Profundísimas reflexiones en torno a cuando destapé un baño con la mano

Profundísimas reflexiones en torno a cuando destapé un baño con la mano

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La negación del nudo de globo

Durante mi infancia y adolescencia desarrollé una gran vergüenza por el acto de cagar. De un momento a otro ya no podía usar otro baño mas que el de mi casa y, asimismo, estaba imposibilitada para evacuar ahí si llegaban visitas. Esto me generó problemas digestivos y empecé a tener dificultades para ir con frecuencia a evacuar. Todo porque me parecía impensable que se supiera tan terrible y bochornoso secreto: tengo ano. El repudio hacia mi abyecta naturaleza llegó a niveles absurdos, pero existe un evento en particular que fue la cúspide del sinsentido. Aquí se los he de narrar.

En mayo del 2012, Paul McCartney vino a México para ofrecer un concierto en el zócalo del Distrito Federal. Yo tenía 16 años y estaba atravesando por una etapa en la cual la búsqueda de mi identidad era a través de la música. Conocía un grupo y me obsesionaba. The Beatles fue uno de muchos. Cuando supe del evento, estaba decidida a ir. El problema fue que soy de Cuernavaca, la ciudad de la eterna primavera, por lo que mi mamá no me dejó asistir.  Y, a decir verdad, tuve miedo de semejante aglomeración. Para mi buena suerte, sería transmitido en vivo por internet. Qué mejor. Acordé verlo con mi mejor amiga, Victorya, en su casa, la cual estaba muy cerca de la mía. Cabe señalar que se trata de una amistad con una antigüedad de diecisiete años.

Pues bien, minutos antes del esperado acontecimiento, entré al baño a hacer pipí. Le jalo y sorpresa: estaba tapado. «Pero si sólo he hecho pipi», pienso angustiada. Recordé que antes había pasado el hermanito de Victorya. Como ya mencioné con anterioridad, en ese momento sufría de una condición a la que llamaremos “culo educado”, por no decir “ruboroso” o “conservador”. En consecuencia, no era una opción dejar las cosas tal y como estaban. ¿Qué tal si pensaban que había sido yo la responsable? No, no. Desesperada, busqué algo para solucionar el problema: destapacaños, cepillo para la taza, un palo, gancho. Nada. No había una sola herramienta que pudiera salvarme. De pronto, alguien toca la puerta. «Apúrale, Nicky, ya va a empezar». El golpeteo provoca que regrese a la tierra de trompazo. Un mojón ajeno ha hecho que el mundo se me venga encima y el tiempo, tan egoísta, sigue su curso.

La frente me suda a chorros, tengo el pulso acelerado. Analizo la situación, intento desarrollar un plan. «¿Qué tengo a la mano? Mi mano», concluyo. Me doy diez segundos para debatir esa decisión. Revaloro mi vida, la vergüenza, mi cacafobia. Acepto que no tengo otra opción, hago las paces con mi espíritu y le pido perdón por lo que estoy a punto de hacer. Introduzco la mano derecha y comienzo a hacer succión, como cuando el lavabo de la cocina se tapa con restos de alimento. Cosas empiezan a salir: la mierda del hermanito de Victorya. Ese día aprendí que los niños pequeños tienen una digestión sensacional. Ahora, tenía que ocultar lo que emergía. Veo a mi alrededor. No contaban con bote de basura. La maceta con piedras de río me parece una buena opción. Tomo los pedazos de boñiga ajena y los oculto debajo de éstas. Continúo con el movimiento otro par de minutos y finalmente suena la cosa que pasa cuando se va el agua. Ese maravilloso sonido me quita lo atea durante cinco segundos. Respiro agitada, todo había terminado, he sido liberada de la culpa. Lavo mis manos siete veces, ese es un buen número. Salgo de la zona, aquí no pasó nada.

Esta olorosa anécdota tiene un propósito en la presente columna, más allá de provocar incómodas carcajadas o lástima. Será nuestro material de trabajo para pensar una serie de temas que pueden desprenderse de semejante hecho. ¿Nuestra herramienta? La materia oscura: Historia cultural de mierda del escritor y periodista alemán Florian Werner. Comencemos.

Consideraciones conceptuales respecto a la mierda

Primero, precisemos el significado de nuestro concepto base: mierda. ¿Sobre qué hablamos cuando nos referimos a ella? De entrada, se nos puede venir a la mente el excremento propiamente dicho: materia sólida que todo ser vivo con aparato digestivo excreta a través del ano. La caca de una persona sana puede contener aproximadamente 75 por cierto agua y 25 por cierto de elementos que no pudieron ser digeridos durante el proceso, así como células del estómago que fueron repelidas, entre otros componentes. Llega a pesar de 20 gramos a kilo y medio, mucho depende de la dieta y los hábitos de la persona. Me pregunto cuáles habrán sido los del hermanito de Victorya para que haya podido eliminar tremendo mojón. “Se caga lo que se come, y se caga lo que es”[1]. No hay dos heces iguales, cada una es única. Tanto el color, aroma, consistencia e ingredientes son siempre variables.

A pesar de las irreconciliables diferencias, hay algo que en términos culturales parece unificar a todos los mojones del mundo: generan asco, no pueden ser consumidos y están plagados de estigmas sociales. Cuestión que me importó muy poco esa noche de mayo. Sin embargo, esta no es una constante antropológica. Por poner algunos ejemplos, al atravesar la fase anal, los niños pueden llegar a jugar con sus excrementos. De igual forma, previo a la Edad Moderna se producía medicina cuyo ingrediente principal consistía en mierda, la cual podía ayudar a controlar desde hemorragias nasales hasta enfermedades cancerosas. En la actualidad, médicos y científicos analizan heces como parte del proceso de diagnóstico sin sentir asco, así como alguien puede no experimentarlo al cambiar el pañal de un bebé. En mi caso, la repulsión quedó desplazada en nombre de la vergüenza.

Es por esto que, de acuerdo con Werner, la mierda no existe propiamente, es una sustancia incierta. Todo intento de encontrar algo común que nos permita definir la “cacacidad” es una actividad estéril. No logró acceder al mundo de las ideas: es imposible postular su esencia. Las características concretas que posee un mojón son consecuencia del sujeto cagante y su forma de vida, mientras que el sentido lo adquiere en función del contexto en el cual emerge. Podemos decir, por ende, que se trata de una construcción discursiva, cuyo signo lingüístico utilizado para nombrarla corresponde a un instante particular. A saber, el sentimiento o reacción que nos provoca.

De ser algo vulgar o grotesco, le llamamos caca; si se trata de un objeto de estudio científico o médico, materia fecal o heces; fertilizante para nutrir la tierra, estiércol; rastro de un animal, cagarruta; objeto vinculado con el placer sexual poco convencional, mojón; evacuaciones de un recién nacido, meconio; deyección de un inocente niño, popó o número dos. Existen quienes no cagan, sino que hacen sus necesidades o se clonan; o cuando se tiene diarrea, uno es víctima de la “venganza de Moctezuma” en México o la “maldición del faraón” si está en Egipto. El sentido del producto de la actividad intestinal cambia de acuerdo a la designación, al discurso que le produce y le hace aparecer en tanto que algo.

La caca del hermanito de Victorya apareció frente a mí como un riesgo de ser reconocida como sujeto cagante. Por su parte, el concepto mierda no posee una connotación precisa: no refiere a la edad, lugar de la deposición, sus cualidades específicas o utilidad. El estiércol es rico en nitrógeno, las heces son de gran valor para lograr un diagnóstico médico, una cagarruta en el bosque puede guiar el camino de un cazador. Términos de esta índole nombran al producto final de un proceso. Mierda, en cambio, “acentúa la absoluta falta de valor de la sustancia en cuestión, su valor totalmente negativo”[2].

Cagar es una actividad improductiva y, por tanto, carente de sentido. Cuando usamos “mierda” como insulto lo que se pone en tela de juicio es el valor de la persona, institución, sentimiento, objeto, etc. Nombra y, a la vez, censura: convierte a lo designado en un excremento semántico. En el alemán podemos decir que mierda es el signo lingüístico por excelencia para desvalorizar algo o a alguien. No obstante, dicho carácter se fue produciendo históricamente. Si rastreamos su etimología, “la palabra alemana para mierda (Scheiβe) se atribuye a la raíz indoeuropea *skei-d-, la cual, al principio, significaba solamente ‘dividir’ o ‘separar’”[3]. Designaba algo que se había separado del cuerpo. En ese momento no tenía relación alguna con lo indecente, grotesco o negativo, era un término neutral. Qué ganas de haber nacido en ese alegre tiempo. Fue hasta la traducción de la biblia al alemán realizada por Martín Lutero a inicios del siglo XVI que esto cambió.

Sobre como Lutero me arruinó la vida

Durante una charla de sobremesa, el reformador señaló que Roma se encontraba en ese momento hecha pedazos y, asimismo, que el demonio había sido quien cagó al papa. Esta imagen fue una excelente propaganda anticatólica, la cual llegó a ser grabada por el mismísimo Lutero en 1525. En ella se puede apreciar el nacimiento del Santo Padre: brota del ano de un monstruo infernal. Con esta curiosa representación, la pretensión de Lutero era dejar en claro que el líder de la iglesia católica no sólo era una mierda, sino que se trataba de la mierda del demonio en carne viva. Aquel mojón dejó de ser sólo eso, adquirió cualidades negativas y malignas. ¿Puedo culpar a Lutero de haberme orillado a destapar un baño con la mano?

Cabe señalar que un campo semántico tiene una función ofensiva si y sólo si tiene connotaciones negativas. Por lo general, al momento de formular insultos cada cultura usa sus principales tabúes. Verbigracia, los países donde proliferó la fe protestante disfrutan maldecir haciendo uso de lo anal y genital, mientras que países donde lo vínculos familiares son de suma importancia, como el caso de Latinoamérica, se opta por ofender a la madre. Entonces, para que mierda pueda devenir insulto, nuestra relación con ella no puede ser neutral. De ser así, no sería útil al momento de ofender.

Es a partir del siglo XVI, que el pudor sufrió una transformación dentro de las sociedades europeas. De entrada, emergieron diversas prohibiciones y regulaciones para el acto de cagar, que hicieron de dicha actividad algo más íntimo y propio del espacio privado. A inicios de siglo seguía siendo común en la corte de Braunschweig cagar donde te diera la gana, que por lo general sucedía en la puerta del comedor. En 1589 se publica un decreto de la corte en el que se ordenaba “que nadie […] durante, después o antes de la comida […] ensucie los peldaños, escaleras, pasillos y aposentos con orina u otro tipo de excremento, sino que, a causa de tales necesidades, acudan a los lugares prescritos que procedan”. Esta actitud de rechazo se reforzó durante toda la Edad Moderna. De las letrinas colectivas donde la gente podía reunirse a platicar, se dio paso al retrete individual, privado y que podía ser cerrado desde dentro.

Carácter indefinible de la mierda

Como parte del proceso de cambio respecto a la concepción del pudor, la moral de la época formó barreras que pretendieron dejar afuera determinadas palabras ahora consideras sucias. De acuerdo con la antropóloga social Mary Douglas, no es posible definir lo sucio en sí, pues “sólo existe en relación con unos límites definidos socialmente: en culturas en las que se conceda un valor especialmente significativo a la limpieza, se corre un peligro proporcionalmente mayor de ensuciar (de manera lingüística o real)”[4]. Nuestras ansias de higiene y pureza —cualidades propias del proyecto de la modernidad capitalista que busca alcanzar sociedades civilizadas—, nos llevaron a detestar lo impuro y mugriento, propiedades características de lo incivilizado. Y así, comenzamos a ofender con aquello que más nos dolía: el no-valor y lo gamberro.

Sin embargo, decir “mierda” no es igual a la mierda. Haciendo uso de las ideas de Roland Barthes, lenguaje y realidad se encuentran separados. La escisión es mayor al tratarse de palabras obsesas. El lenguaje está facultado para “negar, olvidar y dispersar lo real, sobre todo cuando describe lo irreal”[5]. Cuando exclamo “me cago en Dios” después de haberme golpeado el dedo chiquito del pie con la pata de la cama, no ha caído mojón alguno en la cara del Altísimo; muchas veces he ofendido a alguien diciéndole “eres una mierda”, pero por suerte a la fecha nadie se ha convertido cual Cacacienta en una boñiga humana. Podemos concluir que la mierda, en tanto que concepto, se encuentra vacía de significado, porque puede designar todo y, a la vez, significa nada. Ahí radica su cualidad ofensiva. En un mundo de propugna por el valor, lo representable y el sentido, la nada es su negación y peor enemigo.

Lo real y lo cagado

Hemos logrado quizá no definir, pero sí dar las bases para mostrar que la mierda viene acompañada de una sería de complicaciones. Se trata de una materia oscura, turbia, indefinible, y, por tanto, problemática de pensar. Ojalá fuera tan simple como defecar y tirar de la cadena a los pocos minutos. Así lo hizo Miguel, el hermanito de Victorya. Quien cagó tremendo mojón y le abandonó como tantos padres a sus hijos. Cabe señalar que ya es un veinteañero guapísimo y musculoso. Quién diría que tiempo atrás escondí su caca en una maceta. La cuestión es que esa noche lo que para él fue una mera deposición, a mis ojos se convirtió en un oloroso monstruo que me hizo orar varios padrenuestros.

En términos lacanianos, fue mi encuentro con lo real: aquello que es imposible simbolizar y se detecta en la incomprensión. Apareció ahí frente a mí y la obsesión por eliminarlo me llevó a un estado de locura en el cual consideré absolutamente pertinente hundir mi mano en la mierda de alguien más, pues ésta tenía que desaparecer a costa de lo que fuera. Victorya es mi mejor amiga desde que tengo 8 años. Pude haber salido del baño a comunicarle que alguien más había tapado el baño. ¿Qué más daba? A la fecha sigo pensando en las razones que me llevaron a optar por el silencio. ¿Por qué me daba pavor el que se supiera la existencia de mi ano? Quizá me generaba vergüenza ser vista como una persona tan incivilizada que había sido rebasada por sus deposiciones y ahora necesitaba de la ayuda de otros para hacerme cargo de mi mierda. Quizá mi capacidad de representación por medio del lenguaje había encontrado su límite ahí en el brutal esplendor de lo real, esa noúmeno-mierda tan aterradora. Quizá sólo era una puberta insegura e idiota.

Mierda y civilización o civilización de mierda

Siguiendo la voz de Werner, la mierda es el fundamento de la cultura. A saber, la segunda es posible en función de cuánto ocultemos y limitemos a la primera. Dicho de otra manera, nuestra autognosis en tanto que personas modernas es a través de su eliminación, porque para sabernos civilizados requerimos de lo incivilizado: nada es sin su sombra. Sin mierda, la vida no sería posible; moriríamos de constipación e infecciones. Aun así, negamos su papel y presencia. Hemos aprendido a mantenerla alejada de la vida. Cago luego existo; existo de forma civilizada porque le jalo al baño. ¿Por qué la mierda es el epítome de la negación de la cultura? Porque es la radical nada, el no-valor absoluto, improductivo e indiferenciado. Así como el encuentro con una boñiga humana en la calle irrumpe nuestra tranquilidad, no hay peor intromisión para el continuum de la modernidad que la ausencia de valor y la imposibilidad de valorizarlo.

Al respecto, en El discurso crítico de Marx, Bolívar Echeverría señala:

La vida social moderna se lleva a cabo como el cumplimiento de una necesidad impuesta sobre ella por el mundo de las mercancías capitalistas y la dinámica que le es inherente, la de la valorización del valor. Nada se produce, nada se consume, ninguna relación interindividual es posible en la sociedad de la época moderna si no es en virtud de su subordinación a la empresa histórica que asegura la explotación de un plusvalor en beneficio de la mercancía capitalista[6].

En suma, la tendencia estructurante del capitalismo pone a cada aspecto de la socialidad en función de la acumulación de plusvalor. El mundo estaría puesto y dispuesto por y para el valor, el sujeto “autónomo” del capital. Todo lo producido y las propias relaciones sociales habrían de rendirle pleitesía. Así pues, tanto el trabajo se subordina al capital dentro del espacio físico de la fábrica o la empresa, como las actividades que realizamos fuera de ellas, quedando sometidas el modo de producción en aras de la reproducción que asegure su continuidad. Aquello que no alimente la maquinaria puede ser desechado y quedar en el olvido, adquiriendo un carácter vergonzoso, incivilizado y perjudicial.

Vivimos en un mundo racionalizado, donde la eficiencia y la continuidad del proceso producción son fundamentales para la acumulación de riqueza. Por su parte, la mierda resulta ser el límite del proyecto de la modernidad: es “una sustancia aparentemente sin sentido ni valor, que no se adapta a la lógica de la economía del mercado del mundo occidental”[7]. Su existencia entra en disputa con el proyecto civilizatorio y sus ideales. Cagar es un acto improductivo que, asimismo, requiere de dinero, tiempo y trabajo a fin de eliminar el resultado tan rápido que parece nunca existió. Durante nuestra vida, pasaremos aproximadamente un año entero desempeñando una actividad que no produce valor. No es gratuito que empresas millonarias como Amazon tengan políticas que regulan las idas al baño de sus trabajadores. El valor se mide en tiempo de trabajo: cagar detiene la continuidad de dicho proceso. Por cada minuto en el trono, le robas dinero al patrón. Pero ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón.

Hediondo y dichoso vals

Real, vergonzosa, incierta, incivilizada, improductiva, inútil, indiferenciable, incognoscible, carente de valor, costosa de eliminar; enemiga de la modernidad y antagonista de la cultura. La mierda es, entonces, lo absurdo, la cúspide del sinsentido. Resulta curioso que excreción, del latín excrementum, comparta raíz con secretum, secreto. Más aún que la forma en la cual medimos el grado de desarrollo de una nación industrializada moderna, sea en función de qué tan visible o invisible ésta se encuentre. Contar con alcantarillado subterráneo y extensos sistemas de cloacas son símbolo de una civilización propiamente occidental. La mierda se mantiene ahí oculta, bajo las ciudades, pero todo lo que se esconde demanda ser liberado. Podremos mantenerla fuera de la vista, pero el hedor se propaga. No hay aromatizante olor a brisa marina lo suficientemente bueno como para disiparlo.

La ausencia de sentido es la herida con la que hemos venido al mundo. O, más bien, se nos ha hecho vivirlo como tal. Porque la nada es potencia, no condena: es la condición de posibilidad del todo. Un mundo apestoso se abre frente a nosotros, uno turbio y misterioso, siempre en apertura de devenir algo. ¿Qué? No tengo idea, pero algo. Hace años un mojón me llevó a un estado locura fundado en la vergüenza, hoy la mierda me parece fascinante. Quisiera hundirme en ella como el buen Heráclito. ¿Es posible vivirme como una? Sí y no, pues siempre estaré mediada y producida por el sentido, pero, a la vez, éste es posible en relación a su contrario. Uno que me invita a participar activamente en un vals cacamaravilloso, sin miedo a la nada, con amor por el absurdo, abrazando el sinsentido. En la dictadura del valor, qué viva la mierda.


[1] Werner, Florian. La materia oscura. Historia cultural de la mierda. España: Tusquets Editores, 2013. p. 20.

[2] Ibid., p. 26.

[3] Ibid., p. 27.

[4] Ibid., p. 30. 

[5] Ibid., p. 39.

[6] Echeverría, Bolívar. “Apéndice. Sobre el fetichismo”. El discurso crítico de Marx. México: Fondo de Cultura Económica, 2017. p. 274.

[7] Werner, Florian. La materia oscura. Historia cultural de la mierda. p. 14.

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One thought on “Profundísimas reflexiones en torno a cuando destapé un baño con la mano

  1. Me parece estimada Victoria, adecuado el tema sobre la mierda de todos los días. De cada quien su mierda. Ocultar nuestro naturaleza de laboratorio andante con sus funciones a veces nada gratas nos lleva a situaciones traumáticas, como el de inhibir funciones tan simples como cagar. Me encantó tu tono y claro el modo de abordar el tema. Enhorabuena.

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