oídos ¿Qué clase de animal es ese? Los aterradores gritos se vuelven a escuchar. Desde mi guarida puedo ver los pies de la gente que corre y de repente es elevada por los aires. Algunos cuerpos desmembrados caen cerca de donde estoy y mi terror aumenta. ¿Cómo puedo escapar de morir en sus garras? ¿En verdad no quedara ningún ser sobre la tierra? Siento que mi pecho se comprime y comienzo a llorar amargamente. No quiero morir.

Escucho un jadeo, cada vez está más cerca. Es ese animal, escucho sus pisadas. Está rodeando la camioneta. ¡Sabe que estoy aquí! Cierro los ojos y escondo mi cabeza entre mis brazos. Aguanto la respiración. Con sus garras me jala de una pierna. Muerde mi pie y grito desesperadamente. Entonces, en ese momento, abro los ojos, veo a mi alrededor. Estoy en mi habitación, en mi cama. Me siento y veo a Kalua, mi perrita, está mordiendo los dedos de mi pie.

 

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